¿Qué es la Unanimidad?

Es esa tendencia del ser humano a desear que todos los que le rodean entren en una cajita con una etiqueta que ellos aprueben. Si uno no entra en ese cajita, uno es rechazado socialmente.
Tenemos que destruir esa cajita, porque el ser humano es complejo por naturaleza. Todos somos diferentes y aceptables, a menos que uno sea un sacoehuéa abusivo con tendencias dictatoriales.

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Entrada apasionada

Cómo la Heteronormatividad arruinó a BBC Sherlock

( x ) Acabo de desperdiciar una hora de mi vida viendo un nuevo tvshow llamado "Apple Tree Yard" acerca de gente heterosexual...

domingo, 13 de septiembre de 2015

"Libertar la Oscuridad": Capítulo 30

Había perdido la confianza. Persefone tenía buenos argumentos al decir esas cosas sobre el comportamiento de los vampiros. Las preferencias se deshacían en generalidades y ya nadie tenía preferencias, sólo pulsiones. Perry se lo confirmó por si solo. Tal vez mis gustos han cambiado.
Porqué, Perry. Las cosas estaban bien antes de que se volviesen vampiros. ¿O... no lo estaban en realidad? Ya no recordaba con exactitud su vida anterior, su verdadera vida.
Ahora cada tomada de mano, cada beso en la mejilla había perdido la inocencia. Perry quería algo más, y todos en esa casa respondían a su amabilidad excepto ella. Ella y Jude, de hecho. Los demás estaban alucinados, y no sabía bien a quienes señalar como engañados, manipulados, si bien no creía que Perry les manipulase a propósito. Perry era un buen hombre. Ellos solamente habían reaccionado a ello.
Especialmente Elliott. De él nada podía percibir, pero escuchaba las maldiciones que Jude echaba por lo bajo acerca de él. Parecía un loco, especialmente en la biblioteca cuando estaba solo. Estaba lleno de odios, aquel vampiro. Hablaba de Elliott y su deseo irracional hacia Perry.
Pero Perry no sentía nada por Elliott. Por la noche, vio la foto de Garrett Parrish en su portadocumentos, mientras Perry ya dormía a su lado. Decidió trasladarla al relicario que Persefone le había regalado para poner la foto de quien desease. Dejó el relicario en la mesa de luz por la noche, con una nota que decía “Para ti”. Esperaba que con ello quedase claro su rechazo de los sentimientos que pudiera estar teniendo por ella, para que su amistad quedase intacta. No quería perderlo.
Por la mañana se despertó primero, a pesar de sus sospechas. Vio el resquicio de luz entrando por la ventana, y debió agacharse junto a la cama para esquivarlo. Perry había olvidado cerrar bien la ventana. Fue en dirección al comedor, sintiéndose famélica.
Allí encontró a Elliott. Le veía ahí en momentos diferentes del día, tomando dosis más pequeñas que los demás, pero manteniendo la cantidad diaria igual. Las había medido. Sacaba de una botella que había en lo alto del mueble de licores y que contenía sangre más pura que las demás, usualmente de infantes y bebés. A ella le era destinada sangre con restos de segunda mano que Persefone solía conseguir de vampiros que iban asaltando hospitales. Ella decía que eso los convertía en héroes, ya que tomaban venganza. Pero ellos sacaban sangre de infantes, generalmente niños a los que se les podía oler la tuberculosis encima, y que ellos decían estar salvando del dolor, antes de que la enfermedad llegase del todo. Pero tenían algo de razón. La tuberculosis, más que ninguna otra enfermedad, podía olerse. La había olido en las venas de muchos transeuntes nocturnos en la calle. La sangre de estos niños sólo estaba más pura porque estaba libre de vicios.
Elliott debía tomar sangre de ese tipo porque de otro modo se intoxicaba. Él y Perry no podían tomar de segunda mano porque no habían convertido en vampiro a nadie. Tal vez la pureza que yacía en sus venas era lo que los atraía. No se sentían sucios al tocarse.
Normalmente se daba cuenta de la presencia de Elliott en el comedor por el olor a ese tipo de sangre, y porque luego la saludaba educadamente. Pero esta vez no hubo más indicio que el primero.
-¿Elliott?
-Sí -dijo con voz ronca.
Sonaba desanimado. Ella caminó hacia la estantería.
-¿Me das un poco de tu dosis?
-De acuerdo.
Oyó el arrastre de una botella sobre la mesa de madera, tras un empuje flojo de parte de Elliott.
Vertió un poco en su vaso.
-Dile a Perry que lo siento -dijo con voz queda.
-Tú debes hablar con él -dijo Marion.
Oyó el sonido de una silla al correrse, y el sonido de unas uñas arrastrándose por encima de la mesa. De esa manera Elliott le iba indicando su ubicación. Se puso alerta casi por instinto.
-No puedo hablar con Perry -susurró- . Jude podría estar vigilándome ahora mismo. ¿Puedes sentirle alrededor?
-No -dijo Marion, frunciendo el ceño.
Tomó un sorbo. Fue tan sabrosa como la imaginaba.
-Vaya, es buena -dijo.
-Lo es -dijo Elliott.
Se sentó en una silla junto a la mesa, tratando de concentrarse en la sensación. Cerró los ojos, mientras Elliott cerraba la botella. Sintió sus venas contraerse, pero supuso que sería une efecto de la nueva sangre. Satisfacía mucho más que la otra, pero... con el paso de los segundos comenzó a percibir una quemazón en su garganta que no debiera estar allí.
-Se siente extraño, como si... -dijo a Elliott- dame otro vaso, creo que así funcionará.
-Tomaste un vaso entero.
-Pero siento ardor en la garganta, como cuando estoy sedienta -dijo Marion, alargando la mano hacia la botella.
Sin embargo, Elliott la apartó, y la sensación de ardor en su garganta empeoró. Marion empezó a desesperarse, y notó que la contracción en sus venas aumentaba, y que algo empezaba a subir por su esófago. Siguió alargando la mano hacia Elliott, mientras el desagrado hacia la sangre que tenía en vida volvía a ella, inexplicablemente.
-Me siento mal, ¿Qué me está...?
-Lo siento.
Se levantó de la mano, notando su garganta llenarse. Lo próximo que supo fue que estaba vomitando la dosis que había tomado, y probablemente las de los días anteriores. Sus venas se estaban vaciando.
-¡Ahhh...! ¿Qué ocurre? Elliott, pide ayuda...
Pero Elliott se quedó callado. De hecho, le oyó caminar en dirección a la estantería de licores, y dejar la botella donde solía quedar. Oyó los vidrios vibrar con el suave golpe de la puerta al cerrarse. Marion vomitó un poco más, y ya no pudo mantenerse de pie. Sentía todo su cuerpo contraerse, empequeñeciéndose.
-¡Ahh...!
-¿Qué ocurre? -dijo la voz de Persefone.
El dolor que estaba sintiendo en todo el cuerpo, sumado a esa sed intensa imposible de satisfacer, no dieron espacio al alivio. Persefone corrió hacia ella, dándose cuenta de lo que estaba pasando, y Marion pudo sentir su mano en su espalda. El suelo a su alrededor estaba cubierto de sangre, podía olerla, pero Persefone aún así se hincó junto a ella.
-Llama a Perry...
-Perry está durmiendo -dijo Elliott desde las estanterias- . Deja de acapararlo.
-No sé qué hacer -dijo Persefone, mientras la joven de cabellos dorados jadeaba.
Ya no tenía nada más que eliminar. Se había quedado seca. Se sintió caer sobre el piso resbaladizo, sintiendo el olor a sangre junto a su nariz. Persefone le tocó el rostro mientras ella mantenía la mirada ciega y fija. No le quedaba energía, estaba totalmente vacía.
-¡Llama a Perry! ¡Elliott! Oh, Marion... -dijo Persefone sollozando, con su voz sonando muy a la distancia.
No podía mover siquiera los dedos. No podía hacer nada. Estaba fija en el tiempo, pero seguía viva.

Sólo podía sentir el tacto en su piel. Despertó de aquella somnolencia provocada por la pérdida de sangre, y notó que estaba desnuda. No podía ver, no podía oír. Estaba totalmente enceguecida ante el mundo, y no podía hablar porque no podía escuchar su voz. Sin embargo, reconoció el tacto de las manos de Perry. Su tacto al tomarla en brazos, y al depositarla en agua. Probablemente en la tina.
Y luego la sangre en sus labios. En los labios de Perry pasándose a los suyos, alimentándola. Estaba viva, y Perry la estaba cuidando.
Cómo pudo pensar que Perry pudiera quererla de otra forma que no fuera como amigo. Confiaría a él su vida.


Persefone estaba temblando, viendo a Marion inerte allí en la tina. La joven no se movía, no hablaba, no hacía absolutamente nada. Estaba fija. Lo único a lo que había reaccionado era a la sangre, y la había tragado, sedienta, pero no había reaccionado de ninguna otra forma.
Cuando Persefone llegó a su cuarto deshecha en lágrimas, y vio que Marion no estaba en el cuarto, fue en su busca con Persefone guiándola hasta el comedor. Allí encontraron a la joven, y a Elliott sentado mirándola, como si se tratase de una obra de teatro. Sin embargo, estaba Jude ahí, y la botella de sangre más pura que Elliott tomaba estaba en sus manos.
-¿Le echaste algo más, Elliott? -le preguntaba Jude al chico, quien estaba paralizado.
Entonces tiró la botella al suelo, y esta se quebró, desparramando su contenido por todas partes. Perry tomó a Marion en brazos, sin preocuparse de nada más. La joven tenía un aspecto terrible, sus mejillas se habían chupado y su piel era color papel. Era un cadaver sin carne bajo la piel. Estaba exangüe.
-Los vampiros no pueden morir. Está viva aún -le dijo Persefone mientras se dirigían al cuarto de la joven.
-Trae la botella que ella siempre toma -le dijo Perry- . No hay tiempo.
-Debió ser Elliott, él...
-Persefone, por favor, ve.
Sin embargo, Elliott había sido. Pudo oír al chico escuchando calladamente las acusaciones de Jude, y cuando Jude apareció en el cuarto a ver cómo estaba Marion, dijo algo que lo confirmó a medias.
-Yo había echado un veneno para Elliott -dijo, con cara de loco, mientras intentaba pasar al baño. Perry no se lo permitió- . Quería adormecerlo, meterlo en un ataud y viajar con él a Languedoc. Era la única manera de llevarlo allí. Tengo que encontrar una solución, volverlo humano otra vez.
-¿Echaste veneno en la botella que Elliott estaba tomando?
-Sí. Marion tomó de ella.
-Pero Elliott está bien, ¿Cómo es que afectó a Marion?
-Porque él echó un veneno diferente, uno más drástico, no uno lento como él que yo vertí para él. Ese veneno no afectaría a Marion, te juro que no le afectaría. Ella ya convirtió a alguien en vampiro, no le afectaría.
-Pero el de Elliott sí.
-El de Elliott sí -dijo Jude, mirando hacia la puerta del baño, con añoranza.
-Déjame... déjame verla.
-No.
-Pero te he confesado lo que... ¡Elliott estaba celoso de ella! Te dije que no era un buen vampiro al principio, cuando fuimos a buscarlo. Te lo dije y tú no me creíste. No, tú lo creíste un inocente, una víctima, ¿lo recuerdas?
-Sí, pero estaba equivocado. Ahora vete.
-¿No le darás su merecido? Metámosle en un ataud, Perry.
-Vete, Jude.
Jude se quedó callado ante esto. Retrocedió hacia la puerta del cuarto, rendido.
-Estás siendo injusto.
-¡Vete!
Perry lo empujó fuera, y tras cerrar la puerta volvió al baño. Debía quitarle a Marion el olor a sangre. Estaba por todo su cuerpo.
Pero apenas podía mirarla. Estaba irreconocible, como una niña rota por los malos tratos. Había quedado exangüe, y a pesar de haberle dado varias dosis, seguía de la misma forma.
-La llevaremos a la Ciudad Bajo Tierra -le dijo Persefone, cuando estuvo de vuelta con más sangre para Marion- . Ellos nos dirán qué hacer. Hay una cura para todo.
Perry aceptó. Se sintió culpable por haber desconfiado de ella, y llevaron a Marion hacia la entrada de las catacumbas cercanas al cementerio de Montmartre una vez hubo caído la noche. Philip se encargó de vigilar que nadie les siguiera, entre ellos a Jude y Elliott, quienes habían quedado solos en casa.
Los túneles bajo las calles de París habían sido puestos allí una vez que se comenzaran a construir cementerios para los muertos. Por años los vampiros se habían refugiado en las catacumbas de París, pero una vez que la gente se alejó de ellas temiéndole a la muerte que yacía bajo tierra, ellos se las tomaron como hogar para ellos mismos, convirtiéndolas en lugares de estadía permanente. Allí tenían espacios para apresar a sus propias víctimas, las cuales mantenían vivas por años para chuparles la sangre. Perry y Persefone pudieron oír los gritos, sin duda pertenecientes a gargantas vivas, viniendo de lo profundo.
Tras recorrer los túneles bajos, donde la roca estaba más definida y mejor tallada, se encontraron con una entrada enrejada de fierro semioxidado. Al otro lado de ella, una luz lejana parpadeaba, y la roca lucía más tosca que la que habían dejado atrás.
-Se ha inundado un par de veces -explicó Persefone.
La hicieron sonar topándola con una piedra varias veces. Pasos por detrás de ellos, Philip avisó que no había moros en la costa.
-Sin embargo, no puedo asegurarles que lleguen después -añadió.
-No creo que puedan hacernos más daño. Ven con nosotros, Philip, no nos perdamos de vista. Después de esto tendremos que cambiar de residencia. Lo siento por el Giotto que tienes en nuestra casa.
-Es una réplica. Tengo el verdadero en un banco de seguridad.
Persefone sonrió levemente ante eso.
Perry acarreaba a Marion en la espalda. Apenas tenía peso, y su impaciencia al ver que nadie venía empezó a pasarle la cuenta. Tomó la piedra de manos de Persefone y golpeó la reja de nuevo.
-¡Hey!
-Calla. Los ecos podrían causar un derrumbe -dijo Persefone.
Perry dio un suspiro, desesperado.
-Tranquilo. Tenemos todo el tiempo del mundo. Marion estará bien.
-¿Conoces sus métodos de curación?
-No son médicos, pero sí conozco sus métodos, y el mejor de todos es...
-Buenas noches, caballeros -dijo un hombre saliendo de entre las sombras como un fantasma. Sólo sus ojos advirtieron su presencia segundos antes de que todo su cuerpo fuera avistado.
Parecía no haber visto la luz del sol en mucho tiempo, lo cual se reflejaba por supuesto no en su piel, ya que ellos no cambiaban, sino en sus ojos llenos de color. Eran verdes, y el color de un valle podría verse a través de ellos. Aquel vampiro, sin duda, no había vuelto a salir de esos túneles desde su conversión.
-Hola -lo saludó Perry, inquieto- . Necesitamos su ayuda. Mi Compañera ha sufrido un envenenamiento. Está exangüe. Bueno, lo estaba, pero...
-Ha sufrido un episodio de desangramiento muy grave -explicó Persefone, al ver lo nervioso que estaba Perry.
Philip posó la mano en el hombro del vampiro, tratando de tranquilizarlo.
-Pasen. Creo que podemos ayudarlos. Mi nombre es Manfred. Por favor, siéntanse como en casa.
Pasaron a los túneles detrás de esa puerta de metal, y pronto pasaron frente a las cuevas llenas de sus congéneres, llenas de arte, de mobiliario, y que imitaban un hogar mucho mejor que los túneles en Northampton. Aquel si parecía un buen lugar donde vivir, aunque para Perry el sol siempre sería su hogar.
Pasaron a lo que parecía las ruinas de una Iglesia románica de menor escala. Sólo la carencia de cruces le indicó que no lo era. Le habían dado la forma de una Iglesia por razones que no le interesaba saber, añadiendo incluso esculturas monumentales en las ábsides de semicírculo de los lados y del fondo.
Habían otros vampiros que parecían moribundos allí, y Perry vio un manojo de ataudes amontonados en una esquina del salón, cuyo cielo casi topaba sus cabezas. No tenía la imponencia del salón de Juzgado de Northampton, pero se veía más adornado y más cuidado que ese.
-Pónganla aquí -le indicó el vampiro indicando un altarsillo no mucho más largo que Marion. Al ponerla allí, con mantas debajo, Perry temió que su cabeza quedase sin buen soporte, y se quedó en la cabecera a cuidar que no se moviera.
-¿Qué puede hacer por ella?
-Lo que hacemos todos aquí -dijo el hombre, inclinándose hacia a Marion.
Persefone negó con la cabeza.
-Tienen otros métodos. Sé que los tienen. Ponerla en un ataud es radical.
-¿Qué?
Perry miró al hombre horrorizado. Miró la ruma de ataudes en el rincón, su horripilancia y sequedad. No podía poner a Marion dentro de una caja.
-Es el mejor método. El tiempo se encargará de curarla. ¿Le han dado sangre ya?
Hubo un silencio. Persefone y Perry estaban en estado de parálisis. Philio respondió por ellos:
-Sí. Ha tomado la de siempre.
-¿De qué clase?
-De segunda mano, de adulto.
-Ya veo. Entonces ya ha convertido a alguien en vampiro. ¿Quién la convirtió a ella?
-Jude de Betania -intervino Persefone, con un dejo de rencor en la expresión- . El primer vampiro.
-No, fue otro -dijo Perry- . No recuerdo su nombre. Marion es de cuarta o quinta generación.
Manfred le miró aturdido, como si hubiera dicho una blasfemia
-Asumo que no tienes mucho contacto con otros vampiros -dijo, indignado.
-Debe haber otro método. ¿Qué hacen en otro casos? -dijo Perry, sosteniendo la cabeza de Marion por cada lado- ¿Es posible que se mejore en los próximos días? Debemos irnos de aquí, un loco nos...
-No lo creo.
El hombre chasqueó los dedos a un lado de una oreja de Marion.
-Está sorda. Todos sus sentidos se han apagado -dijo- . La única solución es el entierro. La mantendremos en las catacumbas superiores, sin riesgo de derrumbe. Puedo asegurarles que nunca nos ha fallado este método. Yo mismo fui enterrado hace quinientos años. Ningún daño colateral.
-¿Está seguro de eso? -preguntó Perry- ¿No provoca nada más que curación?
-No -dijo.
Perry miró sus ojos verdosos. Se veían tan vivos que por momentos parecía que un vivo le miraba a través de ellos.
-¿Entonces por qué tus ojos lucen como los de un humano? Es el efecto del entierro, ¿no?
-Más o menos, pero no, mis ojos están iguales que cuando fui convertido. No he salido de aquí en siglos, ese es el porqué. ¿Por qué lo pregunta?
-Marion está ciega -explicó Persefone- . No alcanzó a esconderse del sol.
-Ya veo.
Perry dio un suspiro, aproblemado.
-Tenemos otros visitantes, señor -dijo otro hombre desde la entrada.
-Estoy ocupado en otro caso.
Pero a Perry le bastó poner atención al vampiro que había dado el aviso para saber de quienes se trataban.
-Póngangla en un ataud -dijo.
-No, Perry. Buscaremos otra solución -dijo Persefone.
-¿Una conclusión que nos convenga a nosotros? -dijo él, mirándola con incredulidad- Esto es por ella, no por nosotros. Si tenemos que esperar...
-¿Cincuenta años? -dijo Persefone.
Perry miró al vampiro que había revisado a Marion, sin poder creerlo.
-¿Es tanto tiempo?
-Sí. Yo me tardé setenta años en macerar, si entienden la expresión -dijo, riendo como si estuvieran hablando de viejos tiempos- . Sin el entierro podría haber muerto.
-Creí que eso no era posible -dijo Persefone.
-Los vampiros podemos morir. Sólo necesitamos más empujones de los usuales.
-¡Perry, no la entierres! -gritó la voz de Jude.
Corrió dentro del salón y tomó a Perry de un brazo.
-¡Si nos pasa algo nadie sabrá que está aquí, y se quedará enterrada por la eternidad!
Perry se soltó de él, sabiendo qué vendría luego. O quien.
Elliott se asomó tras él. Perry vio su rostro lleno de tan falsa bondad y el cómo su vista se dirigió a Marion. Como si su instinto se hubiese apoderado de él, Pery tomó la mano de Marion, dándose cuenta de que debía decidir rápido.
-¿Qué harán? -preguntó Manfred- Tengo que atender otros asuntos, lo siento en verdad. Necesito sus respuestas ahora.
-Entiérreme a mí con ella -le dijo Perry- . Entiérreme en las catacumbas con ella. Despiértenos al mismo tiempo, cuando sea adecuado para ella hacerlo.
Manfred le miró como si se hubiera vuelto loco.
-Sólo es posible si está exangüe, señor. De otro modo la inanición empezaría a adormecerlo de a poco. Y ese es un proceso muy doloroso.
-Desángreme. Hágalo.
-Si lo deseas entiérrate solo -masculló Jude- . Puedes colgarte del pescuezo si quieres, pero no enterrarás a Marion.
-Perry, no... -dijo la voz débil de Elliott.
Perry vio sus ojos rojos, y él mismo se sintió quebrar por completo, haciendo que los suyos ardieran en sangre.
-Debe dejar estipulado antes que esta fue su decisión -dijo Manfred, mientras Perry miraba al chico a quien odiaba- . No tenemos juicios aquí, pero los contratos son claros. Y este más que ninguno, ya que nunca se ha hecho antes.
-Perry -le dijo Persefone, mirándole incrédula- . Buscaremos otra solución.
-La amo -dijo Perry, mirándola fijamente. Los ojos le ardían- . No la dejaré sola.
-No puedes hacer esto -dijo Elliott, acercándose a él, en contra de su usual quietud e indiferencia. Lo tomó del cuello de la camisa- . No lo hagas. Es mi culpa, estoy arrepentido. Hazme pagar por lo que hice, pero no hagas esto...
-Los dejaré solos por un momento -dijo Manfred.
-Entonces tú la envenenaste -le dijo Perry, evitando tocarlo.
Sentía unos deseos horribles de despedazarlo, de matarlo, de... besarlo, y estaba allí cerca torturándole. Era un engendro del mal, eso era lo que Elliott era, un engendro, y si tuvieras las agallas, lo mataría en ese instante...
-No puedes hacer esto -insistió el chico vampiro- . Ningún vampiro se ha enterrado a sí mismo.
-¿Por qué hiciste esto? -masculló Perry, dolido- ¿Qué te hizo Marion? Marion nunca le ha hecho nada a nadie.
-Perry, Perry -dijo el chico vampiro, tomando la tela de sus hombros con desesperación- , diles que no lo harás. Yo esperaré contigo a que ella mejore.
-¡Dímelo ya! ¡¿Por qué lo hiciste?!
Alrededor, otros vampiros moribundos y sus cuidadores se quedaron quietos ante la potencia de la voz de Perry, quien cogió a Elliott de sus ropas. Un polvillo salió del cielo de aquella cueva, cayendo sobre el cabello dorado de Elliott.
-Perry... -susurró Elliott, suplicante.
-¿Por qué lo hiciste, Elliott?
Elliott pareció dar una inspiración repentina al oírle decir su nombre, y Perry sintió su aroma llenándolo. Persefone dejó la habitación.
-Porque... -dijo Elliott. Perry intentó deshacerse de su agarre, pero Elliott era más fuerte- Tú sabes porqué...
-Quiero escucharlo de ti -dijo Perry, zamarreándolo.
Elliott dio un sollozo, con miedo en los ojos. La excusa no sería suficiente, ninguna excusa sería suficiente para tal abominación. Elliott lo había arruinado todo...
-Lo siento -dijo, con lágrimas de sangre- . Es que no... no le ponías atención a nadie más, sólo a ella. Sólo pensabas en estar con ella mientras Persefone se la llevaba cada noche. Marion se olvidaba por completo de ti, mientras yo... yo estaba siempre cerca pidiendo que por un segundo me miraras...
Perry le empujó lejos de si. Jude le recibió, y Elliott rehuyó su toque, allí en el suelo, sin dejar de mirar a Perry con los ojos rojos de lágrimas de sangre.
-Pudiste matarla -dijo Perry, fulminándole- , aún puede morir por tu culpa. Sabes cuánto la quiero...
-La cuidaré contigo, Perry. No morirá como Abel. Déjame cuidarla y no morirá como mi hermano. No lo haré nunca más, lo prometo, Perry, pero no me dejes solo...
Perry se quedó callado, escuchándolo. ¿Abel?
-¿De qué hablas?
-Maté a mi hermano hace miles de años. Por eso me convirtieron en esto. Es una maldición y nunca podré deshacerme de ella, porque nadie nunca podrá dañarme sin caer en el riesgo de morir -dijo, casi de memoria- . Todo quien intenta matarme, muere...
Elliott temblaba de miedo. Perry puso su mano sobre la de Marion, en ese altar, mirando a Elliott con el mismo miedo que se reflejaba en los ojos de él.
El chico había enloquecido...
-Yo... -continuó, con la voz hecha un hilo- yo convertí a Jude. No Jude a mí.
-¿De qué estás hablando? -masculló el aludido.
Elliott se tapó la cabeza, encogiéndose.
-Yo soy el primero, no tú... Pensé que si te manipulaba para que creyeses lo contrario, dejarías de seguirme, pero no funcionó...
Jude le miraba como un loco.
-Tú me convertiste...
-Era esto o el infierno, Jude. Y tú lo sabes. Condenaste a un inocente.
-No. No lo hice, no lo hice. Sólo era un juicio. No merecía esto, Eloy... Tú...
Respiraba entrecortadamente, con un odio en los ojos cuya única virtud era la de haber borrado de su mente a Marion.
Entonces tomó a Elliott del cuello de la ropa, medio levantándolo del suelo. Perry creyó que sólo sería eso, pero dio un saltito al verle golpear al chico en plena cara. Pudo oír el sonido de huesos quebrándose.
-Ellio... -susurró, por reflejo.
-¡Manipulaste mi mente! ¡Debí saberlo! -gritó Jude, como un loco- ¡Tú me condenaste a esta vida! ¡Eres un bastardo! ¡Y un asesino, asesino!
A cada sílaba, Elliott temblaba entero, allí aovillado contra el suelo polvoriento, sin defenderse de aquellas manos que parecían estar esperando para despedazarlo.
-¡¿Qué hiciste conmigo, Elliott?! ¡Aahh! -Jude fue en busca de la lámpara de acéite de la pared, y que iluminaba apenas todo ese salón, y la lanzó al piso, ante los vampiros horrorizados.
-¡No!
-¡¿Qué has hecho?!
El fuego empezó a propagarse rápidamente. Perry tomó a Marion, aterrorizado. Sin embargo, tenía la mirada fija en Elliott, quien no se había movido del suelo a pesar de que el acéite se desperdigaba por el suelo.
Pronto Jude rompió otra lámpara, y el fuego aumentó en proporciones mortales. Perry corrió hacia la entrada con Marion a cuestas, donde Persefone esperaba. Sin embargo, siguió dudando, y miró a atrás para ver cómo Jude zamarreaba a Elliott contra el piso.
-Debo... -dice.
Pero entonces pasó algo que no esperaba. La figura se Elliott desapareció de entre las manos de Jude, y una bandada de murciélagos voló de allí en su lugar. Estos salieron de allí más rápido que ellos, pero vio detenerse a algunos en frente de ellos, y Perry comprendió que los guiarían.
-Vamos. Debemos salir.
-¡ELLIOTT! -gritaba Jude detrás de ellos.
Con Marion sobre su espalda, y Persefone delante suyo, salieron de los túneles siguiendo a los murciélagos. A su alrededor, los vampiros eran alertados e iban saliendo de allí en estampida.
Cuando finalmente llegaron hasta la entrada de metal oxidado, Perry vio que los murciélagos se habían detenido allí.
-¡Elliott!
Persefone abrió las puertas, mirando atrás, hacia Jude, con miedo. Delante de ellos los vampiros siguieron corriendo, pero Perry se quedó junto a las puertas viendo el fuego venir tras de Jude. Había roto más lámparas de acéite, y el fuego estaba corroyendo el hogar de cientos de vampiros. Y Elliott había vuelto a ser el mismo, apareciendo en ovillo en el suelo. Jude finalmente logró alcanzarlo.
-¡No te escaparás tan fácilmente! ¡Te mataré, Elliott!
-Perry, vámonos -le dijo Persefone.
Pero no podía. Estaba allí en medio, y no podía dejar a Elliott a su suerte, quien parecía haberse dejado a sí mismo a su suerte, rendido.
Vio a Jude enderezarlo contra la pared, mientras atrás el fuego carcomía las paredes viejas. Le bastó verle enterrar la uña en el cuello de Elliott para saber que Jude por fin se iría para siempre.
La maldición de Elliott, o Caín, invirtió los papeles.


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