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viernes, 16 de diciembre de 2016

"Bajo las Estrellas del Corso" Oneshot

Holaaa!! Encontré hace días un fanfic basado en "Cloud Atlas". Este Oneshot (fanfic de un capítulo) es una traducción de "Beneath the Corsican Stars" basado en la película "Cloud Atlas", del usuario de Fanfiction.net, Illusion's Dagger. El link del fanfic original es este:

https://www.fanfiction.net/s/9926817/1/Beneath-the-Corsican-Stars

Si no has visto la película o leído el libro, mejor ponte ese pijama y saca las papas fritas y ponte a verla o leer la novela, porque es una obra maestra.

Y porque este Oneshot contiene spoilers.



Mi querido Robert,

Hoy es el aniversario número treinta y siete de tu muerte. Ni un sólo día ha pasado sin que esos ojos verde mar me acechen a cada momento, tanto en el sueño como en la vigilia.

Debo admitir, la escritura de esta carta no me hizo sentido al principio. No te escribo desde hace años, y  hacerlo pareció no tener un fin ya que que tú no podrías leerlas. Me escribiste constantemente ese año, no obstante, tus palabras acortaban la distancia entre nosotros. Tal vez nuestra conexión es lo suficientemente profunda aún para engañar la distancia entre el cielo y esta solitaria tierra. Habría reído ante una idea de esa naturaleza, pero ahora es el único fragmento de esperanza que me queda.

Encontré otro fragmento de esa esperanza hoy cuando tuve un encuentro sorpresivo en el ascensor. Una mujer, periodista, tenía tu marca de nacimiento. El cometa, justo debajo de su clavícula. Me recordó tanto al tuyo que por un momento pensé que ella podría ser tú. No tú, obviamente, pero quizá tu alma. Por un breve momento, recordé las Estrellas del Corso, nuestro primer beso. Siempre fuiste mi estrella fugaz entre las estrellas fijas del firmamento. Le conté sobre esta coincidencia, le conté que eras alguien que me importaba mucho. Yo, por supuesto, no le dije que fuiste lo único que siempre importó para mí, que fuiste el amor de mi vida.

Tal vez te agrade saber que fuiste mi primer y último amor. Puedo imaginarte arrugando la nariz ante la idea, riéndote de mi corazón ingenuo, pero no hubo nadie más. Siempre fuiste tú, por la eternidad. Podrás reírte, pero todavía uso tu anillo. Tal como mi chaleco, necesitaba algo tuyo que me hiciera compañía.

A veces cierro los ojos, recuerdo el momento en que mi corazón saltó ante el sonido de ese disparo. Subí las escaleras en una carrera, rezando a quien fuera que no hubieras sido tú. Cuando te vi allí... Olvídalo. Este corazón no puede siquiera escribirlo.

Escribo esta carta final para ti, porque temo que nuestro reencuentro bajo las estrellas ocurrirá pronto. Mi trabajo me llevó a un punto muerto. Para salvar a cientos, para redimir mi alma ante mi inhabilidad para salvarte, he comprometido mi vida. No tengo dudas de que esta noche será mi última, y por eso te estoy escribiendo esta última carta. Esta es, de nuevo, una esperanza de que leas estas palabras, un mero destello de ilusión.

Siendo sincero, no tengo miedo de morir esta noche. He pasado los últimos treinta y siete años esperando por ello, de hecho. La verdad de las cosas es, mi querido Robert, que morí en el momento en que tú lo hiciste.

Tuyo eternamente,

Sixsmith

miércoles, 21 de octubre de 2015

LOVE IS BLINDNESS - Capítulo 16

Capítulo 16:
"Perdido como un disparo en la oscuridad"
(x)
Dormí con Hamish al lado hasta que dieron las doce del día. Tenía que trabajar, había tomado demasiados días de permiso, pero me quedé pegado en la cama al notar que Victor estaba sentado en el sillón que en la madrugada había ocupado para dormir. Leía el periódico y tenía cara de haber seguido de largo, aunque parecía lúcido. Sherlock, por su parte, no estaba por ningún lado, aunque sí estaba la maleta.
-¿Dónde está Sherlock?
-Fue a Scotland Yard.
-¿Qué? -dije, pasmado.
Me levanté. Hamish empezó a llorar.
-No es seguro.
-Fue camuflado. Con barba blanca y gafas. Estaba irreconocible, no te preocupes.
Miré la maleta.
-¿A qué fue?
-A ayudar a Lestrade a presentar las pruebas. Si lo hacía con sus propias palabras, el Inspector no sería tomado en serio.
-¿Fue a dictarle qué decir?
-Básicamente.
Alzó la mirada hacia mí, finalmente.
-Estuvieron bastante ruidosos los dos -dijo.
Lo instantáneo de mi sonrojamiento fue sobrenatural. Me encontré con la cara caliente hasta las orejas, y me volteé hacia Hamish. ¿Se había escuchado hasta la sala de estar? No era posible. Con Mary casi habíamos tenido sexo una vez mientras Sherlock estaba en casa.
Recuerdo que esa vez me fui imposible continuar.
Hamish se había hecho en los pañales. Lo llevé al baño inmediatamente. Nunca me sentí tan aliviado de ver sus pañales llenos.
-Pudieron dar algún atisbo -dijo, siguiéndome al baño- . Vaya, qué se pudrió...
-Más respeto, es mi hijo.
Victor se echó a reír, y se puso delante mío, junto a la mesa de muda del baño. Se cruzó a brazos, mirándome de pies a cabeza.
-Tenía sospechas, pero sinceramente no creí que estuvieran tan avanzados.
No estamos tan avanzados, dije para mí. Pero entonces evaluaba de nuevo lo ocurrido hace seis horas y me daba cuenta de que era más extraordinario de lo que la definición decía. Con una mujer jamás habría hecho aquello, nos habríamos saltado cualquier tipo de tanteo o jugueteo, pero con Sherlock prefería ir lento. Temía asustarlo.
-Pero entiendo porqué le gustas. Me recuerdas muchísimo a su padre.
-Ni lo digas -le pedí- . Es... pavoroso.
-¿Por qué? El complejo de Edipo según Freud es un instinto. O en el caso de Sherlock, el complejo de Electra.
Pestañeé rápidamente, mientras limpiaba a Hamish. Mi nariz había quedado inmune al olor.
Entonces recordé algo que dijo Sherlock una vez. Estaba enterrado en lo profundo de mi cabeza y sospechaba porqué.
-La belleza es una construcción basada en impresiones de la niñez, influencias y modelos a seguir.
Recordé a Sherlock en la casa de sus padres en Navidad, la confianza que demostraba con su padre y el hastío hacia la atención excesiva de su madre. Y el modo extraño en que siempre me pareció que el señor Holmes me estudiaba cada vez que nos topábamos. Sólo ahora lo entendía. Él se había dado cuenta primero que yo de lo mucho que nos parecíamos, y no sólo físicamente.
Sherlock, qué rayos. No pude evitar esbozar una sonrisa de ternura.
-Eres un buen tipo -dijo Victor de la nada.
Le miré a los ojos, poco dispuesto a creer que pensara tal cosa. Era un tipo arrogante. Bueno pero arrogante y a ratos poco confiable. Pero había sinceridad en los ojos de Victor. No había otra cosa que eso. Y una cierta melancolía que no supe interpretar.
-Tan sólo... sé constante. Sherlock es difícil -añadió.
-No tan difícil como todos piensan -susurré.
Hamish dio un rezongón. Le abroché el pañal.
-Tal vez es más fácil para ti, y quisiera descubrir tu método para llegar tan al fondo de él.
Fruncí el ceño. Parecía realmente triste.
-¿Tú y Sherlock...? -comencé a decir.
-Sólo bromeaba. Prefiero mantenerme a distancia. Quién sabe qué puede pasarme si no -dijo, cambiando su expresión completamente.
Salió del baño, mientras yo evaluaba su cambio casi bipolar de humor.
-Voy por cigarrillos -dijo- . ¿Quieres algo de la tienda?
-¿Sabes donde queda?
-¡Claro! ¡Sé tu residencia y alrededores desde hace meses! -exclamó desde la sala de estar.
-¡Fingiré que no escuché eso!
Di un suspiro, perturbado por aquello. Sin embargo, me quedé con el pensamiento de que muy probablemente Victor se sentía solo. Veía a Sherlock tener un apoyo en su vida, si podía considerarme eso, y eso para él significaba estar solo en su modo de vida. No le veía teniendo mucha gente donde apoyarse.
Cuando escuché la puerta cerrarse, levanté a Hamish de la mesa de mudas y regresé al cuarto. Volví a recordar la ausencia de Sherlock, y empezaron a temblarme las manos de la preocupación. ¡Cómo podía ser tan descuidado! Busqué el celular en mi velador y marqué número.
Paré en seco. Corté la llamada: la maleta de Sherlock estaba junto al sillón del cuarto, donde la había visto al despertar hace unos minutos. Si Victor la había estado vigilando a propósito, se había olvidado completamente de ella.
La cogí y la abrí sobre la cama al lado de Hamish, quien encontró la manera de rodar hacia un lado y empezar a gatear sobre la cama. Lo cogí y lo puse en el corral, para evitar que llegase a caer. Volví al maletín, tenso.
Estaba la carpeta que había revisado en Madaba, y por la cual había llegado a deducir que Mary y Haneen eran parientes. Pero no había revisado más de los documentos que había allí, a causa de mi urgencia por resolver aquello de un santiamén. Por ello, saqué esos documentos ya revisados a un lado y miré los otros. Había una razón por la que Sherlock los guardaba tan celosamente, y por la que dejaba a Victor a cargo de ellos, e iba a averiguarlo.
Me senté en el sillón del cuarto a mirarlos. Eran un fajo medianamente ancho de hojas. En las primeras vi el nombre de Mary en la parte superior.
Era sobre sus antecedentes penales oficiales, los que estaban bajo su verdadero nombre. Eran los primeros hasta sus dieciocho años, que si bien no eran los de una adolescente ideal, no era tan graves como los de una criminal internacional. Entré a preguntarme cuando había comenzado su carrera delictiva.
Sólo tengo amigos. Sólo amigos” dijo una vez con un tono de frustración y gozo mezclados. ¿Quién podría decir eso y sentir frustración? Yo... podía contar mis amigos con los dedos de una mano. Y sólo había pasado mi Noche de Despedida de Soltero con uno de ellos.
¿Quién saldría de fiesta con Sherlock, si me ponía a pensarlo? Nadie. ¡Había medido mis vasos de cervezas, por el amor de dios! Quién hace eso.
Y así y todo habíamos terminado en el suelo. Nunca le echaría alcohol demás a su vaso. Nunca más. Sobre todo porque en el fondo de mí había esperado que algo exitoso saliera de todo ese alcohol en el cuerpo de Sherlock, y eso me convertía en un psicópata.
Había esperado verlo ablandarse conmigo, olvidar la lógica y dejarse llevar por el cariño que demostraba tenerme. Y es que muy en el fondo siempre esperé ver algún atisbo de capacidad para tener relaciones en Sherlock, y que ese atisbo me diera algo de esperanza. Pero recuerdo haber llegado a un punto en que simplemente la perdí. Fue ese día en que le vi con Janine, haciéndose cariños y mirándose de esa manera tan entrañable... para luego verlo proponerle matrimonio por conveniencia para resolver un caso. Y de hecho, después de oírle decir que no habría matrimonio, con ese tono de quien piensa que es lo obvio, pensé que Sherlock genuinamente no tenía corazón. Me pregunté por minutos que había significado ese discurso en mi matrimonio. ¿Había sido auténtico o sólo un ensayo de palabras entrelazadas entre sí especialmente para conmover al público, como quien macera la receta perfecta para sacar lágrimas de las masas?
Por suerte había confirmado lo contrario, cuando tras la muerte de Mary se quedó conmigo por medio día, esperando a que dejara de llorar. Sherlock no lo demostraba siempre, a veces actuaba descorazonado, pero... tenía personas que le importaban.
Volví a la hoja, estupefacto al ver cómo el pensamiento negativo de los antecedentes de Mary se había desviado suavemente a Sherlock, al recuerdo de que me quería. Sherlock me sacaba de quicio a veces, pero siempre constituiría aquel lado brillante de mi corriente vida.
O no tan corriente.
La mayoría de los delitos de Mary antes de los dieciocho eran robos a tiendas. Robos muy infantiles, juguetes, a veces incluso comida. Podía comprenderlos. Pero los antecedentes de la Mary mayor de edad que conservaba su nombre de nacimiento eran diametralmente menos livianos. Cuando alcanzó los treinta había cometido tres asesinatos por encargo, asesinatos de hombres cuyos nombres solía conocer como todo ciudadano del planeta. Tras eso se hizo una reputación y comenzaron a encargarle más trabajos de ese tipo. Asesinatos de hombres conocidos, pero de menor importancia. Hombres que por sí mismos habían cometido graves delitos por los cuales perjudicaron miles de personas asalariadas. Los muertos fueron hombres no asalariados que vivían de acciones de empresas, y que hacían donaciones descontados de los suelos de personas inocentes para escaquear los impuestos. ¿Cómo podía odiarla por asesinatos así? Si pensaba en los asesinatos por sí solos, entonces lucían graves y completamente inescrupulosos, pero cuando pensaba en los hombres, en los nombres, se suavizaban significamente. Y mi moral más superficial me lo decía, que lo que Mary había hecho era horroroso, que la cantidad era horrorosa, que las recompensas eran indecorosas. Pero muy en el fondo mi mente me decía otra cosa, y me hacía sentir mal. Quizá Sherlock sí me había arruinado. Él encontraría esos asesinatos completamente justificables si lo evaluaba. Él mismo había asesinado a un hombre desalmado como de los que Mary se había deshecho, por lo que no tenía derecho a decir que no le molestaban.
En los siguientes documentos los antecedentes de su primera y original identidad se perdían, y pasaban a ser los de una, dos, tres, cuatro personas diferentes con el mismo rostro. ¿Cómo es que nunca la habían descubierto?
Miré a Hamish, en el corral. Fui a buscarlo, con la garganta anudada, y lo senté en mis piernas, para seguir leyendo.
Si aquellos asesinatos eran horrorosos, aunque secos y sin decoración alguna, sistemáticos y limpios como los de la asesina perfecta, los dos siguientes me dejaron de una pieza.
-Mediante pruebas de sangre se encontraron las identidades de los padres biológicos de Atara Galit Rimbaud Achaz -leí. Un nombre bastante musical- . A.G.R.A. -susurré- . Rinath Hatzlaja Roffet, Madre, Tipo de sangre: AB, Nacimiento: 25 de julio de 1953, Muerte: 12 de octubre de 2004; Samuel Kauffman, Padre, Tipo de Sangre: A, Nacimiento: 4 de abril de 1950, Muerte: 12 de octubre de 2004.
Alcé la mirada hacia el frente, con las hojas temblando en mis manos. Pasé a la siguiente, pero a medio camino me detuve, al notar una inscripción en la parte inferior derecha de la hoja. Dejé las demás a un lado y miré la letra, incrédulo. Era la letra de Sherlock, la reconocía de su firma. ¿Era posible que nunca le hubiera visto escribir a mano? El caso es que la inscripción decía “Urgente”. ¿”Urgente?”
Sin detenerme mucho más en ello comencé a leer otro documento. Era una hoja con los resultados de una corta y poco intensa investigación de asesinatos contra las dos personas cuyos antecedentes había leído anteriormente. En esta se explicaba que se había llegado a la conclusión de que habían cometido suicidio juntos, esto por la muerte temprana de una hija que ambos tuvieron cuando la señorita Roffet tenía veinte años y el señor Kauffman veintitrés. Según los reportes la niña fue encontrada muerta en su cuna, y al estar juntos ambos progenitores a la hora de morir, se deduce su suicidio. En la parte inferior salía la misma inscripción, pero además era acompañada de un ticket de aprobado. ¿Qué significaba?
El siguiente reporte, no obstante, hacía dudar de los datos anteriores, pues según la investigación de Atara Galit Rimbaud Achaz, la muchacha que pasara dieciocho años de su vida encerrada en un orfanato con condiciones insalubres e insuficientes de vida, los había investigado desde el momento de ver cumplida su mayoría de edad, es decir, desde el momento en que se fue del orfanato e hizo su propia vida. Atara había sin duda sido una niña brillante, y viendo las condiciones en que vivió por dieciocho años, no vio camino más obvio que el de deshacerse de aquellos que la habían abandonado, Rinath Roffet y Samuel Kauffman. Pero estos no habían vivido juntos durante los veinticinco años que la muchacha tardó en encontrarlos, pues según sus antecedentes bio-bibliográficos, ambos habían contraído matrimonio y tenido vidas apartes. Rinath había permanecido en Jordania, el país que la vio nacer, y se había casado con un judío hasídico como mandaba su comunidad, y tenido una hija llamada Haneen Vanrell, quien nació con un desorden bipolar que le impidió tener una educación normal hasídica. En ese punto comencé a preguntarme en qué momento Haneen y Mary se habían encontrado. Por su parte, el padre de Mary, o Atara, se caso con una mujer de la misma nacionalidad que él, inglesa, y permaneció en el país sin salir de él hasta su muerte. Hizo un sólo viaje en su viaje, y este definió el destino de una niña inocente. Le odié en verdad.
Misma inscripción.
Mary los había matado, no había explicación más razonable. No obstante, los antecedentes que lo aseguraban sin duda estarían en aquel Pendrive que yo mismo había lanzado al fuego de esa chimenea, en casa de los Holmes, por lo que nunca lo sabría a ciencia cierta. Quizá así eran mejor las cosas, aunque mi lógica me gritara que ella y nadie más que ella se había deshecho de los dos.
Luego de los antecedentes de los padres venían más antecedentes de Mary, Mary Morstan, no criminales, sino académicos. Había completado su carrera de enfermería en los años que ella me había dicho. Había explicado que no había podido hacerlo antes porque no tenía los medios. La educación de su orfanato había sido muy incompleta y le faltaba la base para las pruebas de ingreso. Yo lo creí, y confiaba en que era en parte verdad. Si bien se había dedicado a trabajar como asesina, esto empujado por su odio sempiterno hacia quienes la habían abandonado, podía confiar en que no había podido estudiar a falta de bases. Aunque si se hubiese abocado a eso completamente, sin duda habría sacado la carrera antes de los treinta y cinco años. Sí, así era. No podía ser tan ingenuo.
Este reporte no tenía inscripción de ningún tipo.
Di un suspiro de cansancio, y apoyé los labios en la cabecita de mi hijo. ¿Quería seguir leyendo? Claro que sí, pero estaba tan cansado de enterarme de cosas que Sherlock debió decirme por sí mismo. ¿Por qué me ocultaba estas cosas?
Pasé a la otra hoja, y en ese momento comprendí porqué. Era una hoja de antecedentes impresa por la misma Mary. Era una lista de asesinos especializados, y uno de ellos, según los registros, de nacionalidad inglesa, había entrado al país el 8 de noviembre de 2013, para irse el 28 de diciembre, el día en que Sherlock se habría ido del país si no hubiera sido por la aparición de Moriarty en las televisoras de toda Inglaterra. Según los registros le había sido pagado su trabajo el 4 de enero por Mary Watson, si bien en la hoja de pago el presunto francotirador aparecía como un Terapeuta. Mary había cambiado el trabajo del hombre a terapeuta con tal de borrar su acción como francotirador. No pude encontrar más explicación que la de que Mary había mantenido a Sherlock en la mira hasta que vio como oficial su salida del país, su alejamiento de John Watson, yo.
Y lo había planeado hasta el último detalle, pues las siguientes hojas mostraban antecedentes de un hombre llamado Amir Galeb, un criminal francotirador con el mismo rostro del terapeuta de Mary, y que había viajado el 8 de noviembre a Inglaterra. En caso de ser descubierto, la identidad falsa de este hombre sería acusada, para luego él desaparecer de la faz de la tierra.
Entonces vi, luego de estos antecedentes, los de Janine Vanrell, la única persona en esa historia que había conservado su nombre. Janine venía de Janina, un nombre israelita, por supuesto. Moriarty había cometido el error de mantener demasiada cercanía con sus parientes judíos, pudiéndose hacer conexiones entre ellos muy fácilmente. En sus antecedentes aparecían datos tales como los básicos, de nacimiento, padres, estudios, trabajo. Actualmente Janine tenía treinta y dos años, una edad muy alejada de la de su mejor amiga Mary... Watson. ¿Por qué nunca me pregunté por la edad o cómo se habían conocido? No lo sabía. Supongo que la razón era simple: yo era yo, y nunca me fijaba en los pequeños detalles. Conservé la esperanza de que Sherlock hubiera consultado este detalle.
Luego venía una hoja con sus antecedentes criminales, y aunque debí darlos por hecho por la conexión turbulenta que actuaba en aquella familia no sólo por sangre, me sorprendí bastante. Janine siempre me pareció una joven sumamente simple y encantadora, de aquellas que no se hace problema por nada, abierta de mente y dispuesta a satisfacer todos sus deseos sanamente. Por eso había gustado de Sherlock, un hombre tan difícil. Aunque debía considerar que Sherlock había actuado un poco delante de ella, no sonreía de esa manera con nadie, y si bien era un acto, resultaba creíble. Pero seguía siendo un acto.
Siempre me he preguntado cómo se las arregla para ser tan verosímil.
Por supuesto, había una inscripción al final, y estaba subrayada, y junto a ella venía la clarificación que había perseguido desde que viera la palabra “Urgente” por primera vez:

Borrar antecedentes criminales,
conexión con Atara y conexión política con familia Rimbaud,
mantener conexión sólo con los ACHAZ. VI.

-¿VI? Muy importante*.

Consultar Myc.
Borrar antecedentes de currículum trabajo con CAM.”

Sherlock colocaba la etiqueta “Urgente” para aquellos casos en que debía borrar o cambiar cierta información del sistema, lo cual me parecía sinceramente un exceso de soberbia. No obstante, al parecer lo había logrado, basándome en uno de los ticket puesto junto a uno de los muchos “Urgentes” que había escritos en esa carpeta. Había logrado borrar una hoja de antecedentes, y estaba conservando aquellos que aún no y los que sí para recordarse a sí mismo. ¿Sherlock estaba teniendo problemas de memoria o simplemente no le interesaba lo suficiente borrar esos antecedentes como para grabarlos en su cabeza? Sherlock sólo recordaba lo que le importaba, lo que servía para un caso o aquello que lo fascinaba. Pero entonces tenía esas inscripciones de “Urgente” y no tenía ninguna lógica que no recordara todos aquellos datos.
Lo más extraño era que hubiese dado tanta urgencia a alguien como Janine. No le había visto especialmente entusiasmado con ella, pero entonces, qué podía saber yo de Sherlock en su relación con otras personas. Aún no era capaz de llegar al fondo de ello, el método que él usaba, qué tipo de personas eran aquellas que tenían el privilegio de tenerle en sus manos emocionalmente. Yo era sólo una persona, no podía basar el patrón de comportamiento de Sherlock sólo en mí mismo.
-John, fuiste más decidido de lo que creí -dijo la voz de Victor.
Los papeles resbalaron de mis manos de la pura impresión.
-Oh, lo siento -susurró él, viendo los papeles en el suelo.
Me ayudó a recogerlos. Sentí mi cara helada, y recordé darle expresión cuando Victor alzó la mirada hacia mí preocupado.
-No te preocupes. No le diré a Sherlock. Dejé la maleta aquí a propósito. Debiste notarlo.
-No. Pensé que... simplemente la habías olvidado.
Victor frunció el ceño.
-Pues... entonces supongo que te he sobreestimado. No me pasa eso a menudo.
Nos levantamos con los papeles en nuestras manos. Estaba tan acostumbrado a los insultos inintencionados de Sherlock que aquello fue casi cuna caricia.
-¿Qué ocurre? Pareces en shock? -dijo Victor.
¿En shock? ¿Qué le daba esa idea? Miré los papeles, y noté que mi mano izquierda temblaba un poco.
Oh. Mary había matado a sus padres. Era por eso. Debiera juzgarla, pero no lo hacía. Y sin embargo juzgaba a Sherlock por no juzgarla. Había visto la relación de Sherlock y Mary crecer a pasos agigantados, la confianza entre ellos surgiendo cómo espuma imposible de reventar, hasta quue Mary se fue. Y sin duda ella la había cubierto para mentir sobre su supuesta muerte.
Sherlock la había cubierto. ¿Por qué sólo ahora comprendía la gravedad de ello?
Y Mary había matado a sus padres, y Sherlock lo sabía, y ayudó a alguien como ella a engañarle. Me engañaron los dos.
Los dos. ¿Tan poca fidelidad soy capaz de inspirar en los otros?
-¿Hola? ¿John? Realmente pareces en shock.
-Estoy bien -Carraspeé- Ehm, ¿También eres de los que deduce a la gente?
-Sí, pero debo decir que no lo hago tan bien como Sherlock. Ten, te traje unas mentas -me dijo, sacando un paquetito de su bolsillo- . Noté que las masticas mucho.
Técnicamente no las masticaba, dejaba que se deshicieran en mi boca, pero... qué mas da. Las recibí y las puse junto a las que ya tenía en mi bolsillo.
-¿Por qué tomas tantas?
-Digamos que... como más que Sherlock.
-Cualquiera come más que él. “El cuerpo sólo es transporte” -rezó, casi como un mantra.
-¿También te ha comentado eso? -dije, sin el entusiasmo que mi cara estaba expresando.
-Sí. Y es absurdo. El cuerpo es nuestro templo. Si no lo cuidamos, la cabeza también se desbarata.
Puse los papeles en la carpeta. Me había faltado revisar los últimos tres. Vi a Victor ojearlos antes de pasármelos. Vi la foto de Sherlock tamaño carnet impresa junto al texto, pero me resistí a darle una ojeada más larga.
-Lo siento por el secretismo de Sherlock -me dijo, cuando fuimos a la sala de estar. Tenía el estómago anudado, pero tenía que comer algo.
-Yo lo siento también -dije.
Victor se sirvió un jugo. Lo dejé, sin darle muchas vueltas, mientras preparaba la leche de Hamish.
-Espero que esto no dañe tu relación con Sherlock, o me arrepentiré de haber dejado la maleta a propósito.
-Te agradezco que lo hicieras -dije, aunque no estaba muy seguro de ello.
Victor paró en seco. Algo que había dicho lo había alertado.
-¿Qué leiste en esos documentos? ¿Qué alcanzaste a leer?
-Sobre mi esposa, básicamente -dije, sin miedo- . Parece que tú lo has leído todo ya. ¿Sherlock te los dio?
-No tuvo tiempo para eso. Salimos de Jordania muy rápido.
-Supongo. ¿Entonces cómo sabes todo?
-¿Qué te da la idea de que sé todo? Sólo soy un... contrabandista de identidades -dijo con una sonrisa. Le enorgullecía. Pero la sonrisa escondía mucho más que su orgullo: su intento de no dar importancia al asunto.
-Pero sabes sobre Mary -dije, frunciendo el ceño.
-No. Sólo que fue tu esposa y murió al dar a luz.
Alcé las cejas. Al dar a luz. Sí, claro.
Intenté no darle importancia, y me encogí de hombros. Fui a darle la leche a Hamish. Vi la maleta arrinconada junto al sillón de la pieza, y me resistí a revisarla, tenso. Hamish comenzó a tomar de su leche y yo miré hacia la ventana, con mi párpado izquierdo temblando.
Un horrible sentimiento estaba poco a poco creciendo en mi interior, amenazando con estallar.
¿Qué me has hecho, Sherlock?

*VI: Very Important.

Sherlock

-Creo que podemos presentar estas pruebas tal como están ahora -dijo Lestrade, mientras yo miraba por la ventana de la oficina hacia la calle. Sólo había una luz de escritorio encendida en el piso, para preservar mi identidad a través del vidrio- . Considero más conveniente que aparezcas después de resuelto el caso en la Corte, no durante. Lo siento, pero no tenemos más opciones.
-Si presento y explico las pruebas, quizá el proceso sea más rápido. No puedo esconderme por siempre, John necesita apoyo con Hamish.
-Y aquel Victor Trevor necesita una escolta.
Le miré de reojo, y sonreí por un lado de la boca. Lestrade se estaba volviendo más y más agudo.
-Pues yo no seré la suya -dije cortante.
Me acerqué más al vidrio, y entonces noté que mi celular empezaba vibrar en mi bolsillo. Lo revisé y vi el número de Victor brillando. Corté la llamada.
-Te puedo garantizar una semana. No más. A menos que tu hermano encuentre una forma de acelerar el proceso.
-No, ya ha hecho bastante garantizando mi libertad. Debiera estar tras las rejas según la ley.
Lestrade rió por lo bajo.
-Detecto agradecimiento. Sherlock y Mycroft Holmes... -dijo como si lo recitara- se odian pero su fidelidad el uno para con el otro...
-La razón es que no quiero estar en deuda con Mycroft, si estás insinuando que me siento agradecido.
Oí que suspiraba exasperado.
-Scott no estaría muy feliz de verlos así -dijo.
Cerré los ojos. A veces me arrepentía de haberle contado tantas cosas acerca de mí mismo al inicio de nuestra asociación, pero entonces pensaba: Lestrade tenía acceso a cualquier caso periodístico y criminal existente en Inglaterra, y encontrar los registros policiales de la desapareción de Scott hace casi treinta años no habría sido un desafío para él. Tenía el material a su disposición, a diferencia de mí. Por supuesto, yo tenía otros métodos.
-¿John sabe sobre Scott? -preguntó.
-Sí. Le ofrecí contarle todo lo que quisiera saber. Tenía que encontrar alguna manera de que confiara en mí para mantenerlo lejos del peligro. Pero como sucede en la vida, el resultado fue al revés. John nunca va a mantenerse lejos del peligro. El peligro lo llama. Quisiera que fuera... más mundano a veces.
Vi el reflejo del rostro de Lestrade en el vidrio, dispuesto por la mesita de luz, que no alcanzaba con su luz mi cara. Le vi negar con la cabeza.
-No estarían asociados si así fuera. Los dos son personas difíciles y por eso se encontraron.
Bajé la cabeza, un tanto apenado por ello. Me preguntaba a veces si el que era el mayor de sus pesares, el engaño de su esposa, habría ocurrido de todas maneras si yo no hubiera estado en escena. La vida de John estaba totalmente condicionada, en sus aciertos y desaciertos, en base a su personalidad, que si bien al principio encontré mundana, era casi tan difícil como la mía. John no era una persona sociable, no era fácil conseguir su aprobación o agrado, era sumamente juicioso y eso hacía a veces la gente confundiera su seriedad con mal talante. Pero a algunas mujeres le agradaban los tipos así. Y a mí me gustaban los soldados.
-Debo volver a casa antes de que John se vaya al trabajo.
-¿No va a pedir más días?
-No. Espero no haya llamado a la niñera -dije, dirigiéndome a la puerta.
-Te llevo.
-Voy suficientemente de incógnito -dije, sacudiendo mi saco color beige y mi pelo corto. Empezaba a crecer más sobre la frente, y sentir las puntas acariciar mi frente era un alivio.
-Supongo que sí. Ten estos -dijo Lestrade, pasándome las gafas.
Miré el cielo oscuro de principios de la tarde, a través de las ventanas. El sol no delataba su presencia por ninguna parte. Empezaba a extrañar el calor de Madaba.
-OK -dije, a regañadientes.

No lograban reconocerme en la calle, pero el espacio para estar con mis propios pensamientos comenzó a encasillarme en la tensión que me significaba desde hace meses mentirle a John tan descaradamente. Esperaba Victor haya vigilado bien esa maleta o estaría acabado.
Al llegar a casa, no obstante, no encontré a John o a Victor. Pero Hamish estaba en su andador en la sala de estar, mientras alguien hacía comida en la cocina.
-Anderson -dije, al verlo de espaldas.
Me quité el saco, apesadumbrado, y Anderson se volteó a mirar, chupándose los dedos.
-¿Qué haces aquí?
-John llamó. Él y un tipo tenían que ir a algún lugar. ¿Un amigo de ustedes?
-Podría decirse -dije, mirando a Hamish. Fui en busca de la maleta de inmediato. La encontré junto al sillón, en el mismo lugar donde la había dejado. No obstante, estaba levemente chueca respecto de la anterior,. El alma se me cayó a los pies.
Llamé a Victor mientras la abría y sacaba la carpeta.
-¿Sherlock?
-¿Dónde están?
-Yo estoy paseando por ahí. John no me confió a Hamish, y tú no llegabas.
-John no iba a ir a trabajar hasta en diez minutos más. No revisó la carpeta, ¿verdad?
Victor dio un suspiro.
-Quiere que vuelvas a Baker Street.
Fruncí el ceño. La había ojeado, y cuando miré la carpeta, vi que el orden de los documentos había cambiado. Sentí un vacío en el pecho.
-¿Qué más dijo? -dije, tratando de que mi voz no temblara.
-Lo siento, Sherlock. Quizá debieras darle tiempo. Es pequeño pero cuando se enoja es...Aunque estuvo bastante controlado dado que su hijo estaba presente. Yo habría reaccionado mucho peor.
Me apoyé contra la pared. Lo había leído todo. Sentí un leve mareo.
-Debiste vigilar la maleta mejor.
- debiste llevarla contigo.
-No podía, no tengo respaldos y debo mantenerla en un lugar seguro.
-Pues no balanceaste bien las prioridades.
-¿A qué te refieres? -dije, tocando el cuero de la maleta.
Le esperaría hasta que volviese para hablar con él. Sí, ese era un buen plan.
-Claramente John es... el primero en tu lista de prioridades.
-También la seguridad de esos documentos.
-No tienes que mentirme, Sherlock. Puedes confiar en mí.
Apoyé la frente en la palma de la mano.
-Yo te recomiendo que vayas a Baker Street y... dejes las cosas enfriarse.
-No puedo volver allí. Me arrestarán.
-Puedo hacerme pasar por un nuevo inquilino, si quieres. Yo iré allí, te llamaré para que tu casera me crea y me quedo en tu piso.
-OK -dije.
Miré el sillón y noté mi corazón reaccionar automáticamente. Di un suspiro involuntario, recordando las manos de John por todo mi pelo. Sus dedos... No pude evitar cerrar los ojos, deleitándome en la fantasia realizada de aquello. Ni siquiera había tenido fantasías con él antes de eso. Siempre me inspiró miedo el que pudieran distraerme de lo que realmente debía hacer: deducir y resolver casos. Pero ahora ni siquiera esto parecía tan interesante cómo besar profundamente a John con su cuerpo fuertemente apegado contra el mío.
-John quería ver esa carpeta, Sherlock -dijo.
Abrí los ojos. Mi corazón estaba galopando, añoranza y miedo mezclados.
-Lo resolveremos cuando vuelva a Baker Street.
-No pienses en quedarte a esperarlo.
-Es precisamente lo que voy a hacer -dije.
-Sherlock...
Corté y dejé el celular en el suelo antes de sumirme en el desastre en que se había convertido ese día, tan repentinamente. Era increíble lo mucho que había cambiado mi perspectiva entre las seis de la mañana y ahora. Estaba metido en líos con John y parecía que, por el contenido que sabía guardaba esa carpeta, esta vez no se resolvería. Había pisado demasiado hondo y sospeché que así sería desde el momento en que presté ayuda a Mary por sobre mi lealtad hacia John. Pero estaba ciego por las circunstancias.
-Se quedará contigo -me había dicho Mary para convencerme- . Cuídalo por mí. Sé que lo harás mejor que yo.”
Había sido arrogante. Tan arrogante.

Despaché a Anderson minutos después. Estaba entusiasmado cocinando y dejé que terminara, entre tarareos que me colmaron la paciencia. Me quedé solo con Hamish, y comencé a pensar en qué lugar dejarlo resguardado en el momento en que John y yo comenzácemos a discutir.
-¿Anderson? -preguntó su voz, al entrar a casa.
Me levanté del sillón, en mi camisa morada, y le vi mirar primero hacia la cocina.
-¿Sherlock ha llamado? ¿Anderson?
-John -dije.
Hamish dio un gemido de ilusión al ver a su padre. Yo estaba parado junto a su andador, en la esperanza de ver la presencia de Hamish como un suavizante.
-¿Victor no te llamó? -dijo, tras tragar con fuerza. Su expresión se endureció poco a poco- ¿No te advirtió de nada?
Vi ceder su duro semblante cada tanto, como si le estuviera costando mucho trabajo mantenerlo.
Eso no quitó que dejara en claro que iría directamente al grano.
-Lo hizo, pero no seguí sus recomendaciones. Consideré... ahm... -Mis palabras se atropellaron unas a otras- ahm, quedarme aquí y esperarte. Debemos hablar.
Las aletas de su nariz se expandieron. Dios, estaba tan enojado, pero esta vez... esta vez no pude reírme en su cara por ello. Me mantuve serio, mientras mis dedos se retorcían en mi espalda.
-¿Te dio recomendaciones?
-Me aconsejó ir a Baker Street.
Alzó las cejas.
-Tiene más sentido común que tú por lo que veo.
Se acercó al andador. Yo fijé la mirada en su pelo, un tanto resistente a mantener una expresión seria. Tenía el cuerpo sumamente sensible desde la mañana, como un gato, e incluso el viento que lanzó John hacia mí, al acercarse a una distancia tan limitada, me hizo estremecer. ¿Le pasaba así a todos o yo era sólo el más patético sobre la tierra?
-Prefería resolverlo ahora. Hacerte entender... John...
Fue a dejar a Hamish al cuarto sin ponerme atención. Apreté los dedos, sin atreverme a seguirlo, y cuando volvió, vi su rostro más crispado de furia.
-¿Hacerme entender qué? ¿Que confraternizaste con... Mary para...? ¿Para qué? Ni siquiera entiendo para qué.
-Ella necesitaba resolver las cosas. Dejar el camino libre para que tú y Hamish pudieran vivir una vida normal, sin persecuciones.
-¿Persecuciones de quien? -Cerré los ojos por un momento. Siempre haces las preguntas correctas, John. Siempre las correctas- Para entonces no sabíamos de la conexión entre Moriarty y Magnussen -añadió.
-Lo sé, pero tu seguridad dependía de la fuerza que pudiera tener Moriarty a la hora de volver. Mary deseaba compensar lo que...
-¡¿Qué, Sherlock?! ¡No había nada que compensar! Todo estaba resuelto. Mary y yo no íbamos a seguir juntos después del nacimiento de Hamish.
Fruncí el ceño, consternado. ¿No iban a seguir...?
-Mary no tenía porqué compensar nada -siguió- . Íbamos a darle un punto final.
-Ella... -dije, dejando mi estupor de lado... sin mucho éxito- ella quería compensar el que me hubiese disparado. Ella creía que tú seguías teniéndole rencor por ello.
-Pues estaba equivocada. Me había dejado claro que nunca pretendió matarte -Respiró agitado. Entonces desvió la vista a otra parte, con mirada queda- . Aunque...
Estaba dudando.
-Aunque sí estuviste muerto.
Tragó, y su expresión pareció quebrarse por un momento.
-Pero no morí. Eso es lo importante.
John dio un suspiro, indignado por mis palabras..
-¿No ves tu rencor? -le dije, acercándome a él- Era tu rencor lo que la hizo decidir, John. Y no te estoy criticando por...
-¿Cuándo ibas a decirme que Mary había matado a sus padres?
Tragué. Había temido que llegara a ese tema.
-Debieras estar en su lugar para saber si...
-No. Eran sus padres. Tú no matarías a tus padres.
-A veces sinceramente siento deseos de hacerlo.
-No es lo mismo. Adoras a tu padre, Sherlock.
No pude evitar una mirada de extrañeza. No creía que fuera a ese nivel.
-No es un asunto aislado, Sherlock, y los engaños se están acumulando uno tras otro. Te aliaste con ella para mentirme. Te aliaste con ella para engañarme, y sabes lo mucho que odio que me mientan.
-La primera vez que te engañé gravemente terminaste perdonándome.
Cerró los ojos. Esta vez había ido demasiado lejos, pues vi una sonrisa brincar de sus labios, amarga.
-¿Por eso lo has seguido haciendo? -dijo, negando con la cabeza- Dios... ¿Por eso pensaste que te perdonaría de nuevo'
-No. Es porque sientes algo por mí, por muy mínimo que sea -dije. Me sentí estremecer de miedo al decir esas palabras. Era pretencioso de mi parte, pero...- . Y sí, también es en parte porque me perdonaste una vez por algo tan grave como lo que hice tres años atrás y yo... me confié. Siempre me he confiado. Te vi llorar en mi tumba, John. ¿Qué pretendes que deduzca de eso?
-Que me importas -dijo, afirmando con la cabeza- . Y porque me importas es que estoy... horrorizado... aterrorizado de que sigas mintiéndome, dejándome al margen, sobreprotegiéndome... No necesito eso, Sherlock...
Su voz flaqueó. Miró al piso, a sus zapatos, y noté el quebrantamiento en mí mismo. No era la voz suavemente enojada de siempre. John estaba claramente harto, y lo peor era que le daba toda la razón.
Y le importaba. “Me importas...”
-Era la madre de Hamish -dijo, alzando una perturbadora mirada aguada hacia mí. Tan aguada que la sentí como alfileres en mi pecho- . Era la madre de Hamish y tenía derecho a saber lo que estaba pasando con ella. Tenía derecho a saber con qué clase de persona me había casado. Sé que renuncié a saber la verdad por mí mismo, pero si tú... si sabías lo que sabías, entonces debiste... -Su voz se quebró. Yo me mantuve rígido donde estaba, aterrorizado. No llores, John, no llores. No me hagas decirlo todo. Es mejor para ti que no sepas- No debiste mentirme sobre su muerte. No debiste ofrecerte a participar en aquella... morbosidad...
-Lo sé. Lo siento. No debí hacerlo -dije atropelladamente- Por f...
No pude terminar la frase. Iba a decirle que por favor me perdonara, pero... fui incapaz. La voz iba a quebrarse en mi garganta y tenía miedo de mostrarme debil frente a él. No era la imagen que él tenía de mí. No quería decepcionarlo.
-Por favor... -dijo, sin mirarme- vete a Baker Street. No puedo verte. Sherlock.
-Perdóname...
-Por favor -dijo, mirándome a los ojos con la pena y la decepción reflejadas en ellos- . Quiero mantenerme frío con esto. Quiero pensar que no es tan malo.
-No te estoy pidiendo que lo suavices.
-No lo estoy haciendo por ti. No pido que te vayas por ti. Es por mí. Necesito enfriar mi cabeza, y evitar que te caigas en pedazos frente a mí, ¿entiendes?
Tragué. No quería decepcionarse más de lo que estaba.
-Puedes despedirte de Hamish -dijo, yendo en dirección al cuarto.
Pasó junto a mí, y yo me mantuve rígido, mientras mi cerebro me pedía que alargase la mano hacia él. Miré a Hamish en el andador, pero por el rabillo del ojo mantuve mi atención en la silueta de John, con mi pecho subiendo y bajando en muda desesperación.
Estaba tan convencido de que lo resolvería ahora. Qué ingenuo. No me gustaba quedar en la incertidumbre, o peor, quedar en la creencia de que no había solución. Necesitaba oírle decir que había esperanza.
Levanté a Hamish del andador y lo abracé contra mi pecho, con su cabecita contra mis labios. Él rió, ignorante de lo que había pasado, y más allá oí la puerta cerrarse con el casual sonido de un hombre calmo. No hubo portazos. Nada. Sólo calma, y ese silencio horroroso, como también mi repentina incapacidad para expresarme. Quedé en blanco, mi rostro quedó en blanco, pero el nudo en mi garganta se apretó dolorosamente.
Devolví a Hamish al andador y me volví hacia la pieza de John. La maleta seguía allí. Probablemente sólo le faltaría leer mis propios documentos, los últimos. Qué caso tenía ir y recuperarlos. El daño ya estaba hecho.
Cogí mi saco color arena y salí de la casa con las gafas puestas.

Creí saber qué me ocurrió: estaba en estado de shock. Lo experimenté cuando deduje el plan de Moriarty de hacerne matar por mí mismo, para así completar su historia. Recuerdo haber estado tan calmo. Pero la calma tarde o temprano es reemplazada por la tormenta, que sucedió cuando se disparó a sí mismo, cuando me volví hacia la calle desde el techo. No obstante, las revoluciones volvieron a bajar levemente cuando vi a John en la calle. Las lágrimas se hicieron presentes esa vez, pero verle allí, caminando, vivo, sano, me hizo darme cuenta de que no era tan malo completar aquel engaño si con ello lograba que él siguiera de esa manera.
Llegué a Baker Street en un ánimo de calma. Había llamado a Victor ya, y le encontré en lo alto de la escalera, con la puerta de entrada a la sala de estar tras su espalda. Estaba serio, y tuve la sospecha de que sabía lo que venía. Pero pasé de largo junto a él, y sólo cuando entramos por la puerta, me volteé y le di un puñetazo que lo botó al piso.
-Oh... ouch... Uou, tu puño sigue duro -dijo con la mano en la boca. Le había roto algo.
Se levantó tambaleante del piso, y alzó las cejas, con la expresión de sorpresa que sigue a mi primer golpe. Habíamos practicado lucha juntos en la Universidad, aunque no era tan habilidoso como John para desarmar a alguien. John tenía la ventaja de saber dónde golpear.
John, John, John...
Le cogí del cuello de la camisa de algodón y lo estampé contra la pared entre el bastidor de la cocina y la puerta de salida. Victor dio otro gemido, y yo le volví a zamarrear contra la pared, mientras él me miraba el rostro, con expresión de estupor.



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sábado, 26 de septiembre de 2015

LOVE IS BLINDNESS - Capítulo 14

Capítulo 14:

"Pedazos de piel que la luz del sol aún no toca"


Victor

Sherlock

A la mañana siguiente le encontré levantado antes que yo. Estaba sentado sobre la colcha mirando hacia los ventanales cerrados, pensativo.
-Sí he escuchado tu nombre -decía- . Por eso te he dejado entrar.
-Por la foto -dijo una voz conocida y gastada con un raro acento búlgaro.
-No. Las fotos pueden alterarse.
Alguien más estaba en el cuarto. Me enderecé, y miré hacia donde John dirigía su vista: Victor Trevor yacía sentado sobre la pequeña mesa junto al ventanal, en posición india.
Había sido rápido.
Vestía una túnica con líneas moradas, azules y amarillas, y su pelo estaba suelto y negro hasta los hombros. Sus sandalias tenían el grosor del papel y el olor a vagabundo me llegaba hasta las narices, pero parecía más vivo que nunca, con una piel sana, sin rastros del vicio que a ambos atrapara durante la Universidad, ese vicio que nos permitía pensar y que nos unió como mugre y uña en unos años en que la motivación por los estudios no llegaba, a pesar de nuestras notas y reseñas suficientes. Éramos autómatas sin una meta en la vida, sin nadie en quien depositar nuestra devoción. Tarde durante nuestra amistad me di cuenta de que había depositado parte de esa devoción que pensaba no sentía por nadie en él. Victor me desagradaba, ya que le veía como un reflejo de mí mismo. Victor era el Dorian Gray del cuadro, acabado. Ahora renacía como el joven Dorian Gray, sin dinero pero limpio e inocente.
Bueno, no sé si inocente.
-¿Cuánto tiempo estuviste en Bulgaria? -le pregunté, sin dirigirle una mirada amigable.
Él sonrió sutilmente, y pareció ser la primera vez que me dirigía la mirada tras haber llegado a ese sitio con mi versión dormida.
Unas arrugas se formaron a cada lado de su boca, revelando el desgaste provocado en su piel por el desierto, a pesar de estar sólo unos pocos meses en... Turquía. El tejido de la túnica era turco, robado de las ferias para turistas que iban a visitar Santa Sofía. El tejido era rico y detallado, con cualidades algo opacadas por la mugre, pero sabía que con el estado en que estaba, no podría haberse permitido una túnica de esa naturaleza.
Me levanté de la cama y caminé sintiéndome pesado hacia el baño.
-Séis años. Desde entonces comenzó a hacer eco tu nombre, ¿sabes? Especialmente cuando pasó lo de tu suicidio -le oí decir.
Me sequé la cara con la toalla pequeña. En el baño había aroma a shampoo. John se había lavado el pelo dos días seguidos.
-¿En qué momento lo llamaste? -preguntó John- Pudiste decirme, lo dejé entrar por la foto de curso que me mostró.
-No pensé que le permitirían subir hasta el cuarto -dije, asomándome.
El cabello de John estaba desordenado pero corto. Miré a Victor, delgado, alto, ocupando un espacio tan reducido sobre el mueble. Seguía siendo atlético y flexible, y si se aseara un poco de seguro seguiría siendo matacorazones. Siempre le desprecié por ello. No tenía respeto alguno por las mujeres. Y entonces tenía a John, quien era caballeroso y galante con ellas... buscando que estas fueran igual con él. Por eso siempre había conseguido mujeres ingeniosas al hablar, aunque el nivel intelectual de ellas fuera tan bajo como el de John.
Victor siempre buscó a personas que fueran menos inteligentes que él, aunque supongo que yo poseía el mismo vicio. El cínico siempre buscó a mujeres a las que manipular, mujeres superficiales, que buscaran un hombre más guapo que amable. Y Victor era el prototipo de este. Ahora entraba yo a preguntarme porqué yo había sentido un mínimo de devoción por alguien así. Era una suerte que John hubiese subido mis estándares. Ahora todos me parecían demasiado inconcientes para siquiera considerarlos un aporte para la sociedad. John era un hombre pequeño y difícil, no muy bueno perdonando, pero su lealtad era inquebrantable.
-Aquí está el retrato por si quieres quedártelo -dijo Victor, bajándose de la mesa. Comprobé molesto que seguía siendo ligeramente más alto que yo.
En el retrato aparecía la generación de primer año de Licenciatura en Química. Ambos aparecíamos allí, aunque en ese entonces aún no éramos amigos. Había sido una Universidad de prestigio, aunque estatal. Mi madre la había elegido por prestigio y mi padre por ser estatal, aunque era siempre mi madre quien decidía primero. A veces sentí lástima por mi padre por ello, siempre agachando la cabeza.
-Estás igual -dijo Victor, mirándome con atención. Alzó la mano hacia mi mejilla, y yo le rehuí- , aunque... te has aplicado -dijo, mirándome de pies a cabeza- . Ya no eres el flacucho de antes. A Lancaster le gustarías ahora.
-Nunca me gustó Lancaster. Estaba más preocupada de conseguir buenas notas que de tener relaciones.
John alzó la vista hacia mí. Victor rió por lo bajo. Las ojeras bajo sus ojos se notaron un poco más. No había dormido en horas.
-Verás, Sherlock se propuso perder la virginidad con una chica de un curso superior -le explicó a John- . La pobre estaba más sola que una hoja. Intimidaba a los hombres con su inteligencia, pero tenía una cara adorable. No de mi gusto la verdad, demasiado voluptuosa y caderona. Pero a Sherlock le gusta la gente más baja de estatura y ancha que él.
John bajó la mirada a su abdomen. Traía la bata puesta aún, y estuve seguro de que se chequeó la panza.
-Pero a Sherlock nunca le gustó de esa manera, y nunca fue lo bastante perseverante para conseguirla. ¿Sabes dónde está Lancaster ahora?
-Es directora de un Laboratorio en Estocolmo -dije, molesto- . Lo sé porque salió en el periódico cuando el Laboratorio fue acusado de fomentar el uso de transgénicos...
-Les quitaron los cargos. Ahora podemos alardear de la posesión de transgénicos.
-Por supuesto -dijo Sherlock.
-Elegiste el trabajo correcto, Sherlock. Serías un criminal legal sino.
Eso me sorprendió. Desde cuando el sentido de la ética de Victor era tan alta.
-OK, estoy a tu servicio. ¿Qué quieres que haga? -preguntó, finalmente.
Se sentó a los pies de la cama de John. Él se levantó, incómodo y sacó una muda de ropa del equipaje armado.
-¿Traes algo con qué vestirte? No puedes entrar a Londres así -le dije a Victor.
-Estoy bien con esto.
-No. Tienes motas en el cabello. Te asearás y te lo cortarás. Nadie confía en un hombre en túnica sin ropa interior...
John se volteó a mirar a Victor escandalizado.
-OK. ¿Tienes algo que me quepa? -dijo, rendido.
-Tengo un traje...
-No un traje... -dijo Victor, horrorizado.
Victor al final accedió a ponerse el traje, el cual reveló su delgadez. Era pura fibra ahora. Pero no accedió a cortarse el cabello, y se lo escondió en un jockie. Se arregló un poco el afeitado y pronto estuvimos listos para irnos. Pegó la foto de mi nueva identidad robada en un carnet y un pasaporte nuevos, preparados por él mismo en carrera durante la noche. Victor Trevor era un criminal internacional, buscado por años, pero tendía a cambiar su apariencia demasiado. Había sabido de sus movimientos hace dos años gracias a mi red de vagabundos en Londres. Era famoso entre los inmigrantes ilegales de toda Gran Bretaña. Era un vagabundo con currículum ejemplar de estudiante destacado, pero se había lanzado al negocio del tráfico de identidades. Tomaba identidades de personas muertas y no reclamadas y las vendía a inmigrantes para entrar libremente a Londres. Negocio redondo.
Sin duda sería descubierto tarde o temprano.
Contactamos a Lestrade en el vestíbulo del hotel. El hombre había estado encerrado en su cuarto desde ayer, tras enterarse de Haneen y su identidad. Había enviado las pruebas de mi inocencia a Scotland Yard durante la noche.
-¿Y quién es este tipo? -preguntó, cuando Victor apareció desde el cuarto ya arreglado, gafas de sol incluídas. El pantalón le quedaba un poco ancho.
-Un colega.
-Amigo -corrigió él. Estrechó la mano de Lestrade- . Lo ayudaré a entrar al país -le susurró.
-¿Qué? Es un crimi...
-Y desapareceré en cuanto pisemos tierra inglesa.
Lestrade lo miró con recelo.
-No puedo creerlo. Estamos haciendo tratos con un... tipo como este.
Victor bajó sus gafas y lo miró fijamente.
-Estoy evitando que Sherlock vaya a una celda. Estoy seguro de que apoya esa moción.
Lestrade asintió de mala gana.
-A cambio deseo inmunidad hasta que vuelva a largarme de ese infierno.
-Ya no te gusta Londres.
-Adoro Londres, pero quedarme es una tortura, como quedarse en Hogsmeade llena de dementores.
John miró a Victor pasmado. Mary había leído los libros, por supuesto.
-Será mejor que te sientes lejos de nosotros -me dijo Victor cuando subimos al avión, minutos más tarde.
-Pero John...
-Él está viajando con su pasaporte original, así que... no discutas. Se sienta con tu amigo Greg Lestrade.
-¿Cómo supiste mi nombre?
-Sé quien es el Inspector de New Scotland Yard, señor Lestrade. No crea que no estoy al tanto.
Miré a John dubitativo, él hizo lo mismo. Como si nos pusiéramos de acuerdo, nos separamos para sentarnos en nuestros puestos.
-Aprovecharé de contarle algunas anécdotas -me dijo Victor antes de seguirlo.
-No las exageres -le dije, en tono de amenaza.
-No te preocupes. Te dejaré bien parado.


John

-Apuesto a que no te ha contado absolutamente nada sobre la Universidad -me dijo Victor Trevor cuando estuvimos sentados. Sherlock me miraba cada tanto desde su puesto, en la corrida de la izquierda de las tres que había en el avión, y yo le respondía con cierta añoranza en el pecho. Esperé no ser muy obvio.
-No me ha contado mucho. Supe de Sebastian Wilkes porque trabajamos con él.
-Oh, no, a él lo conoció en la Facultad de Medicina. La señora Holmes quería que estudiara Medicina al principio, ya que le pareció que le daría un mejor porvenir. No le pareció que una Licenciatura en Química fuese a servirle.
-¿Cuánto tiempo estuvo en Medicina? -pregunté, pasmado.
¿Sherlock podría haber sido un doctor? Eso fue chocante. No tenía la actitud necesaria para ello. Ya lo imaginaba dando los diagnósticos a los pacientes y parientes. Los haría llorar a todos, prediciéndoles cánceres, problemas cardiacos y hemorroides y quizá qué otras enfermedades.
-Dos años. Entró de inmediato el muy bastardo -dijo Victor con una sonrisa- . Tiene un cerebro privilegiado. Y su corazón... bueno, siempre fue más vulnerable que el de nosotros. Ya sabes que si no experimentas con las relaciones humanas, tu corazón se vuelve tan débil que a cualquier golpe se resquebraja, ¿no?
Dio un suspiro, con una mirada triste fija en el vacío.
-¿Por qué creías que tenía un corazón más vulnerable?
-Bueno... Demasiados puntos débiles, como siempre digo.
Fruncí el ceño. Puntos débiles.
Siempre me estaba preguntando cómo Magnussen había reunido tanta información sobre la gente. ¿Eran datos que iba pescando aquí y allá, hasta construir un gran nube de datos que pronto se procesaba en un mapa lleno de sentido sobre una persona, que le permitía saber dónde presionar exactamente para arruinarla? Sí, así era como siempre imaginaba que era, y es que el tema de la hipertimesia me parecía totalmente probable. Había gente con Asperger que poseía una gran memoria visual. Tal vez para Magnussen sólo fue necesaria la memoria auditiva, que traducía luego a visual, como había visto cuando nos llevó a su supuesta bóveda de información concreta. Le vimos sentarse en esa silla de diseñador y comenzar a simular que pasaba las páginas de un libro. Toda la información que escuchaba o... leía o veía la traducía a eso, y la guardaba en archivos en su cabeza. Probablemente al momento de ser asesinado, aquel tipo estaba loco. Por eso se había vuelto un criminal, porque la hipertimesia lo había desequilibrado. Era imposible recordarlo todo sin volverse gradualmente loco.
Tal vez Magnussen había sabido de los puntos débiles de Sherlock por medio de otro criminal: Victor Trevor. No obstante, aunque era arrogante, no parecía una mala persona, y había acudido en ayuda de Sherlock sin pensarlo dos veces. Prefería pensar que era alguien bueno, o tal vez sólo era mi deseo por ver a alguien siendo fiel a Sherlock. O a mí. De pronto estábamos solos en el mundo, tras ser traicionados cruelmente.
Y hablando de criminales... Una vez más Sherlock demostraba su habilidad para toparse sólo con los de su tipo. Y todos tenían algo en común: su gran inteligencia.
Y entonces estaba yo, un punto de diferencia en un mar de puntos iguales. ¿Por qué se involucraría con alguien como yo?
-El primero de todos fue Scott. Sabes de Scott, por supuesto -dijo Victor.
-Supe hace poco.
-Me contó toda la historia. Cómo se perdió, cuánto tiempo buscaron... No encontraron su cuerpo, pero lo dieron por muerto y siempre creí que había sido una conclusión muy apresurada. Quién sabe, puede estar vivo en alguna parte. Los hermanos Holmes tienen rasgos distintivos, tal vez si miramos mejor, lo encontremos.
Me volteé a mirarlo. Victor hizo lo mismo, y entonces frunció el ceño.
-Oh, no, yo tuve padre y madre. No me perdí -dijo.
-OK -dije- . Pensé que era lo que estabas insinuando.
-Lo deduje. Aunque me habría gustado ser hermano de Sherlock. Es un tipo fascinante.
Se quedó en silencio por un momento, parecía ensimismarse muy fácilmente, al igual que Sherlock, y entendí porqué siempre se habían llevado bien.
-Tú, por tu parte, has logrado mantenerte a su lado sin mucho esfuerzo. ¿Cómo lo has hecho?
-Con mucho esfuerzo. Con Sherlock es difícil de lidiar, especialmente ahora -reconocí.
Pero nunca podría separarme de él, pensé para mí mismo. Pensé decírselo, pero me lo guardé, pues pensé en que quizá deduciría demasiadas cosas a partir de eso.
-¿Por qué ahora?
-No ha confiado en mí todo lo que debiera. Siempre... está apartando a aquellos que... se preocupan por él.
-Tal vez no quiere que salgas herido. Pero tú sabías eso -dijo, sonriendo con arrogancia.
-Sí.
-Sherlock se ata muchísimo... con una persona a la vez. Ese es el problema. Y está constantemente temiendo que estas personas se vayan. O mascotas en el caso de RedBeard. Tuve que cavar muy profundo en nuestra relación para que me hablase de RedBeard, si me entiendes.
-A mí nunca me contó. Me enteré por otros medios. Al principio pensé... “Sólo una mascota, todos tuvimos mascotas de pequeños, incluso alguien como él”, pero... luego pensé en qué medida pudo haber influenciado su manera de ser el haber perdido a su perro. Todos maduramos en cierto modo.
-Sí. Empezamos a entender que todos se irán en algún momento. Pero Sherlock nunca supo que se había muerto cuando dejó de verlo. Su madre le dijo que se había ido a otro lugar, y el único que fue capaz de responderle con la verdad fue el señor Watson. Los padres siempre hacen eso. Las madres prefieren... evitarles el sufrimiento a sus hijos. No sé qué es mejor. ¿Tú no le has mentido jamás?
-Estoy seguro de haberlo hecho, pero no sabría enumerar las ocasiones.
-No suenas como alguien que le mentiría a Sherlock. Leí tu blog: él te fascina.
Miré al frente, sintiendo mi cara caliente.
-Y él no te ha dado la pasada, ¿no?
Eso me frustró. No me confiaba lo suficiente para decirle descaradamente que sí lo había hecho, pero deseaba hacerlo de todos modos.
-Imaginar a Sherlock en una relación es sinceramente bizarro -prosiguió Victor- . Imaginarlo siendo todo... cariñoso y sonriente y... Raro. No, me da escalofríos de sólo pensarlo -una azafata se acercó portando un vino- . Gracias -Carraspeó.
-¿Cómo era Sherlock en la Universidad? Igual de... ¿“sociable”?
Victor me miró de reojo.
-Era peor -susurró- . El primer día de Química le vi deducir a toda la clase durante el almuerzo luego de que un compañero se mofara de él por no haber estado en los primeros diez seleccionados. Había un sistema de jerarquización muy fuerte entre los hombres del grado. Competían muchísimo, y por eso Sherlock tendía a amistarse más con mujeres, hasta que comprendió que sólo le querían de mascota. Sherlock era guapo, tremendamente pulcro y muy... higiénico -dijo esto con cierta diversión- . A las chicas les gustan los hombres con buen aroma, con elegancia, con... inteligencia. Nerds. El problema es que no quieren acostarse con ellos. Pero Sherlock les pareció un buen sujeto de pruebas para... practicar besos. Además Sherlock nunca se les lanzaba y eso las hizo llegar a la conclusión de que... era del otro bando. No era un peligro para ellas. Y Sherlock aceptó muy bien, y ahora una de nuestras compañeras es escritora y se especializa en la química del amor. Tiene incluso una página web, “la Química de los Besos”. Bastante estúpido aunque acertivo: gana un montón de dinero.
La página web se me hizo familiar. La había visto en mi historial de Internet. Siempre revisaba mi historial de Internet para saber si Sherlock había estado intruseando, y a Sherlock no le interesaba no pasar por advertido, por lo que nunca borraba los historiales de visita en mi laptop.
-Luego de acabar su amistad con todas esas chicas, al cansarse de ser usado para tan “vanal actividad”, como la llama él, se quedó solo por casi un año de Universidad, y yo no mostré interés por él hasta una fiesta del Departamento de Ciencias que se hizo en la casa de un compañero adinerado. Sherlock fue sólo con la intención de rechazar los sentimientos de una chica de Física que le había dejado una carta de amor en su casillero. Supo quien era por la letra y el perfume, por lo que básicamente fue una humillación pública. A Sherlock lo aburría Channel.
Recordé Clair de Lune. Clair de Lune en la mesa junto a mi sillón de Baker Street. Nunca entendí cómo había reconocido el perfume. Sherlock había dicho que no había sido por Mary, sino por alguien más. ¿Quién?
-Nunca se disculpó con ella. Y así y todo decía que yo era cruel con las mujeres.
-Dijiste que había sido por usar Channel.
-Sólo fue un modo de decirlo. Dudo que Sherlock tenga preferencia por un cierto perfume, a menos que sea de tipo cítrico. No le gustan los aromas frutales.
-¿Por qué?
-Porque los aromas frutales le recuerdan a los elementos en descomposición. En Química analizamos muchos elementos en descomposición, y estoy seguro de que en su trabajo como detective se dedica a analizarlos muy a menudo.
-Creo que sí, ya que básicamente las pruebas que se dejan en las escenas de crímenes han estado allí por horas o días.
-Exactamente.
Me pregunté cómo habíamos llegado a ese tema, pero cuando intenté dilucidarlo, no pude entenderlo. Quizá sólo era por afán de ese sujeto de demostrar su nivel de conocimiento acerca de Sherlock.
Miré hacia su puesto. Sherlock miraba al techo con la mirada fija. Muy fija, mientras Lestrade leía el periódico jordano. O miraba las fotos. Los demás pasajeros estaban dormidos o leyendo, por lo que no había mucho ruido. Sin duda alcanzaba a escucharnos. Quise sacarle una sonrisa.
-No obstante, parece fascinarle hayar pruebas de ese tipo. Cuando tiene excusa, suele ir al hospital a analizar las muestras, y se muestra especialmente entusiasta cuando no puede encontrar su procedencia en la escena misma del crimen.
-¿Entusiasmo? En las clases de Laboratorio 1 y 2 no podía ver en Sherlock más que una repetitiva frustración por la tarea que estaba realizando.
-Parece frustrado, pero lo que en realidad está sintiendo es algo muy opuesto. O quizá esa frustración es parte del sentimiento. Es lo que ocurre con las tareas que nos proponemos en nuestro campo de experticia. Nos provocan frustración, estrés, pero un estrés...
-... orgásmico -susurró Victor.
Algunos pasajeros sentados cerca se voltearon a mirarlo. Había susurrado, pero todos escuchaban. Reí por lo bajo, fascinado con esto, puesto que anteriormente casi todos habían parecido especialmente desinteresados. Con esto me refiero a que estaban dormidos. Tal vez Victor en verdad captaba la atención. Si lo miraba bien, bajo toda esa capa de descuido corporal, que escondía una salud fortalecida por la vida en el exterior, se escondía un Don Juan de los auténticos. Victor sólo debía chasquear los dedos para conseguir a una mujer.
Me pregunté si su campo de interés sólo habrían sido las mujeres. Miré a Sherlock, y vi que sonreía. Sonreí para mí mismo, con sensación de triunfo.
-Conoces bien a Sherlock -dijo Victor- . Pensé que nadie me superaría. Aunque su hermano Mycroft según sé tiene todo un listado archivado de sus necesidades y manías.
-Eso no significa conocer a una persona en lo absoluto -dije.
-Por supuesto que no. Sólo conoces a una persona cuando la has aceptado del todo. Y de hecho, cuando adoras sus particularidades, por muy bizarras que sean.
Usaba la palabra “bizarro” muy a menudo.
Supongo que había aceptado las particularidades de Sherlock. En nuestro primer día juntos él me había deducido sin dudarlo. Quizá por costumbre, por hobbie, porque era un pasatiempo en verdad para él, uno de los que hay pocos en el mundo. La otra opción era que sólo había sido como prueba.
Es como lo que yo hago siempre cuando hago amigos. Amigos hombres. Prefería guardarme mis particularidades con las mujeres, principalmente porque no quería darles una mala impresión si estaba la meta de tener sexo de por medio. Cuando tenía la intención de tener una amistad con otro hombre, siempre ponía de telón mi propia sexualidad, porque sabía que tarde o temprano sería puesta en duda si no la aclaraba de antemano. Mike Stamford siempre supo perfectamente de mi bisexualidad, y así y todo, se mantuvo como mi amigo. O quizá fue porque le dificultaba tener amigos, como a mí.
Pero entonces estaba Sherlock, quien sólo lo dedujo, como supe recientemente. Pero claro está, estaba el hecho de que no lo había dejado en claro en palabras yo mismo. La razón estaba entre las obvias: nunca vi a Sherlock como a una persona a la que le interesaran esos temas.
-Eso ocurre contigo. Eres sinceramente transparente en tu blog.
-A veces creo que no debí comenzarlo nunca.
-¿Bromeas? Sherlock habría vuelto al hábito. Él no estaría contigo si no fueras un libro de tal grosor, John Watson. Ese es tu nombre, ¿no?
-Sí -dije entre dientes.
-Sólo bromeaba, sé perfectamente cómo te llamas. John H. Watson.
-¿No sabes mi segundo nombre?
-No. ¿Cómo podría averiguarlo?
-Hay formas.
Me volteé a mirarlo. El hecho de que fuera más alto incluso que Sherlock ya no me molestaba. Siempre me las arreglaba para tener a las personas de igual a igual. Y con Victor Trevor no había fallado.
-¿A qué refieres a que soy un libro grueso?
-A que a Sherlock aún le falta mucho por llegar a deducirte por completo. Nunca podrá llegar a deducirte del todo, gracias a su falta de sentido común. Siempre falla en ese punto, y en la estereotipación de las personas. Él, por ejemplo, siempre creyó en mi superficialidad, pero soy en verdad alguien mucho más profundo de lo que parezco.
Sonreí elocuentemente.
-Oh, tú tampoco lo crees.
-Sí lo creo, de hecho. Te convertiste al Hinduísmo y al Islamismo, por amor de dios.
Victor rió por lo bajo. Sherlock, desde su apartado puesto, se volteó a mirarnos, con el enojo calcado en su cara.
-Y yo cometí un error contigo: no eres tan estúpido como pareces -me dijo Victor- ¡Vas a caerme bien!
-Otra pregunta -dije, con renovada seriedad.
-Dime todas las dudas que tengas.
-No vas a traicionarnos, ¿verdad?
La sonrisa de Victor cedió a mi seriedad lentamente. Un halo de tensión se extendió sobre nosotros.
-¿No crees que es demasiado pronto para deducir si los traicionaré o no? Sherlock por supuesto, da por hecho que cualquiera de sus amigos podría llegar a traicionarle, pero tú no me conoces, John Watson.
-¿Entonces qué sugieres?
-”Dime y escucharé. Muéstrame y entenderé”. Debieras practicar un poco más esas palabras.
En su puesto, Sherlock puso los ojos en blanco. Se levantó, y se acercó a nosotros en el momento en que menos lo deseaba. Victor Trevor prácticamente me había ofrecido a contar toda su vida con tal de demostrar que era de confianza. O es que había entendido mal la frase. Sería de su invención, me pregunté.
-OK, basta de hacerte el inteligente. Cambiamos de puestos -dijo Sherlock.
-Pero estaba a punto de contarle a John lo que catapultaría mi carrera como amigo fiel -dijo Victor- . Déjame hablar, ¿quieres?
Sherlock lo fulminó con la mirada.
-Párate. Si quieres le cuento yo mismo.
-¿Cómo podrías? No tienes idea.
-Hice mis propias averiguaciones años después.
Victor se puso blanco como la cera. Tragó.
-Por eso te llamé -dijo Sherlock, agachándose en el pasillo- . Porque sé que eres de confianza. No te creas que soy tan ingenuo. Sé que lo único de lo que careces es discreción, y por eso... Magnussen supo tantas cosas por medio tuyo.
-¿Qué? -dije, pasmado. ¿Cómo podría ser de confianza con tamaño currículum?
-No le dije nada -se defendió Victor.
-Pero le llegaron los rumores. RedBeard, John, todos.
-Debió escucharlos de pasada.
-Por supuesto que los escuchó de pasada, pero su memoria a largo plazo es más poderosa que la nuestra.
Fruncí el ceño. ¿Eso quería decir que al momento de decir “RedBeard” a Sherlock, Magnussen no lo tenía en mente hasta ese instante? Si tenía buena memoria a largo plazo, eso significaba que memorizaba cosas que escuchaba de manera involuntaria, y luego estas salían a flote al segundo en que eran finalmente de utilidad. ¿Cómo era posible para una mente comportarse de esa manera?
-Entonces siento haber abierto la boca -dijo Victor, sin mirarle.
-Debe ir a sentarse en su lugar, señor -dijo una azafata que se acercó.
-Lo siento. Victor -le dijo Sherlock.
Este accedió a levantarse.
-Te conseguiste un amigo de lo más interesante, Holmes -dijo Victor, sonriendo.
-No me lo recrimines ahora. Tú fuiste quien no explicó sus razones.
Victor se alejó con una sonrisa en la cara. Ya en su puesto, se quitó el sombrero que ocultaba su cabello largo y mal cuidado, como una manera de rebeldía, y Lestrade se volteó a mirarlo escandalizado. Sherlock dio un suspiro.
-Hay maneras y maneras de levantar sospechas en la gente, y Victor está practicando la más recurrente.
-¿En verdad crees que lo de C.A.M sea hipertimesia? No parece encajar en esta.
-¿Por qué no encaja? -preguntó Sherlock, con más fastidio que curiosidad. Bueno, en realidad nunca tomaba en serio mis deducciones, y en esos momentos Victor seguía ocupando su cabeza. Sentí un pinchazo de celos que hace tiempo no sentía.
-Porque actuaba calmado y... ¿saludable?
-¿En verdad? -dijo con sarcasmo- Las personas con hipertimesia pueden recordar eventos específicos, donde sucedieron, cuando, con quien... Pueden recordar los aromas, los sabores, todo... Pero no necesariamente actúan como locos. No si llevan años de práctica sufriendo la condición. Qué útil sería tenerla.
Lo último lo susurró, como si fuese más para sí.
-No creo que pudiera ser fascinante en lo absoluto, y tú no pareces necesitarla.
Sherlock se volteó a verme. Una sonrisa pareció brincar de sus ojos. Lo había tomado como un elogio, yo sólo lo había apuntado como un hecho.
-Pero creo que yo recuerdo de modo diferente. Magnussen parecía haber atado toda la información que sabía a un lugar específico.
-¿No es así en tu caso también? En tu... “Palacio Mental”.
-No. Es más como un lugar que cambia según las necesidades, como... una Sala de los Menesteres.
Abrí la boca, totalmente asombrado por aquella referencia, puesto que Mary solía leer esos libros. Otro rasgo que habían compartido. Pero Sherlock continuó demasiado pronto para apuntar esto.
-No es un lugar fijo, y es así cómo debería funcionar según los requerimientos de la mente humana. Los recuerdos están atados a imágenes sueltas, a veces casi abstractas, no a... bodegas llenas de libros y arhivos -dijo con cierto desprecio por el hombre muerto- . Pero así es cómo Magnussen se había obligado a usar su mente, aunque... -Recordó algo específico, y se volteó a mirarme. Me tomó de la muñeca, apoyada sobre el posabrazos, y la emoción por estar en la línea de pensamiento de un Sherlock que está deduciendo quedó mezclada por la emoción del contacto- ¿Recuerdas la primera vez que visitó Baker Street, tras atraerle mediante mi abuso de drogas? Y es que sólo vino por esa razón, por pensar que estaba vulnerable. ¿Lo rercuerdas, John?
-S-sí. Lo recuerdo. Uno de sus... sirvientes me quitó un pedazo de fierro que había...
-Sé porqué recuerdas eso. Pero, ¿recuerdas que dije algo sobre lo que hizo Magnussen a lo largo de nuestra conversación?
-Creo que... sí.
-Pensé que había usado un dispositivo. Me había leído, él mismo lo dijo: “Estoy leyendo”, y dijo “RedBeard” de la nada. En ese momento su Palacio Mental estaba funcionando de otra forma, porque miraba hacia el frente. En cambio, cuando fuimos a esa habitación blanca en Appledore, él sólo se sentó e hizo mímicas de quien lee un libro.
-Como si estuviese en una biblioteca. Por eso dices que su palacio mental allí era como una bodega llena de libros. Pero si no había visualizado una bodega llena de libros, ¿Qué visualizó cuando supo de RedBeard? O más, cuando recordó a RedBeard, porque de alguna manera ese detalle se quedó estancado en su memoria tiempo atrás...
-Estás aprendiendo -dijo Sherlock, sonriendo- . No sé cómo lo visualizó. Tal vez como... un archivo digital, como mi memorización del mapa Londres.
Reí por lo bajo.
-¿En verdad memorizaste todo Londres?
-Sí. Por experiencia práctica, no porque un día me senté a memorizar el mapa, precisamente.
-No eres tan inteligente como pareces, entonces.
Se volteó a mirarme interrogativo, y ofendido como pude comprobar.
-¿A qué te refieres? -dijo, apartando su mano de mi muñeca.
-Nada malo -dije, cogiendo su muñeca esta vez, y rozando su dorso “deliberadamente” con el dedo pulgaer. La vista de Sherlock bajó fugazmente a su mano- . Sólo digo que aprendes... memorizas igual que muchos de nosotros.
-¿Cómo?
-Mediante la experiencia práctica. O al relacionar dos conocimientos. ¿Nunca has leído sobre pedagogía?
-No. ¿Por qué lo has hecho tú?
-Bueno, tengo un hijo.
Sherlock alzó las cejas, viéndole lógica.
-Te quedarás en mi casa, a propósito -le dije, dándole una palmada a su muñeca. Otra vez, una excusa para mantener el contacto- . No hay posibilidad de que te quedes en Baker Street.
-Pensaba quedarme donde Mycroft. No quería... importunarte. Además Victor necesita un lugar donde...
-¿Victor? -dije, pasmado. Claro. No había considerado eso- Pero, ¿él no tiene montones de dinero? Es traficante de identidades.
-No lo sé. No parece que esté usando ese dinero. Se ha vuelto alguien bastante espiritual, no debe de cobrar mucho por los pasaportes y tarjetas de identidad.
-Supongo -dijo John- . ¿Espiritual? ¿Es en serio?
-Sí. Míralo.
-No es muy... silencioso.
-Ser espiritual no tiene nada que ver con ser silencioso.
-OK -dije, cediendo.
Nos quedamos en silencio por unos momentos. No tenía deseos de dormir en lo absoluto, por lo que dije:
-¿Y de qué depende el cómo luzca su Palacio Mental?
-De aquello a lo que lo relaciono. Cuando he tenido que... trasladarme por Londres cuando no he conocido las calles y distancias, he tenido que consultar mi iPhone, y... Bueno, los mapas de recorrido son aquellos que he consultado en este previamente. En otras ocasiones mi palacio mental ha lucido como... los tribunales de justicia de... -En ese punto se detuvo, y tragó. Casi pude verle sonrojarse.
-¿Tribunales de dónde?
-Una vez visualicé los tribunales de justicia al... resolver un caso. Usar los chats no parecía ayudar mucho, así que visualicé mi conversación con las mujeres que se habían citado con el Hombre Efímero en un tribunal. Todas estaban sentadas en órden y de ese modo pude... descartarlas más fácilmente.
-Cómo un “Adivina Quien”.
-¿Quién?
-Es un juego, Sherl... -Me callé. Nadie debía saber quien era, o la farsa se rompería.
-No lo conozco.
-Te gustaría. Te compraré uno. A propósito, ¿Por qué te da vergüenza ese evento en particular?
-Ahm...
Sherlock miró hacia Victor. ¿Se estaría arrepintiendo de cambiar de puestos?
-Creo que fue la primera vez que... fui conciente de la facilidad con la que accedías a mis Palacios Mentales. Normalmente estos sólo... se desvanecían cuando tú... cuando cualquier persona entraba en ellos.
-Lo recuerdo. Me echaste muchas veces del 221B sólo porque necesitabas entrar en tu Palacio Mental.
-Pero esa vez entraste en la habitación y aunque me di cuenta de tu presencia, el tribunal siguió allí, erigido en mi imaginación. Sólo tiempo después consideré esta particularidad.
No puedo describir cuanto gusto me dio escuchar eso. Si lo hubiera pensado por mí mismo, probablemente no le habría dado tanta importancia, pero Sherlock lo veía como un hecho extraordinario, fuera de serie. Como si hubiese quebrado una de sus máximas leyes, si bien no parecía molesto acerca de eso.
-No resolviste ese misterio de inmediato, ¿no? No supiste quien era -dije, como un modo de hacerle considerar alguna desventaja.
-Pero me hiciste ver que era un hombre. A veces sólo... me salto lo obvio. Es un gran problema a veces. Se refirieron al Hombre Efímero, como un “él”, e incluso yo me referí a él como un hombre. El Hombre Efímero, y aún así no consideré ese detalle.
-¿Ayudó en algo? Tal vez... inmiscuirme en tus Palacios Mentales no sea una ventaja.
-No lo es, pero no es una desventaja tampoco. Sólo es. Sigue funcionando al mismo ritmo.
-Entonces no es malo.
-No -dijo Sherlock, frunciendo el ceño. La idea de que lo fuera le parecía extraña.
-¿Hace cuánto que desarrollaste los Palacios Mentales?
-Supe de la idea en las clases de Filosofía. Lo crearon los griegos, o al menos se dieron cuenta ellos. Pero todos tenemos Palacios Mentales de una u otra manera, sólo que no todos le sacan el máximo provecho.
-Hm.
Yo era una de esas personas, sin duda.
-Victor supo de Scott. ¿Cuando se perdió intentaste buscarle?
Sherlock miró alrededor. Los pasajeros que estaban despiertos estaban viendo películas.
-Sí -dijo, mirando al frente- . Pero no sabía cómo. No sabía nada de muchas cosas en ese entonces.
-Sólo eras un niño -dije, sin despegar la vista de él.
Sherlock me miró a los ojos.
-Pero estaba con él el momento antes de...
-Sólo eras un niño.
Él asintió. Tragó, y miró su mano de nuevo.
-Lo era.
-Y Mycroft...
-Mycroft estuvo demasiado preocupado de lo innecesario en todo ese asunto.
-De ti, ¿no?
La mano de Sherlock se empuñó.
-Debió entrever donde estaba -susurró- . Usaba bastante bien su cabeza para ese entonces. Sabía hacer deducciones. Lo sé porque siempre descubría cuando había hecho alguna travesura. Nunca podía esconderme.
-Tal vez se preocupaba por ti.
-Tienes hermana, John. Sabes perfectamente que nunca es por nobles razones.
-Me gusta romantizar las cosas.
-Hm.
-No fue tu culpa.
Sherlock dio un suspiro.
-No lo fue. Sé que es menos frustrante que lo sea, al menos para ti, porque tu cabeza funciona de esa manera...
-Si es culpa de alguien más, siempre tengo en mente que está fuera de mi alcance el solucionarlo. Cuando es mi culpa, entonces ya no hay vuelta atrás, porque si no pude solucionarlo en el momento, si no pude prevenirlo en el momento, entonces no hay nada que hacer.
Fruncí el ceño. Sus ojos fueron realmente tristes al decir eso.
-¿Entonces por qué le sigues dando vueltas?
-Porque Moriarty dijo saber dónde se encontraba. Dijo que no estaba muerto.
Miré su mano, y la mía sobre la manga de la camisa. Le recordé ayer, llorando contra mi regazo. Tomé su mano con fuerza para evitar cualquier caída, y Sherlock se mantuvo firme. Bajó su mirada a mi mano en torno a la suya, y movió sus dedos para entrelazarlos con los míos. Sentí un escalofrío exquisito, y a pesar de sentirme algo cohibido, no quité la mirada de él.
-¿Crees en verdad lo que ha dicho? Tal vez sólo lo insinuó para hacerte perder el control. Ya ha mentido antes.
-Acerca de su identidad.
-Lo sé, pero cuenta como tal.
Sherlock dio un suspiro.
-Quiero creer que está vivo, John.
-Está haciéndote sufrir.
-No. Estoy tratando de encontrar algún modo de comprobar si está vivo. Algún contacto, un método.
Me estaba apretando la mano. Aflojé mis dedos para avisarle.
-Disculpa.
Sacudí la cabeza para mostrar que no me importaba. Le sonreí.
-Te ayudaré.
-Victor me ayudará, tú cuida a Hamish.
Alcé las cejas, incrédulo.
-No puedo creer que aún pienses que te haré caso -dije, sin dejar de sonreír levemente.
Sherlock sonrió. Aquel gesto se trasladó a mis labios como un reflejo, y miré por la ventana del avión. Sentí cómo me acariciaba la palma de la mano con el pulgar. Luego cogió mi mano y la alzó para rozarla con sus labios. Seguí mirando por la ventana, a gusto, y nos recordé a ambos corriendo por todo Londres con nuestras manos juntas. Recordé a Sherlock hablándome desde tan cerca, ignorando por completo mi tendencia a mantener distancia. Le había permitido una y otra vez violar mi espacio personal, hasta que se hizo usual y natural entre nosotros, captando las miradas de otros. Siempre había notado cómo la gente, entre ellos Lestrade y la Agente Donovan, nos miraban extrañados ante la cercanía corporal que compartíamos, sin nunca... llegar a tocarnos. ¿Acaso la ansia por tener contacto se había visto expresada a través de esa cercanía, demasiado extrema incluso para dos amigos?
Luego de esto, Sherlock se durmió y yo me mantuve despierto un poco más, bajo la mirada preocupada de Victor. Cuando se acercó una azafata, opté por quebrar el contacto con Sherlock, y Victor y yo cambiamos puestos. No podíamos levantar sospechas.





¿Qué es la Unanimidad?

Es esa tendencia del ser humano a desear que todos los que le rodean entren en una cajita con una etiqueta que ellos aprueben. Si uno no entra en ese cajita, uno es rechazado socialmente.
Tenemos que destruir esa cajita, porque el ser humano es complejo por naturaleza. Todos somos diferentes y aceptables, a menos que uno sea un sacoehuéa abusivo con tendencias dictatoriales.

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Entrada apasionada

Chile ya no es un país

Nunca pensé que entraría a este blog de nuevo. Después de la decepción que dejó Sherlock en mi vida , con esa última temporada, están pasan...