¿Qué es la Unanimidad?

Es esa tendencia del ser humano a desear que todos los que le rodean entren en una cajita con una etiqueta que ellos aprueben. Si uno no entra en ese cajita, uno es rechazado socialmente.
Tenemos que destruir esa cajita, porque el ser humano es complejo por naturaleza. Todos somos diferentes y aceptables, a menos que uno sea un sacoehuéa abusivo con tendencias dictatoriales.

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Entrada apasionada

Cómo la Heteronormatividad arruinó a BBC Sherlock

( x ) Acabo de desperdiciar una hora de mi vida viendo un nuevo tvshow llamado "Apple Tree Yard" acerca de gente heterosexual...

martes, 29 de septiembre de 2015

Carmilla, Temporada 2



Estoy finalmente empezando a ver la segunda temporada de "Carmilla".

Para los que no sepan, es una serie tremendamente popular en YouTube y tiene dos temporadas hasta ahora. La serie está basada en una novela gótica escrita por Joseph Sheridan Le Fanu. Es sobre una joven, Laura, que conoce a Carmilla, quien empieza a mostrar comportamiento romántico a lo largo de la narración.

O sea, ¿Qué más podemos pedir? Y Carmilla es tremendamente sexy y cool y misteriosa y...




Ella es...

Y aquí sale Carmilla con la chica que es dueña del canal de videos -Laura- que se encarga de transmitirnos la historia a modo de videoblog de ficción. Es como la protagonista, y es la que en su mayoría nos relata todo lo que pasa a la pantalla, mientras a su alrededor pasan escenas en las que participa y que desarrollan la historia.


Son tan hermosssaas. Laura x Carmilla.

Si quieren ver la primera temporada véanla aquí o directamente en el canal de YouTube de VerveGirl TV.




lunes, 28 de septiembre de 2015

"Libertar la Oscuridad": Capítulo 32

Llegó hasta Languedoc tarde. Ya alguien se estaba encargando de la Iglesia donde Jude siempre insistió estarían los restos de personas de su pasado.
Consiguió convencer al cura que estaba cuidando el lugar para que le permitiese ser quien limpiara y lustrara el interior de la Iglesia. Sospechaba que había aceptado a causa de su ceguera. Supo que había reconstruido todo y cuando Elliott tocó la mesa del altar, las sillas, supo que el resultado era atractivo. Podía recordar cómo estaba antes, y ahora que había sido arreglada, la gente venía mucho más. Venían a todas horas desde la villa e incluso llegaba gente de otros pueblos. Tan sólo le gustaría que se fijasen en la imagen del diablo que había sido puesta como soporte para el agua bendita. Se preguntaba qué pensarían de la presencia de una imagen como esa.
Había venido hasta allí desde París porque tenía la certeza de que Perry y Marion habían sido enterrados allí, pero la ausencia de Persefone y Philip en los alrededores dificultaron su tarea de encontrar la ubicación de sus ataudes. Pasó meses haciendo de limpiador, y pronto comprendió que su ceguera había sido una de las razones por la cual el cura Sauniere le había permitido llevar a cabo esa tarea a cambio de dos raciones de comida al día que Elliott no comía. Aquel hombre guardaba muchos secretos y a Elliott, en la vulnerabilidad que le suponía su nuevo estado como ciego, le daba algo de temor. Luchó por quedarse en el anonimato biográfico mientras el cura recibía visitas de dudosa procedencia.
-¿Naciste aquí, chico? -le preguntó un día- No eres muy hablador.
-¿Hay que abrillantar los cálices y el acetre, señor?
-Has aprendido bien los nombres de los objetos litúrgicos. No eres tan tonto como pensada. Esto, ¿cómo se llama? -le preguntó, alcanzándole el hisopo.
-¿In... censario?
-No, es el hisopo. El incensario es una fuente. Lo dice su nombre, contiene algo. Tal vez sí eres un ignorante. Pero la ignorancia hace a la gente buena y tú eres un buen chico. ¿Dónde están tus padres?
-Muertos.
-Lástima.
-No lo lamento tanto como lo merecen, señor.
A partir de entonces, el sacerdote se alejó, como si fuese una especie de demonio.
Dormía en una pieza por la que se bajaba desde la mitad de la nave central, por lo que técnicamente dormía dentro de la Iglesia, inmune a las cruces que tanto aterrorizaron a Jude en vida y que aterrorizaban a Perry. Comprendió que, si Perry y Marion habían sido enterrados en lo alto de esa villa, debían estar fuera de los límites de la construcción, fuera de la planta que, si bien su forma no era estrictamente la de una cruz, como Perry le había dicho sobre la Iglesia que habían visitado en Amiens, contenía cruces por todas partes.
Encontró la entrada a los túneles inferiores desde los pies de la montaña meses después de llegar allí. Los accesos desde lo alto habían sido recientemente tapiados, y comprendió que Persefone y Philip habían tomado precauciones. También comprendió que si los accesos desde los pies de la villa edificada sobre la montaña estaban abiertos para quienes los encontraran, que de todos modos no solían ser seres humanos, el acceso a donde estuvieran las tumbas en los túneles estaría también cuidadosamente camuflado. No pudo encontrar nada cuando entró a ciegas, sólo las paredes irregulares de los túneles y las huellas de capas y capas de años acumulados de vida en esa Tierra tan desolada.
Se vería insistiendo en buscar huellas de remoción de tierra a través de los años, sin encontrar nada.
El cuartito en el que dormía comenzó a ser ocupado por cachivaches acumulados por el sacerdote. Habían cajitas, espejos, pinturas y pergaminos que fueron ordenados en estantes instalados junto a su cama. Elliott era creído por el sacerdote alguien demasiado tonto para averiguar lo que estos objetos significaban, pero la acumulación de tanta porquería sin razón aparente le avisó que sería echado de ese lugar en breve. No obstante, el día de mudarse de allí era de esperarse, ya que después de diez años de servicio su rostro no había cambiado, y los comentarios del cura Sauniere eran cada vez más desagradables al respecto.
-¿Hiciste algún tipo de pacto? Sabía que tenías algo de brujo, chico. Tu voluntariado debiera acabar aquí, pero sólo escucharé la renuncia de tu boca. Nadie rechaza los voluntariados, y sólo es indigno quien deja de ayudar a quien lo necesita, y esta Iglesia lo necesita.
-Renuncio, señor.
-Lo sospechaba. Espero cambies en el futuro. El jardín del señor sólo está reservados para los dignos, pequeño.
Vio la llegada del nuevo siglo desde una casita en la villa de Rennes le Chateau. Compró la casa con dinero robado al viejo sacerdote, quien de todas manera tenía riquezas que crecían cada día más. Desde entonces, con su independencia conseguida a través de la deshonestidad, volvió a su vida más metódica, bebiendo sangre más regularmente. Salía a menudo, de noche y de día, y esa exposición frente a los habitantes del pueblo le obligó a una vida de discreción, vistiendo ropas que cubrieran su rostro más al completo.
La guerra no llegó a ese rincón del país mientras se llevaba a cabo. El sacerdote Sauniere murió y Elliott vio llegar el siglo veinte en un rincón del mundo donde el tiempo no parecía pasar, y la espera a por Perry se hizo más insoportable. Los heridos de la guerra llegaban allí, a pesar de la buena fortuna llevada por el pueblo, y ver la invalidez de jóvenes le hizo a Elliott recordar su propia invalidez frente al mundo: su soledad.
Había estado siglos esperando en soledad a por algo que no sabía qué era, y el no saber qué era le había dado algo de ventajas para que su alma no se resquebrajara. Pero ahora conocía aquello que estaba esperando. Lo había tocado, lo había besado, lo había amado, y había sido tocado y besado de vuelta. Rememorar una y otra vez las mismas experiencias con aquel por quien esperaba, sólo hizo la espera algo insoportable, volviendo esos treinta años los treinta que eran, y no una abstracción de tiempo como había experimentado en el pasado, donde cien años podían sentirse igual que diez.
El sacerdote de la Iglesia de Sainte-Madeleine fue reemplazado varias veces, y eso le dio a Elliott la posibilidad de presentarse como voluntario para su limpieza en numerosas ocasiones, sin embargo, en cada ocasión su atuendo fue diferente. Seguía siendo ciego, pálido y de cabello extrañamente despierto, pero los años pasaban y las modas cambiaban, e incluso el atuendo de los pastores se volvían más sofisticados. Vio su quinta década de espera llegar y unos pantalones anchos en el traje que llevaba, sencillo pero aceptable. Cuando se presentó así en la Iglesia y con su bastón de ciego, el pastor dudó por un momento, puesto que esos puestos de trabajo eran generalmente reclamados por hombres más pobres, y él era joven y de buena presencia. Sólo comprendió el porqué al ver su ceguera. Se quedó como barrendero y supervisor de los objetos sagrados al inicio y al final de las misas. Volvió a estar más rodeado de gente, después de años sin hablar con nadie allí en la villa.
Sin embargo, un año después el sacerdote comentó la llegada de hombres tratando de averiguar sobre los túneles que había bajo las regiones cercanas.
Elliott decidió refugiarse en la entrada a los pies de la montaña.

Llegaron preguntando por las cuevas bajo la Iglesia y horas después encontraron la entrada a los pies de la montaña. Lo confundieron con un vagabundo.
-Sal del camino. Esto no es lugar para malolientes -dijeron en un muy mal francés.
Eran alemanes. Elliott sonrió levemente y decidió actuar de tonto de nuevo, recurriendo al idioma que más había hablado en su vida.
-El paso está cerrado. Este es un lugar horrible, señores -dijo en hebreo.
-¿Qué dice? -preguntó uno de ellos.
-Algún idioma del Medio Oriente. Sigamos.
-En ese caso le valdría escapar de aquí pronto -dijo el otro, juguetonamente amenazante.
Comenzaron a caminar en su dirección. Elliott retrocedió, sintiendo el fuego flameante en las antorchas de aquellos hombres irradiando calor en su cara.
-No pueden pasar -dijo Elliott, insistente, en alemán.
-Ah, nuestro curioso amiguito puede hablar de verdad, ¿eh? Y no veo nada reflejado en esos ojos muertos.
-No pueden pasar. El camino está cerrado.
-Qué pueden esos ojitos muertos hacer contra nosotros si no puedes vernos.
-Puedo olerlos -dijo Elliott.
Ambos hombres se echaron a reír. Oyó el sonido de una pala chocar contra la tierra dura, y el olor de la pólvora.
Sacó sus dientes afilados afuera.
Lo siguiente fueron solo gritos, y lo que para ellos era la experiencia más aterradora de sus vidas, era para Elliott una mera rutina. Había hecho eso múltiples veces, aunque no lo hacía en cada ocasión. Reservaba el show para tipejos arrogantes como esos, tipejos incapaces de oler el peligro cuando lo tenían a un metro de distancia.
Ese tipo de personas era la que más detestaba.
Los arrastró hacia el interior de la cueva, a pesar de ellos intentar escaparse, y decidió jugar con ellos un rato, hasta que se cansaran y se largaran. Sólo haría falta algo de manipulación de su parte y saldrían de esa cueva gritando de miedo sin saber de lo que escapaban. Le encantaba ese tipo de sustos, porque dejaba a las víctimas totalmente confundidas.
-¡Corre!
-¡Es un maldito demonio!
El camino iba en subida, por su puesto, pero en los últimos metros el camino se puso especialmente abrupto, y Elliott comenzó a arañar sus botines de militar para alcanzarlos. Desgarró sus pantalones, que hayó, para su disgusto, húmedos, y los hizo botar las antorchas. Estas rodaron tunel abajo y los iluminaron desde allí hasta lo alto del tunel, que tomó un camino más aplanado en los últimos dos metros. Era el camino al que se accedería desde lo alto de la montaña, justo al frente de Sainte-Madeleine, pero cuya entrada había sido cuidadosamente tapiada. Había llegado hasta allí a ciegas muchas veces, escalando el camino hasta allí a oscuras, pero nunca había tenido a dos presas a las que de hecho quisiera meter frente a sus dos narices y su garganta hambrienta. Se preguntó si su padre estaría orgulloso.
-Tengo una granada. ¿Sabes lo que es una granada? Te lo advierto -dijo uno de los hombres, militares. No se había topado con muchos de ellos.
Rió por lo bajo, acorralándolos ahí al final del tunel.
-Me será de utilidad. Hay algo aquí que estoy buscando hace años.
-Las granadas matan, amigo.
-¡No soy tu amigo! -gruñó Elliott.
El polvo se desprendió de lo alto de la cueva. Los notó temblequear. Comprendió que se estaban iluminando de otra forma, quizá con las linternas sobre las cuales había comentado el cura una vez. Suerte que él no las necesitaba. Oler sus gargantas llenas le era suficiente.
-Les advierto que lo mejor es que seas sumisos conmigo -les dijo con voz susurrante. Uno de ellos gimió de miedo- . No he bebido en tres días y empiezo a necesitarlo.
-¡La lanzaré! -dijo el otro con voz temblorosa- ¡Lo haré!
Elliott comenzó a reír por lo bajo, hasta hacerlo a carcajadas.
-Sólo hazlo -dijo el que había gemido.
-Podría volarnos a nosotros.
-Estamos lejos de él.
-No lo suficiente.
Elliott rió un poco más. Dio dos pasos atrás, arrogante, y esperó a por esa granada. Les daría tiempo para correr, pero no era sangre lo que más deseaba en ese momento.
Entonces la lanzó.
La explosión fue más fuerte de lo que previó. Removió algo de tierra sobre sus cabezas y esta comenzó a caer sobre ellos luego de temblequear titubeante por unos segundos. Oyó los gritos amortiguados de los militares, y pronto ya no los oyó más. Y él... no pudo sentir sus piernas, por lo que se quedó quieto, esperando a por la reconstitución, que lamentablemente era siempre lenta.
Sus miembros se empezaron a unir el uno con el otro, buscándose entre la tierra removida. Su nariz comenzó a oler la presencia de otros dos vampiros, y mientras su mano aún buscaba su muñeca derecha, supo a ciencia cierta que los había encontrado. La granada le había facilitado el trabajo, aunque no el escape de esos pobres diablos. Se levantó luego de agitarse levemente para comprobar que todo estuviera en su lugar.
Removió la tierra desde donde el aroma procedía, ignorante del hecho de que estaba amaneciendo. Sólo pudo oler la sangre que detalaba la reconstitución de los miembros, sin duda ayudada por la sangre desperdigada por los dos hombres que habían intentado llegar hasta allí inmunes, sin lograrlo.
Cuando la reconstitución dejó de olerse en el aire, supo que estaba todo en calma ahora. No hubo movimientos, sólo el llamado de la sed de sangre, que había estado inmovilizada por cuarenta años. Perry y Marion tenían que beber para empezar a moverse de nuevo.
Elliott lo lamentó por el primero de los feligreses que se asomó primero con la intención de tocar el agua bendita contenida por el diablo Asmodeus.


La oscuridad nunca fue tan brillante. Sospechó que era así como se sentían los gatos en la oscuridad, capaces de verlo todo. Sin embargo, el verlo todo de nuevo con sus propios ojos no se comparó a la sensación de sentirse llena.
Alguien la había proveído de sangre hasta el cansancio, y ese alguien había dejado marcas en sus labios. Quien la estuviera cuidando, había...
Sus pensamientos se pararon en seco al ser conciente de la presencia a su lado, que como una extensión de su propio cuerpo, estaba pegada al suyo, pero dormida. Perry la abrazaba sin respirar, y sus ojos estaban cerrados, sin rastros de vejestud. Alguien había lavado su cara con bálsamos, al igual que la suya. Podía oler el bálsamo por todas partes, como también el aroma de la ropa nueva. Sin embargo, tenía la sensación de que la mano de Perry había estado sobre su cintura por siglos, y de que su rostro lucía más hermoso e imperecedero que antes.
Su rostro. Podía verlo de nuevo.
Se levantó bruscamente, quedando medio acostada sobre las mantas, y palpó la camisa de algodón que Perry llevaba encima, y vio el rastro de sangre fresca en sus labios. A él también lo habían alimentado recientemente.
El conocimiento de cosas como esa le hizo ver que sus ojos funcionaban bien de nuevo, pero con una mejoría notable desde su vida como humana. Podía ver cada detalle, cada imperfección, y todo se veía más hermoso
-Perry... -le susurró- Despierta. Puedo...
Dio un suspiro, maravillada, y le zamarreó el hombro.
-Él necesitará un poco más de tiempo -dijo una voz desde la izquierda.
Cuando oyó esa voz, recién se fijó en lo que la rodeaba, en la cama, las paredes, las imágenes religiosas colgando de los clavos, y las imágenes paganas. Y luego a un chico en la entrada, y la noche estrellada por las ventanas de aquella pequeña cabaña.
-¿Quién eres? -le preguntó, soltando a Perry- ¿Por qué puedo ver de nuevo?
Sintió un vacío en el estómago al momento de hacerlo, por lo que volvió a sentarse, esta vez a los pies de la cama, tocando los pies de aquel vampiro.
-Puedo curar ciertas dolencias cuando tengo suficiente sangre en mi cuerpo -dijo el desconocido, cuya voz le parecía extrañamente conocida. Marion sacudió la cabeza una vez, tratando de recordar- , pero no habría funcionado de no ser por el período de descanso que han tenido. En efecto, la quietud puede dar grandes dones.
Marion se miró a sí misma, la camisa, los pantalones hasta la cintura, la corbata. Aquel chico, que era un vampiro como ellos, la había vestido con aquellas ropas de hombres. A Perry le había puesto el mismo tipo de ropa, pero la tela, tan lisa y tiesa, le pareció extraña.
-Es algodón sintético -dijo el vampiro- . Es más barato que...
-¿Quién eres? -preguntó Marion de nuevo, levantándose.
Se aproximó a él, experimentado el movimiento de nuevo. Fue como torcer un pedazo de fierro con la facilidad con qu se tuerce un alambre, y casi pudo oír sus extremidades estirándose bajo su piel.
-Elliott -respondió.
Aquello pareció encajar, pero para verlo mejor, Marion se movió para ponerse de espaldas a la luz de las estrellas, que entraban por la ventana con la potencia de unas antorchas.
Frente a ella vio a un chico menudo, con cara de bebé y con los ojos en exceso abiertos y... blancos. Algo le había pasado a sus ojos, y no acertaban a mirar en la dirección correcta, como si estuviera...
-Estás... ciego. ¿Qué te ha ocurrido?
El Elliott del que había escuchado no estaba ciego, sólo... “Sus ojos me asustan, es como si me penetraran y me maldijeran”, había dicho Perry cuando recién le venían conociendo. Recordaba la frustración de Perry respecto de él. Quizá ya en ese entonces le deseara.
Pero ese vampiro... ese vampiro la había arruinado, ella había hecho que se desangrara, para luego... devolverle la vista.
Elliott Dattoli le había devuelto la vista, y la visión era maravillosa.
Le abrazó de improviso, asustándolo de sobremanera. Sin embargo, a pesar de su intento de hacerse para atrás, Elliott no pudo escapar de sus brazos. Marion rió por lo bajo, emocionada y agradecida como nunca.
-Gracias -le dijo, tomándolo de la cara y estrujándole las mejillas. Era como un bebé, muy mono, pensó Marion. Volvió a abrazarlo, esta vez más estrechamente, y entonces fue hacia Perry.
-¿Cuándo despertará? -le preguntó desde el lado de la cama, hincada en el suelo polvoriento. Podía ver las motas de polvo levantándose en el aire como pelusas, si bien eran de un porte diminuto.
-No lo sé -susurró el chico, alcanzando con una mano la silla que había junto a la ventana. El aire del verano entraba por esta agradablemente y Marion lo sentía en cada vello de la cara- . Creí que despertarían al mismo tiempo, pero... Perry fue dormido después de ti, así que...
-¿Fue dormido?
-No vi cuando pasó. Creo que fueron Philip y Persefone quienes supervisaron su desangramiento. Él quería... -el chico tragó, y Marion lo vio retorcerse las manos. Dio una inspiración- quería estar contigo, no quería esperar en solitario a que mejoraras.
-Ya veo -dijo Marion, mirando a Perry.
La joven acarició a Perry en la cabeza, mientras la mirada ciega de Elliott se fijaba en el vacío. El vampiro sólo reaccionó cuando Marion se inclinó a besar a Perry en la frente. Marin le vio encogerse levemente, bajando el mentón como si no quisiera ver, aunque no veía nada de lo le rodeaba.
-¿Dónde estamos, a propósito? El aire es más caliente de lo que he sentido -indicó, levantando las rodillas del piso polvoriento.
-En Languedoc, en Rennes le Chateau. Me pareció el escondite indicado, aunque cuando llegué no los encontré de inmediato. Me tomó años comprobar de verdad la ubicación de su ataud y el haberlos encontrado fue pura suerte.
Marion fue a asomarse a la puerta entreabierta, y la abrió hasta atrás.
Afuera los árboles y las otras casas estaban teñidas del azul del cielo, y a la izquierda podía verse el camino que bajaba por la montaña en la que se encontraban. Sin embargo, el espectáculo de luces que vio a los pies de la montaña fue lo que la sobrecogió más. No eran luces escasas y titilantes, eran luces amarillas y blancas, y eran como luciérnagas sobre el valle del cual no veía más que negrura y las siluetas perdidas de las cabañas. Era un paisaje nocturno maravilloso.
-¿Es luz... de carbón?
-Luz eléctrica -dijo Elliott, acompañándola afuera.
-¿Luz eléctrica? ¿Qué es? Creo que he estado dormida por mucho, pero me siento como nueva.
-Ambos están como nuevos. Los lavé y los perfumé. Espero les agrade, ya que han cambiado ligeramente. Tal vez ahora puedan probar la vida agil que sólo algunos vampiros toman para sí, y a la que muchos renuncian o nunca prueban por miedo a sentir sed más menudo. La sed puede hacernos hacer cosas horribles.
-Perry es más hogareño -dijo Marion- . Creo que permaneceremos muy tradicionales. Este parece un lindo lugar para vivir, además.
Elliott sonrió.
-Yo me iré. Pueden vivir en la cabaña y...
-¿No te quedarás con nosotros?
Elliott pareció contrariado.
-No sé si Perry lo aprobará.
-Yo lo apruebo. Yo soy quien debía perdonarte y ya lo he hecho -le dijo Marion, posando la mano en su hombro y palmeándole brevemente- . Perry tendrá que atenerse a mis decisiones.
-Lo siento -dijo Elliott- , pero prefiero irme sin recibir su resentimiento. No quiero estar en un lugar donde no soy deseado.
Elliott se devolvió a la casa, ante la confusión de Marion, quien dio un suspiro aproblemada.
-¡Al menos quédate hasta que él despierte!
-Gracias, pero no -dijo él, amablemente, y mirando al suelo a falta de un objetivo visualizable.
Marion se tomó los suspensores, algo preocupada. Perry no iba a estar contento si Elliott se largaba sin haberlo visto. Tendría que hacer algo al respecto.
Caminó hacia la casa. Había notado, en su ansiedad por registrarlo todo con sus ojos nuevos, el armario con cerradura, y el tintineante sonido de unas llaves en el bolsillo del pantalón de Elliott. Fue hacia la casa a paso ligero y metió la mano en el bolsillo en cuestión, ante lo cual el chico dio un saltito.
-¡¿Qué haces?!
Con la fuerza que tenía, la cual era bastante gracias a la gran cantidad de sangre que corría por cada recodo de su cuerpo de No Muerto, cogió a Elliott del abdomen y lo cargó sobre su espada.
-¡No! ¡¿Q-qué haces?! Switz...
-Dejarás que Perry te vea. No permitiré que arruines la felicidad de mi esposo. Él merece verte y juzgarte por sí mismo.
-No, estará furioso conmigo...
Lo metió en el armario, entre los pocos colgadores con ropa.
-No le viste cuando supo lo que te había hecho. No me perdonará. Me matará, Switz...
-No lo hará -le dijo Marion, tapándole la boca.
-Por favor... -suplicó el chico, desesperado- No quiero darle el disgusto de verme de nuevo.
Pero Marion no lo escuchó, a pesar de que su expresión lastímera le partía el alma. Décadas antes habría pensado que era actuación, pero las cosas eran diferentes ahora.


sábado, 26 de septiembre de 2015

LOVE IS BLINDNESS - Capítulo 14

Capítulo 14:

"Pedazos de piel que la luz del sol aún no toca"


Victor

Sherlock

A la mañana siguiente le encontré levantado antes que yo. Estaba sentado sobre la colcha mirando hacia los ventanales cerrados, pensativo.
-Sí he escuchado tu nombre -decía- . Por eso te he dejado entrar.
-Por la foto -dijo una voz conocida y gastada con un raro acento búlgaro.
-No. Las fotos pueden alterarse.
Alguien más estaba en el cuarto. Me enderecé, y miré hacia donde John dirigía su vista: Victor Trevor yacía sentado sobre la pequeña mesa junto al ventanal, en posición india.
Había sido rápido.
Vestía una túnica con líneas moradas, azules y amarillas, y su pelo estaba suelto y negro hasta los hombros. Sus sandalias tenían el grosor del papel y el olor a vagabundo me llegaba hasta las narices, pero parecía más vivo que nunca, con una piel sana, sin rastros del vicio que a ambos atrapara durante la Universidad, ese vicio que nos permitía pensar y que nos unió como mugre y uña en unos años en que la motivación por los estudios no llegaba, a pesar de nuestras notas y reseñas suficientes. Éramos autómatas sin una meta en la vida, sin nadie en quien depositar nuestra devoción. Tarde durante nuestra amistad me di cuenta de que había depositado parte de esa devoción que pensaba no sentía por nadie en él. Victor me desagradaba, ya que le veía como un reflejo de mí mismo. Victor era el Dorian Gray del cuadro, acabado. Ahora renacía como el joven Dorian Gray, sin dinero pero limpio e inocente.
Bueno, no sé si inocente.
-¿Cuánto tiempo estuviste en Bulgaria? -le pregunté, sin dirigirle una mirada amigable.
Él sonrió sutilmente, y pareció ser la primera vez que me dirigía la mirada tras haber llegado a ese sitio con mi versión dormida.
Unas arrugas se formaron a cada lado de su boca, revelando el desgaste provocado en su piel por el desierto, a pesar de estar sólo unos pocos meses en... Turquía. El tejido de la túnica era turco, robado de las ferias para turistas que iban a visitar Santa Sofía. El tejido era rico y detallado, con cualidades algo opacadas por la mugre, pero sabía que con el estado en que estaba, no podría haberse permitido una túnica de esa naturaleza.
Me levanté de la cama y caminé sintiéndome pesado hacia el baño.
-Séis años. Desde entonces comenzó a hacer eco tu nombre, ¿sabes? Especialmente cuando pasó lo de tu suicidio -le oí decir.
Me sequé la cara con la toalla pequeña. En el baño había aroma a shampoo. John se había lavado el pelo dos días seguidos.
-¿En qué momento lo llamaste? -preguntó John- Pudiste decirme, lo dejé entrar por la foto de curso que me mostró.
-No pensé que le permitirían subir hasta el cuarto -dije, asomándome.
El cabello de John estaba desordenado pero corto. Miré a Victor, delgado, alto, ocupando un espacio tan reducido sobre el mueble. Seguía siendo atlético y flexible, y si se aseara un poco de seguro seguiría siendo matacorazones. Siempre le desprecié por ello. No tenía respeto alguno por las mujeres. Y entonces tenía a John, quien era caballeroso y galante con ellas... buscando que estas fueran igual con él. Por eso siempre había conseguido mujeres ingeniosas al hablar, aunque el nivel intelectual de ellas fuera tan bajo como el de John.
Victor siempre buscó a personas que fueran menos inteligentes que él, aunque supongo que yo poseía el mismo vicio. El cínico siempre buscó a mujeres a las que manipular, mujeres superficiales, que buscaran un hombre más guapo que amable. Y Victor era el prototipo de este. Ahora entraba yo a preguntarme porqué yo había sentido un mínimo de devoción por alguien así. Era una suerte que John hubiese subido mis estándares. Ahora todos me parecían demasiado inconcientes para siquiera considerarlos un aporte para la sociedad. John era un hombre pequeño y difícil, no muy bueno perdonando, pero su lealtad era inquebrantable.
-Aquí está el retrato por si quieres quedártelo -dijo Victor, bajándose de la mesa. Comprobé molesto que seguía siendo ligeramente más alto que yo.
En el retrato aparecía la generación de primer año de Licenciatura en Química. Ambos aparecíamos allí, aunque en ese entonces aún no éramos amigos. Había sido una Universidad de prestigio, aunque estatal. Mi madre la había elegido por prestigio y mi padre por ser estatal, aunque era siempre mi madre quien decidía primero. A veces sentí lástima por mi padre por ello, siempre agachando la cabeza.
-Estás igual -dijo Victor, mirándome con atención. Alzó la mano hacia mi mejilla, y yo le rehuí- , aunque... te has aplicado -dijo, mirándome de pies a cabeza- . Ya no eres el flacucho de antes. A Lancaster le gustarías ahora.
-Nunca me gustó Lancaster. Estaba más preocupada de conseguir buenas notas que de tener relaciones.
John alzó la vista hacia mí. Victor rió por lo bajo. Las ojeras bajo sus ojos se notaron un poco más. No había dormido en horas.
-Verás, Sherlock se propuso perder la virginidad con una chica de un curso superior -le explicó a John- . La pobre estaba más sola que una hoja. Intimidaba a los hombres con su inteligencia, pero tenía una cara adorable. No de mi gusto la verdad, demasiado voluptuosa y caderona. Pero a Sherlock le gusta la gente más baja de estatura y ancha que él.
John bajó la mirada a su abdomen. Traía la bata puesta aún, y estuve seguro de que se chequeó la panza.
-Pero a Sherlock nunca le gustó de esa manera, y nunca fue lo bastante perseverante para conseguirla. ¿Sabes dónde está Lancaster ahora?
-Es directora de un Laboratorio en Estocolmo -dije, molesto- . Lo sé porque salió en el periódico cuando el Laboratorio fue acusado de fomentar el uso de transgénicos...
-Les quitaron los cargos. Ahora podemos alardear de la posesión de transgénicos.
-Por supuesto -dijo Sherlock.
-Elegiste el trabajo correcto, Sherlock. Serías un criminal legal sino.
Eso me sorprendió. Desde cuando el sentido de la ética de Victor era tan alta.
-OK, estoy a tu servicio. ¿Qué quieres que haga? -preguntó, finalmente.
Se sentó a los pies de la cama de John. Él se levantó, incómodo y sacó una muda de ropa del equipaje armado.
-¿Traes algo con qué vestirte? No puedes entrar a Londres así -le dije a Victor.
-Estoy bien con esto.
-No. Tienes motas en el cabello. Te asearás y te lo cortarás. Nadie confía en un hombre en túnica sin ropa interior...
John se volteó a mirar a Victor escandalizado.
-OK. ¿Tienes algo que me quepa? -dijo, rendido.
-Tengo un traje...
-No un traje... -dijo Victor, horrorizado.
Victor al final accedió a ponerse el traje, el cual reveló su delgadez. Era pura fibra ahora. Pero no accedió a cortarse el cabello, y se lo escondió en un jockie. Se arregló un poco el afeitado y pronto estuvimos listos para irnos. Pegó la foto de mi nueva identidad robada en un carnet y un pasaporte nuevos, preparados por él mismo en carrera durante la noche. Victor Trevor era un criminal internacional, buscado por años, pero tendía a cambiar su apariencia demasiado. Había sabido de sus movimientos hace dos años gracias a mi red de vagabundos en Londres. Era famoso entre los inmigrantes ilegales de toda Gran Bretaña. Era un vagabundo con currículum ejemplar de estudiante destacado, pero se había lanzado al negocio del tráfico de identidades. Tomaba identidades de personas muertas y no reclamadas y las vendía a inmigrantes para entrar libremente a Londres. Negocio redondo.
Sin duda sería descubierto tarde o temprano.
Contactamos a Lestrade en el vestíbulo del hotel. El hombre había estado encerrado en su cuarto desde ayer, tras enterarse de Haneen y su identidad. Había enviado las pruebas de mi inocencia a Scotland Yard durante la noche.
-¿Y quién es este tipo? -preguntó, cuando Victor apareció desde el cuarto ya arreglado, gafas de sol incluídas. El pantalón le quedaba un poco ancho.
-Un colega.
-Amigo -corrigió él. Estrechó la mano de Lestrade- . Lo ayudaré a entrar al país -le susurró.
-¿Qué? Es un crimi...
-Y desapareceré en cuanto pisemos tierra inglesa.
Lestrade lo miró con recelo.
-No puedo creerlo. Estamos haciendo tratos con un... tipo como este.
Victor bajó sus gafas y lo miró fijamente.
-Estoy evitando que Sherlock vaya a una celda. Estoy seguro de que apoya esa moción.
Lestrade asintió de mala gana.
-A cambio deseo inmunidad hasta que vuelva a largarme de ese infierno.
-Ya no te gusta Londres.
-Adoro Londres, pero quedarme es una tortura, como quedarse en Hogsmeade llena de dementores.
John miró a Victor pasmado. Mary había leído los libros, por supuesto.
-Será mejor que te sientes lejos de nosotros -me dijo Victor cuando subimos al avión, minutos más tarde.
-Pero John...
-Él está viajando con su pasaporte original, así que... no discutas. Se sienta con tu amigo Greg Lestrade.
-¿Cómo supiste mi nombre?
-Sé quien es el Inspector de New Scotland Yard, señor Lestrade. No crea que no estoy al tanto.
Miré a John dubitativo, él hizo lo mismo. Como si nos pusiéramos de acuerdo, nos separamos para sentarnos en nuestros puestos.
-Aprovecharé de contarle algunas anécdotas -me dijo Victor antes de seguirlo.
-No las exageres -le dije, en tono de amenaza.
-No te preocupes. Te dejaré bien parado.


John

-Apuesto a que no te ha contado absolutamente nada sobre la Universidad -me dijo Victor Trevor cuando estuvimos sentados. Sherlock me miraba cada tanto desde su puesto, en la corrida de la izquierda de las tres que había en el avión, y yo le respondía con cierta añoranza en el pecho. Esperé no ser muy obvio.
-No me ha contado mucho. Supe de Sebastian Wilkes porque trabajamos con él.
-Oh, no, a él lo conoció en la Facultad de Medicina. La señora Holmes quería que estudiara Medicina al principio, ya que le pareció que le daría un mejor porvenir. No le pareció que una Licenciatura en Química fuese a servirle.
-¿Cuánto tiempo estuvo en Medicina? -pregunté, pasmado.
¿Sherlock podría haber sido un doctor? Eso fue chocante. No tenía la actitud necesaria para ello. Ya lo imaginaba dando los diagnósticos a los pacientes y parientes. Los haría llorar a todos, prediciéndoles cánceres, problemas cardiacos y hemorroides y quizá qué otras enfermedades.
-Dos años. Entró de inmediato el muy bastardo -dijo Victor con una sonrisa- . Tiene un cerebro privilegiado. Y su corazón... bueno, siempre fue más vulnerable que el de nosotros. Ya sabes que si no experimentas con las relaciones humanas, tu corazón se vuelve tan débil que a cualquier golpe se resquebraja, ¿no?
Dio un suspiro, con una mirada triste fija en el vacío.
-¿Por qué creías que tenía un corazón más vulnerable?
-Bueno... Demasiados puntos débiles, como siempre digo.
Fruncí el ceño. Puntos débiles.
Siempre me estaba preguntando cómo Magnussen había reunido tanta información sobre la gente. ¿Eran datos que iba pescando aquí y allá, hasta construir un gran nube de datos que pronto se procesaba en un mapa lleno de sentido sobre una persona, que le permitía saber dónde presionar exactamente para arruinarla? Sí, así era como siempre imaginaba que era, y es que el tema de la hipertimesia me parecía totalmente probable. Había gente con Asperger que poseía una gran memoria visual. Tal vez para Magnussen sólo fue necesaria la memoria auditiva, que traducía luego a visual, como había visto cuando nos llevó a su supuesta bóveda de información concreta. Le vimos sentarse en esa silla de diseñador y comenzar a simular que pasaba las páginas de un libro. Toda la información que escuchaba o... leía o veía la traducía a eso, y la guardaba en archivos en su cabeza. Probablemente al momento de ser asesinado, aquel tipo estaba loco. Por eso se había vuelto un criminal, porque la hipertimesia lo había desequilibrado. Era imposible recordarlo todo sin volverse gradualmente loco.
Tal vez Magnussen había sabido de los puntos débiles de Sherlock por medio de otro criminal: Victor Trevor. No obstante, aunque era arrogante, no parecía una mala persona, y había acudido en ayuda de Sherlock sin pensarlo dos veces. Prefería pensar que era alguien bueno, o tal vez sólo era mi deseo por ver a alguien siendo fiel a Sherlock. O a mí. De pronto estábamos solos en el mundo, tras ser traicionados cruelmente.
Y hablando de criminales... Una vez más Sherlock demostraba su habilidad para toparse sólo con los de su tipo. Y todos tenían algo en común: su gran inteligencia.
Y entonces estaba yo, un punto de diferencia en un mar de puntos iguales. ¿Por qué se involucraría con alguien como yo?
-El primero de todos fue Scott. Sabes de Scott, por supuesto -dijo Victor.
-Supe hace poco.
-Me contó toda la historia. Cómo se perdió, cuánto tiempo buscaron... No encontraron su cuerpo, pero lo dieron por muerto y siempre creí que había sido una conclusión muy apresurada. Quién sabe, puede estar vivo en alguna parte. Los hermanos Holmes tienen rasgos distintivos, tal vez si miramos mejor, lo encontremos.
Me volteé a mirarlo. Victor hizo lo mismo, y entonces frunció el ceño.
-Oh, no, yo tuve padre y madre. No me perdí -dijo.
-OK -dije- . Pensé que era lo que estabas insinuando.
-Lo deduje. Aunque me habría gustado ser hermano de Sherlock. Es un tipo fascinante.
Se quedó en silencio por un momento, parecía ensimismarse muy fácilmente, al igual que Sherlock, y entendí porqué siempre se habían llevado bien.
-Tú, por tu parte, has logrado mantenerte a su lado sin mucho esfuerzo. ¿Cómo lo has hecho?
-Con mucho esfuerzo. Con Sherlock es difícil de lidiar, especialmente ahora -reconocí.
Pero nunca podría separarme de él, pensé para mí mismo. Pensé decírselo, pero me lo guardé, pues pensé en que quizá deduciría demasiadas cosas a partir de eso.
-¿Por qué ahora?
-No ha confiado en mí todo lo que debiera. Siempre... está apartando a aquellos que... se preocupan por él.
-Tal vez no quiere que salgas herido. Pero tú sabías eso -dijo, sonriendo con arrogancia.
-Sí.
-Sherlock se ata muchísimo... con una persona a la vez. Ese es el problema. Y está constantemente temiendo que estas personas se vayan. O mascotas en el caso de RedBeard. Tuve que cavar muy profundo en nuestra relación para que me hablase de RedBeard, si me entiendes.
-A mí nunca me contó. Me enteré por otros medios. Al principio pensé... “Sólo una mascota, todos tuvimos mascotas de pequeños, incluso alguien como él”, pero... luego pensé en qué medida pudo haber influenciado su manera de ser el haber perdido a su perro. Todos maduramos en cierto modo.
-Sí. Empezamos a entender que todos se irán en algún momento. Pero Sherlock nunca supo que se había muerto cuando dejó de verlo. Su madre le dijo que se había ido a otro lugar, y el único que fue capaz de responderle con la verdad fue el señor Watson. Los padres siempre hacen eso. Las madres prefieren... evitarles el sufrimiento a sus hijos. No sé qué es mejor. ¿Tú no le has mentido jamás?
-Estoy seguro de haberlo hecho, pero no sabría enumerar las ocasiones.
-No suenas como alguien que le mentiría a Sherlock. Leí tu blog: él te fascina.
Miré al frente, sintiendo mi cara caliente.
-Y él no te ha dado la pasada, ¿no?
Eso me frustró. No me confiaba lo suficiente para decirle descaradamente que sí lo había hecho, pero deseaba hacerlo de todos modos.
-Imaginar a Sherlock en una relación es sinceramente bizarro -prosiguió Victor- . Imaginarlo siendo todo... cariñoso y sonriente y... Raro. No, me da escalofríos de sólo pensarlo -una azafata se acercó portando un vino- . Gracias -Carraspeó.
-¿Cómo era Sherlock en la Universidad? Igual de... ¿“sociable”?
Victor me miró de reojo.
-Era peor -susurró- . El primer día de Química le vi deducir a toda la clase durante el almuerzo luego de que un compañero se mofara de él por no haber estado en los primeros diez seleccionados. Había un sistema de jerarquización muy fuerte entre los hombres del grado. Competían muchísimo, y por eso Sherlock tendía a amistarse más con mujeres, hasta que comprendió que sólo le querían de mascota. Sherlock era guapo, tremendamente pulcro y muy... higiénico -dijo esto con cierta diversión- . A las chicas les gustan los hombres con buen aroma, con elegancia, con... inteligencia. Nerds. El problema es que no quieren acostarse con ellos. Pero Sherlock les pareció un buen sujeto de pruebas para... practicar besos. Además Sherlock nunca se les lanzaba y eso las hizo llegar a la conclusión de que... era del otro bando. No era un peligro para ellas. Y Sherlock aceptó muy bien, y ahora una de nuestras compañeras es escritora y se especializa en la química del amor. Tiene incluso una página web, “la Química de los Besos”. Bastante estúpido aunque acertivo: gana un montón de dinero.
La página web se me hizo familiar. La había visto en mi historial de Internet. Siempre revisaba mi historial de Internet para saber si Sherlock había estado intruseando, y a Sherlock no le interesaba no pasar por advertido, por lo que nunca borraba los historiales de visita en mi laptop.
-Luego de acabar su amistad con todas esas chicas, al cansarse de ser usado para tan “vanal actividad”, como la llama él, se quedó solo por casi un año de Universidad, y yo no mostré interés por él hasta una fiesta del Departamento de Ciencias que se hizo en la casa de un compañero adinerado. Sherlock fue sólo con la intención de rechazar los sentimientos de una chica de Física que le había dejado una carta de amor en su casillero. Supo quien era por la letra y el perfume, por lo que básicamente fue una humillación pública. A Sherlock lo aburría Channel.
Recordé Clair de Lune. Clair de Lune en la mesa junto a mi sillón de Baker Street. Nunca entendí cómo había reconocido el perfume. Sherlock había dicho que no había sido por Mary, sino por alguien más. ¿Quién?
-Nunca se disculpó con ella. Y así y todo decía que yo era cruel con las mujeres.
-Dijiste que había sido por usar Channel.
-Sólo fue un modo de decirlo. Dudo que Sherlock tenga preferencia por un cierto perfume, a menos que sea de tipo cítrico. No le gustan los aromas frutales.
-¿Por qué?
-Porque los aromas frutales le recuerdan a los elementos en descomposición. En Química analizamos muchos elementos en descomposición, y estoy seguro de que en su trabajo como detective se dedica a analizarlos muy a menudo.
-Creo que sí, ya que básicamente las pruebas que se dejan en las escenas de crímenes han estado allí por horas o días.
-Exactamente.
Me pregunté cómo habíamos llegado a ese tema, pero cuando intenté dilucidarlo, no pude entenderlo. Quizá sólo era por afán de ese sujeto de demostrar su nivel de conocimiento acerca de Sherlock.
Miré hacia su puesto. Sherlock miraba al techo con la mirada fija. Muy fija, mientras Lestrade leía el periódico jordano. O miraba las fotos. Los demás pasajeros estaban dormidos o leyendo, por lo que no había mucho ruido. Sin duda alcanzaba a escucharnos. Quise sacarle una sonrisa.
-No obstante, parece fascinarle hayar pruebas de ese tipo. Cuando tiene excusa, suele ir al hospital a analizar las muestras, y se muestra especialmente entusiasta cuando no puede encontrar su procedencia en la escena misma del crimen.
-¿Entusiasmo? En las clases de Laboratorio 1 y 2 no podía ver en Sherlock más que una repetitiva frustración por la tarea que estaba realizando.
-Parece frustrado, pero lo que en realidad está sintiendo es algo muy opuesto. O quizá esa frustración es parte del sentimiento. Es lo que ocurre con las tareas que nos proponemos en nuestro campo de experticia. Nos provocan frustración, estrés, pero un estrés...
-... orgásmico -susurró Victor.
Algunos pasajeros sentados cerca se voltearon a mirarlo. Había susurrado, pero todos escuchaban. Reí por lo bajo, fascinado con esto, puesto que anteriormente casi todos habían parecido especialmente desinteresados. Con esto me refiero a que estaban dormidos. Tal vez Victor en verdad captaba la atención. Si lo miraba bien, bajo toda esa capa de descuido corporal, que escondía una salud fortalecida por la vida en el exterior, se escondía un Don Juan de los auténticos. Victor sólo debía chasquear los dedos para conseguir a una mujer.
Me pregunté si su campo de interés sólo habrían sido las mujeres. Miré a Sherlock, y vi que sonreía. Sonreí para mí mismo, con sensación de triunfo.
-Conoces bien a Sherlock -dijo Victor- . Pensé que nadie me superaría. Aunque su hermano Mycroft según sé tiene todo un listado archivado de sus necesidades y manías.
-Eso no significa conocer a una persona en lo absoluto -dije.
-Por supuesto que no. Sólo conoces a una persona cuando la has aceptado del todo. Y de hecho, cuando adoras sus particularidades, por muy bizarras que sean.
Usaba la palabra “bizarro” muy a menudo.
Supongo que había aceptado las particularidades de Sherlock. En nuestro primer día juntos él me había deducido sin dudarlo. Quizá por costumbre, por hobbie, porque era un pasatiempo en verdad para él, uno de los que hay pocos en el mundo. La otra opción era que sólo había sido como prueba.
Es como lo que yo hago siempre cuando hago amigos. Amigos hombres. Prefería guardarme mis particularidades con las mujeres, principalmente porque no quería darles una mala impresión si estaba la meta de tener sexo de por medio. Cuando tenía la intención de tener una amistad con otro hombre, siempre ponía de telón mi propia sexualidad, porque sabía que tarde o temprano sería puesta en duda si no la aclaraba de antemano. Mike Stamford siempre supo perfectamente de mi bisexualidad, y así y todo, se mantuvo como mi amigo. O quizá fue porque le dificultaba tener amigos, como a mí.
Pero entonces estaba Sherlock, quien sólo lo dedujo, como supe recientemente. Pero claro está, estaba el hecho de que no lo había dejado en claro en palabras yo mismo. La razón estaba entre las obvias: nunca vi a Sherlock como a una persona a la que le interesaran esos temas.
-Eso ocurre contigo. Eres sinceramente transparente en tu blog.
-A veces creo que no debí comenzarlo nunca.
-¿Bromeas? Sherlock habría vuelto al hábito. Él no estaría contigo si no fueras un libro de tal grosor, John Watson. Ese es tu nombre, ¿no?
-Sí -dije entre dientes.
-Sólo bromeaba, sé perfectamente cómo te llamas. John H. Watson.
-¿No sabes mi segundo nombre?
-No. ¿Cómo podría averiguarlo?
-Hay formas.
Me volteé a mirarlo. El hecho de que fuera más alto incluso que Sherlock ya no me molestaba. Siempre me las arreglaba para tener a las personas de igual a igual. Y con Victor Trevor no había fallado.
-¿A qué refieres a que soy un libro grueso?
-A que a Sherlock aún le falta mucho por llegar a deducirte por completo. Nunca podrá llegar a deducirte del todo, gracias a su falta de sentido común. Siempre falla en ese punto, y en la estereotipación de las personas. Él, por ejemplo, siempre creyó en mi superficialidad, pero soy en verdad alguien mucho más profundo de lo que parezco.
Sonreí elocuentemente.
-Oh, tú tampoco lo crees.
-Sí lo creo, de hecho. Te convertiste al Hinduísmo y al Islamismo, por amor de dios.
Victor rió por lo bajo. Sherlock, desde su apartado puesto, se volteó a mirarnos, con el enojo calcado en su cara.
-Y yo cometí un error contigo: no eres tan estúpido como pareces -me dijo Victor- ¡Vas a caerme bien!
-Otra pregunta -dije, con renovada seriedad.
-Dime todas las dudas que tengas.
-No vas a traicionarnos, ¿verdad?
La sonrisa de Victor cedió a mi seriedad lentamente. Un halo de tensión se extendió sobre nosotros.
-¿No crees que es demasiado pronto para deducir si los traicionaré o no? Sherlock por supuesto, da por hecho que cualquiera de sus amigos podría llegar a traicionarle, pero tú no me conoces, John Watson.
-¿Entonces qué sugieres?
-”Dime y escucharé. Muéstrame y entenderé”. Debieras practicar un poco más esas palabras.
En su puesto, Sherlock puso los ojos en blanco. Se levantó, y se acercó a nosotros en el momento en que menos lo deseaba. Victor Trevor prácticamente me había ofrecido a contar toda su vida con tal de demostrar que era de confianza. O es que había entendido mal la frase. Sería de su invención, me pregunté.
-OK, basta de hacerte el inteligente. Cambiamos de puestos -dijo Sherlock.
-Pero estaba a punto de contarle a John lo que catapultaría mi carrera como amigo fiel -dijo Victor- . Déjame hablar, ¿quieres?
Sherlock lo fulminó con la mirada.
-Párate. Si quieres le cuento yo mismo.
-¿Cómo podrías? No tienes idea.
-Hice mis propias averiguaciones años después.
Victor se puso blanco como la cera. Tragó.
-Por eso te llamé -dijo Sherlock, agachándose en el pasillo- . Porque sé que eres de confianza. No te creas que soy tan ingenuo. Sé que lo único de lo que careces es discreción, y por eso... Magnussen supo tantas cosas por medio tuyo.
-¿Qué? -dije, pasmado. ¿Cómo podría ser de confianza con tamaño currículum?
-No le dije nada -se defendió Victor.
-Pero le llegaron los rumores. RedBeard, John, todos.
-Debió escucharlos de pasada.
-Por supuesto que los escuchó de pasada, pero su memoria a largo plazo es más poderosa que la nuestra.
Fruncí el ceño. ¿Eso quería decir que al momento de decir “RedBeard” a Sherlock, Magnussen no lo tenía en mente hasta ese instante? Si tenía buena memoria a largo plazo, eso significaba que memorizaba cosas que escuchaba de manera involuntaria, y luego estas salían a flote al segundo en que eran finalmente de utilidad. ¿Cómo era posible para una mente comportarse de esa manera?
-Entonces siento haber abierto la boca -dijo Victor, sin mirarle.
-Debe ir a sentarse en su lugar, señor -dijo una azafata que se acercó.
-Lo siento. Victor -le dijo Sherlock.
Este accedió a levantarse.
-Te conseguiste un amigo de lo más interesante, Holmes -dijo Victor, sonriendo.
-No me lo recrimines ahora. Tú fuiste quien no explicó sus razones.
Victor se alejó con una sonrisa en la cara. Ya en su puesto, se quitó el sombrero que ocultaba su cabello largo y mal cuidado, como una manera de rebeldía, y Lestrade se volteó a mirarlo escandalizado. Sherlock dio un suspiro.
-Hay maneras y maneras de levantar sospechas en la gente, y Victor está practicando la más recurrente.
-¿En verdad crees que lo de C.A.M sea hipertimesia? No parece encajar en esta.
-¿Por qué no encaja? -preguntó Sherlock, con más fastidio que curiosidad. Bueno, en realidad nunca tomaba en serio mis deducciones, y en esos momentos Victor seguía ocupando su cabeza. Sentí un pinchazo de celos que hace tiempo no sentía.
-Porque actuaba calmado y... ¿saludable?
-¿En verdad? -dijo con sarcasmo- Las personas con hipertimesia pueden recordar eventos específicos, donde sucedieron, cuando, con quien... Pueden recordar los aromas, los sabores, todo... Pero no necesariamente actúan como locos. No si llevan años de práctica sufriendo la condición. Qué útil sería tenerla.
Lo último lo susurró, como si fuese más para sí.
-No creo que pudiera ser fascinante en lo absoluto, y tú no pareces necesitarla.
Sherlock se volteó a verme. Una sonrisa pareció brincar de sus ojos. Lo había tomado como un elogio, yo sólo lo había apuntado como un hecho.
-Pero creo que yo recuerdo de modo diferente. Magnussen parecía haber atado toda la información que sabía a un lugar específico.
-¿No es así en tu caso también? En tu... “Palacio Mental”.
-No. Es más como un lugar que cambia según las necesidades, como... una Sala de los Menesteres.
Abrí la boca, totalmente asombrado por aquella referencia, puesto que Mary solía leer esos libros. Otro rasgo que habían compartido. Pero Sherlock continuó demasiado pronto para apuntar esto.
-No es un lugar fijo, y es así cómo debería funcionar según los requerimientos de la mente humana. Los recuerdos están atados a imágenes sueltas, a veces casi abstractas, no a... bodegas llenas de libros y arhivos -dijo con cierto desprecio por el hombre muerto- . Pero así es cómo Magnussen se había obligado a usar su mente, aunque... -Recordó algo específico, y se volteó a mirarme. Me tomó de la muñeca, apoyada sobre el posabrazos, y la emoción por estar en la línea de pensamiento de un Sherlock que está deduciendo quedó mezclada por la emoción del contacto- ¿Recuerdas la primera vez que visitó Baker Street, tras atraerle mediante mi abuso de drogas? Y es que sólo vino por esa razón, por pensar que estaba vulnerable. ¿Lo rercuerdas, John?
-S-sí. Lo recuerdo. Uno de sus... sirvientes me quitó un pedazo de fierro que había...
-Sé porqué recuerdas eso. Pero, ¿recuerdas que dije algo sobre lo que hizo Magnussen a lo largo de nuestra conversación?
-Creo que... sí.
-Pensé que había usado un dispositivo. Me había leído, él mismo lo dijo: “Estoy leyendo”, y dijo “RedBeard” de la nada. En ese momento su Palacio Mental estaba funcionando de otra forma, porque miraba hacia el frente. En cambio, cuando fuimos a esa habitación blanca en Appledore, él sólo se sentó e hizo mímicas de quien lee un libro.
-Como si estuviese en una biblioteca. Por eso dices que su palacio mental allí era como una bodega llena de libros. Pero si no había visualizado una bodega llena de libros, ¿Qué visualizó cuando supo de RedBeard? O más, cuando recordó a RedBeard, porque de alguna manera ese detalle se quedó estancado en su memoria tiempo atrás...
-Estás aprendiendo -dijo Sherlock, sonriendo- . No sé cómo lo visualizó. Tal vez como... un archivo digital, como mi memorización del mapa Londres.
Reí por lo bajo.
-¿En verdad memorizaste todo Londres?
-Sí. Por experiencia práctica, no porque un día me senté a memorizar el mapa, precisamente.
-No eres tan inteligente como pareces, entonces.
Se volteó a mirarme interrogativo, y ofendido como pude comprobar.
-¿A qué te refieres? -dijo, apartando su mano de mi muñeca.
-Nada malo -dije, cogiendo su muñeca esta vez, y rozando su dorso “deliberadamente” con el dedo pulgaer. La vista de Sherlock bajó fugazmente a su mano- . Sólo digo que aprendes... memorizas igual que muchos de nosotros.
-¿Cómo?
-Mediante la experiencia práctica. O al relacionar dos conocimientos. ¿Nunca has leído sobre pedagogía?
-No. ¿Por qué lo has hecho tú?
-Bueno, tengo un hijo.
Sherlock alzó las cejas, viéndole lógica.
-Te quedarás en mi casa, a propósito -le dije, dándole una palmada a su muñeca. Otra vez, una excusa para mantener el contacto- . No hay posibilidad de que te quedes en Baker Street.
-Pensaba quedarme donde Mycroft. No quería... importunarte. Además Victor necesita un lugar donde...
-¿Victor? -dije, pasmado. Claro. No había considerado eso- Pero, ¿él no tiene montones de dinero? Es traficante de identidades.
-No lo sé. No parece que esté usando ese dinero. Se ha vuelto alguien bastante espiritual, no debe de cobrar mucho por los pasaportes y tarjetas de identidad.
-Supongo -dijo John- . ¿Espiritual? ¿Es en serio?
-Sí. Míralo.
-No es muy... silencioso.
-Ser espiritual no tiene nada que ver con ser silencioso.
-OK -dije, cediendo.
Nos quedamos en silencio por unos momentos. No tenía deseos de dormir en lo absoluto, por lo que dije:
-¿Y de qué depende el cómo luzca su Palacio Mental?
-De aquello a lo que lo relaciono. Cuando he tenido que... trasladarme por Londres cuando no he conocido las calles y distancias, he tenido que consultar mi iPhone, y... Bueno, los mapas de recorrido son aquellos que he consultado en este previamente. En otras ocasiones mi palacio mental ha lucido como... los tribunales de justicia de... -En ese punto se detuvo, y tragó. Casi pude verle sonrojarse.
-¿Tribunales de dónde?
-Una vez visualicé los tribunales de justicia al... resolver un caso. Usar los chats no parecía ayudar mucho, así que visualicé mi conversación con las mujeres que se habían citado con el Hombre Efímero en un tribunal. Todas estaban sentadas en órden y de ese modo pude... descartarlas más fácilmente.
-Cómo un “Adivina Quien”.
-¿Quién?
-Es un juego, Sherl... -Me callé. Nadie debía saber quien era, o la farsa se rompería.
-No lo conozco.
-Te gustaría. Te compraré uno. A propósito, ¿Por qué te da vergüenza ese evento en particular?
-Ahm...
Sherlock miró hacia Victor. ¿Se estaría arrepintiendo de cambiar de puestos?
-Creo que fue la primera vez que... fui conciente de la facilidad con la que accedías a mis Palacios Mentales. Normalmente estos sólo... se desvanecían cuando tú... cuando cualquier persona entraba en ellos.
-Lo recuerdo. Me echaste muchas veces del 221B sólo porque necesitabas entrar en tu Palacio Mental.
-Pero esa vez entraste en la habitación y aunque me di cuenta de tu presencia, el tribunal siguió allí, erigido en mi imaginación. Sólo tiempo después consideré esta particularidad.
No puedo describir cuanto gusto me dio escuchar eso. Si lo hubiera pensado por mí mismo, probablemente no le habría dado tanta importancia, pero Sherlock lo veía como un hecho extraordinario, fuera de serie. Como si hubiese quebrado una de sus máximas leyes, si bien no parecía molesto acerca de eso.
-No resolviste ese misterio de inmediato, ¿no? No supiste quien era -dije, como un modo de hacerle considerar alguna desventaja.
-Pero me hiciste ver que era un hombre. A veces sólo... me salto lo obvio. Es un gran problema a veces. Se refirieron al Hombre Efímero, como un “él”, e incluso yo me referí a él como un hombre. El Hombre Efímero, y aún así no consideré ese detalle.
-¿Ayudó en algo? Tal vez... inmiscuirme en tus Palacios Mentales no sea una ventaja.
-No lo es, pero no es una desventaja tampoco. Sólo es. Sigue funcionando al mismo ritmo.
-Entonces no es malo.
-No -dijo Sherlock, frunciendo el ceño. La idea de que lo fuera le parecía extraña.
-¿Hace cuánto que desarrollaste los Palacios Mentales?
-Supe de la idea en las clases de Filosofía. Lo crearon los griegos, o al menos se dieron cuenta ellos. Pero todos tenemos Palacios Mentales de una u otra manera, sólo que no todos le sacan el máximo provecho.
-Hm.
Yo era una de esas personas, sin duda.
-Victor supo de Scott. ¿Cuando se perdió intentaste buscarle?
Sherlock miró alrededor. Los pasajeros que estaban despiertos estaban viendo películas.
-Sí -dijo, mirando al frente- . Pero no sabía cómo. No sabía nada de muchas cosas en ese entonces.
-Sólo eras un niño -dije, sin despegar la vista de él.
Sherlock me miró a los ojos.
-Pero estaba con él el momento antes de...
-Sólo eras un niño.
Él asintió. Tragó, y miró su mano de nuevo.
-Lo era.
-Y Mycroft...
-Mycroft estuvo demasiado preocupado de lo innecesario en todo ese asunto.
-De ti, ¿no?
La mano de Sherlock se empuñó.
-Debió entrever donde estaba -susurró- . Usaba bastante bien su cabeza para ese entonces. Sabía hacer deducciones. Lo sé porque siempre descubría cuando había hecho alguna travesura. Nunca podía esconderme.
-Tal vez se preocupaba por ti.
-Tienes hermana, John. Sabes perfectamente que nunca es por nobles razones.
-Me gusta romantizar las cosas.
-Hm.
-No fue tu culpa.
Sherlock dio un suspiro.
-No lo fue. Sé que es menos frustrante que lo sea, al menos para ti, porque tu cabeza funciona de esa manera...
-Si es culpa de alguien más, siempre tengo en mente que está fuera de mi alcance el solucionarlo. Cuando es mi culpa, entonces ya no hay vuelta atrás, porque si no pude solucionarlo en el momento, si no pude prevenirlo en el momento, entonces no hay nada que hacer.
Fruncí el ceño. Sus ojos fueron realmente tristes al decir eso.
-¿Entonces por qué le sigues dando vueltas?
-Porque Moriarty dijo saber dónde se encontraba. Dijo que no estaba muerto.
Miré su mano, y la mía sobre la manga de la camisa. Le recordé ayer, llorando contra mi regazo. Tomé su mano con fuerza para evitar cualquier caída, y Sherlock se mantuvo firme. Bajó su mirada a mi mano en torno a la suya, y movió sus dedos para entrelazarlos con los míos. Sentí un escalofrío exquisito, y a pesar de sentirme algo cohibido, no quité la mirada de él.
-¿Crees en verdad lo que ha dicho? Tal vez sólo lo insinuó para hacerte perder el control. Ya ha mentido antes.
-Acerca de su identidad.
-Lo sé, pero cuenta como tal.
Sherlock dio un suspiro.
-Quiero creer que está vivo, John.
-Está haciéndote sufrir.
-No. Estoy tratando de encontrar algún modo de comprobar si está vivo. Algún contacto, un método.
Me estaba apretando la mano. Aflojé mis dedos para avisarle.
-Disculpa.
Sacudí la cabeza para mostrar que no me importaba. Le sonreí.
-Te ayudaré.
-Victor me ayudará, tú cuida a Hamish.
Alcé las cejas, incrédulo.
-No puedo creer que aún pienses que te haré caso -dije, sin dejar de sonreír levemente.
Sherlock sonrió. Aquel gesto se trasladó a mis labios como un reflejo, y miré por la ventana del avión. Sentí cómo me acariciaba la palma de la mano con el pulgar. Luego cogió mi mano y la alzó para rozarla con sus labios. Seguí mirando por la ventana, a gusto, y nos recordé a ambos corriendo por todo Londres con nuestras manos juntas. Recordé a Sherlock hablándome desde tan cerca, ignorando por completo mi tendencia a mantener distancia. Le había permitido una y otra vez violar mi espacio personal, hasta que se hizo usual y natural entre nosotros, captando las miradas de otros. Siempre había notado cómo la gente, entre ellos Lestrade y la Agente Donovan, nos miraban extrañados ante la cercanía corporal que compartíamos, sin nunca... llegar a tocarnos. ¿Acaso la ansia por tener contacto se había visto expresada a través de esa cercanía, demasiado extrema incluso para dos amigos?
Luego de esto, Sherlock se durmió y yo me mantuve despierto un poco más, bajo la mirada preocupada de Victor. Cuando se acercó una azafata, opté por quebrar el contacto con Sherlock, y Victor y yo cambiamos puestos. No podíamos levantar sospechas.