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lunes, 28 de septiembre de 2015

"Libertar la Oscuridad": Capítulo 32

Llegó hasta Languedoc tarde. Ya alguien se estaba encargando de la Iglesia donde Jude siempre insistió estarían los restos de personas de su pasado.
Consiguió convencer al cura que estaba cuidando el lugar para que le permitiese ser quien limpiara y lustrara el interior de la Iglesia. Sospechaba que había aceptado a causa de su ceguera. Supo que había reconstruido todo y cuando Elliott tocó la mesa del altar, las sillas, supo que el resultado era atractivo. Podía recordar cómo estaba antes, y ahora que había sido arreglada, la gente venía mucho más. Venían a todas horas desde la villa e incluso llegaba gente de otros pueblos. Tan sólo le gustaría que se fijasen en la imagen del diablo que había sido puesta como soporte para el agua bendita. Se preguntaba qué pensarían de la presencia de una imagen como esa.
Había venido hasta allí desde París porque tenía la certeza de que Perry y Marion habían sido enterrados allí, pero la ausencia de Persefone y Philip en los alrededores dificultaron su tarea de encontrar la ubicación de sus ataudes. Pasó meses haciendo de limpiador, y pronto comprendió que su ceguera había sido una de las razones por la cual el cura Sauniere le había permitido llevar a cabo esa tarea a cambio de dos raciones de comida al día que Elliott no comía. Aquel hombre guardaba muchos secretos y a Elliott, en la vulnerabilidad que le suponía su nuevo estado como ciego, le daba algo de temor. Luchó por quedarse en el anonimato biográfico mientras el cura recibía visitas de dudosa procedencia.
-¿Naciste aquí, chico? -le preguntó un día- No eres muy hablador.
-¿Hay que abrillantar los cálices y el acetre, señor?
-Has aprendido bien los nombres de los objetos litúrgicos. No eres tan tonto como pensada. Esto, ¿cómo se llama? -le preguntó, alcanzándole el hisopo.
-¿In... censario?
-No, es el hisopo. El incensario es una fuente. Lo dice su nombre, contiene algo. Tal vez sí eres un ignorante. Pero la ignorancia hace a la gente buena y tú eres un buen chico. ¿Dónde están tus padres?
-Muertos.
-Lástima.
-No lo lamento tanto como lo merecen, señor.
A partir de entonces, el sacerdote se alejó, como si fuese una especie de demonio.
Dormía en una pieza por la que se bajaba desde la mitad de la nave central, por lo que técnicamente dormía dentro de la Iglesia, inmune a las cruces que tanto aterrorizaron a Jude en vida y que aterrorizaban a Perry. Comprendió que, si Perry y Marion habían sido enterrados en lo alto de esa villa, debían estar fuera de los límites de la construcción, fuera de la planta que, si bien su forma no era estrictamente la de una cruz, como Perry le había dicho sobre la Iglesia que habían visitado en Amiens, contenía cruces por todas partes.
Encontró la entrada a los túneles inferiores desde los pies de la montaña meses después de llegar allí. Los accesos desde lo alto habían sido recientemente tapiados, y comprendió que Persefone y Philip habían tomado precauciones. También comprendió que si los accesos desde los pies de la villa edificada sobre la montaña estaban abiertos para quienes los encontraran, que de todos modos no solían ser seres humanos, el acceso a donde estuvieran las tumbas en los túneles estaría también cuidadosamente camuflado. No pudo encontrar nada cuando entró a ciegas, sólo las paredes irregulares de los túneles y las huellas de capas y capas de años acumulados de vida en esa Tierra tan desolada.
Se vería insistiendo en buscar huellas de remoción de tierra a través de los años, sin encontrar nada.
El cuartito en el que dormía comenzó a ser ocupado por cachivaches acumulados por el sacerdote. Habían cajitas, espejos, pinturas y pergaminos que fueron ordenados en estantes instalados junto a su cama. Elliott era creído por el sacerdote alguien demasiado tonto para averiguar lo que estos objetos significaban, pero la acumulación de tanta porquería sin razón aparente le avisó que sería echado de ese lugar en breve. No obstante, el día de mudarse de allí era de esperarse, ya que después de diez años de servicio su rostro no había cambiado, y los comentarios del cura Sauniere eran cada vez más desagradables al respecto.
-¿Hiciste algún tipo de pacto? Sabía que tenías algo de brujo, chico. Tu voluntariado debiera acabar aquí, pero sólo escucharé la renuncia de tu boca. Nadie rechaza los voluntariados, y sólo es indigno quien deja de ayudar a quien lo necesita, y esta Iglesia lo necesita.
-Renuncio, señor.
-Lo sospechaba. Espero cambies en el futuro. El jardín del señor sólo está reservados para los dignos, pequeño.
Vio la llegada del nuevo siglo desde una casita en la villa de Rennes le Chateau. Compró la casa con dinero robado al viejo sacerdote, quien de todas manera tenía riquezas que crecían cada día más. Desde entonces, con su independencia conseguida a través de la deshonestidad, volvió a su vida más metódica, bebiendo sangre más regularmente. Salía a menudo, de noche y de día, y esa exposición frente a los habitantes del pueblo le obligó a una vida de discreción, vistiendo ropas que cubrieran su rostro más al completo.
La guerra no llegó a ese rincón del país mientras se llevaba a cabo. El sacerdote Sauniere murió y Elliott vio llegar el siglo veinte en un rincón del mundo donde el tiempo no parecía pasar, y la espera a por Perry se hizo más insoportable. Los heridos de la guerra llegaban allí, a pesar de la buena fortuna llevada por el pueblo, y ver la invalidez de jóvenes le hizo a Elliott recordar su propia invalidez frente al mundo: su soledad.
Había estado siglos esperando en soledad a por algo que no sabía qué era, y el no saber qué era le había dado algo de ventajas para que su alma no se resquebrajara. Pero ahora conocía aquello que estaba esperando. Lo había tocado, lo había besado, lo había amado, y había sido tocado y besado de vuelta. Rememorar una y otra vez las mismas experiencias con aquel por quien esperaba, sólo hizo la espera algo insoportable, volviendo esos treinta años los treinta que eran, y no una abstracción de tiempo como había experimentado en el pasado, donde cien años podían sentirse igual que diez.
El sacerdote de la Iglesia de Sainte-Madeleine fue reemplazado varias veces, y eso le dio a Elliott la posibilidad de presentarse como voluntario para su limpieza en numerosas ocasiones, sin embargo, en cada ocasión su atuendo fue diferente. Seguía siendo ciego, pálido y de cabello extrañamente despierto, pero los años pasaban y las modas cambiaban, e incluso el atuendo de los pastores se volvían más sofisticados. Vio su quinta década de espera llegar y unos pantalones anchos en el traje que llevaba, sencillo pero aceptable. Cuando se presentó así en la Iglesia y con su bastón de ciego, el pastor dudó por un momento, puesto que esos puestos de trabajo eran generalmente reclamados por hombres más pobres, y él era joven y de buena presencia. Sólo comprendió el porqué al ver su ceguera. Se quedó como barrendero y supervisor de los objetos sagrados al inicio y al final de las misas. Volvió a estar más rodeado de gente, después de años sin hablar con nadie allí en la villa.
Sin embargo, un año después el sacerdote comentó la llegada de hombres tratando de averiguar sobre los túneles que había bajo las regiones cercanas.
Elliott decidió refugiarse en la entrada a los pies de la montaña.

Llegaron preguntando por las cuevas bajo la Iglesia y horas después encontraron la entrada a los pies de la montaña. Lo confundieron con un vagabundo.
-Sal del camino. Esto no es lugar para malolientes -dijeron en un muy mal francés.
Eran alemanes. Elliott sonrió levemente y decidió actuar de tonto de nuevo, recurriendo al idioma que más había hablado en su vida.
-El paso está cerrado. Este es un lugar horrible, señores -dijo en hebreo.
-¿Qué dice? -preguntó uno de ellos.
-Algún idioma del Medio Oriente. Sigamos.
-En ese caso le valdría escapar de aquí pronto -dijo el otro, juguetonamente amenazante.
Comenzaron a caminar en su dirección. Elliott retrocedió, sintiendo el fuego flameante en las antorchas de aquellos hombres irradiando calor en su cara.
-No pueden pasar -dijo Elliott, insistente, en alemán.
-Ah, nuestro curioso amiguito puede hablar de verdad, ¿eh? Y no veo nada reflejado en esos ojos muertos.
-No pueden pasar. El camino está cerrado.
-Qué pueden esos ojitos muertos hacer contra nosotros si no puedes vernos.
-Puedo olerlos -dijo Elliott.
Ambos hombres se echaron a reír. Oyó el sonido de una pala chocar contra la tierra dura, y el olor de la pólvora.
Sacó sus dientes afilados afuera.
Lo siguiente fueron solo gritos, y lo que para ellos era la experiencia más aterradora de sus vidas, era para Elliott una mera rutina. Había hecho eso múltiples veces, aunque no lo hacía en cada ocasión. Reservaba el show para tipejos arrogantes como esos, tipejos incapaces de oler el peligro cuando lo tenían a un metro de distancia.
Ese tipo de personas era la que más detestaba.
Los arrastró hacia el interior de la cueva, a pesar de ellos intentar escaparse, y decidió jugar con ellos un rato, hasta que se cansaran y se largaran. Sólo haría falta algo de manipulación de su parte y saldrían de esa cueva gritando de miedo sin saber de lo que escapaban. Le encantaba ese tipo de sustos, porque dejaba a las víctimas totalmente confundidas.
-¡Corre!
-¡Es un maldito demonio!
El camino iba en subida, por su puesto, pero en los últimos metros el camino se puso especialmente abrupto, y Elliott comenzó a arañar sus botines de militar para alcanzarlos. Desgarró sus pantalones, que hayó, para su disgusto, húmedos, y los hizo botar las antorchas. Estas rodaron tunel abajo y los iluminaron desde allí hasta lo alto del tunel, que tomó un camino más aplanado en los últimos dos metros. Era el camino al que se accedería desde lo alto de la montaña, justo al frente de Sainte-Madeleine, pero cuya entrada había sido cuidadosamente tapiada. Había llegado hasta allí a ciegas muchas veces, escalando el camino hasta allí a oscuras, pero nunca había tenido a dos presas a las que de hecho quisiera meter frente a sus dos narices y su garganta hambrienta. Se preguntó si su padre estaría orgulloso.
-Tengo una granada. ¿Sabes lo que es una granada? Te lo advierto -dijo uno de los hombres, militares. No se había topado con muchos de ellos.
Rió por lo bajo, acorralándolos ahí al final del tunel.
-Me será de utilidad. Hay algo aquí que estoy buscando hace años.
-Las granadas matan, amigo.
-¡No soy tu amigo! -gruñó Elliott.
El polvo se desprendió de lo alto de la cueva. Los notó temblequear. Comprendió que se estaban iluminando de otra forma, quizá con las linternas sobre las cuales había comentado el cura una vez. Suerte que él no las necesitaba. Oler sus gargantas llenas le era suficiente.
-Les advierto que lo mejor es que seas sumisos conmigo -les dijo con voz susurrante. Uno de ellos gimió de miedo- . No he bebido en tres días y empiezo a necesitarlo.
-¡La lanzaré! -dijo el otro con voz temblorosa- ¡Lo haré!
Elliott comenzó a reír por lo bajo, hasta hacerlo a carcajadas.
-Sólo hazlo -dijo el que había gemido.
-Podría volarnos a nosotros.
-Estamos lejos de él.
-No lo suficiente.
Elliott rió un poco más. Dio dos pasos atrás, arrogante, y esperó a por esa granada. Les daría tiempo para correr, pero no era sangre lo que más deseaba en ese momento.
Entonces la lanzó.
La explosión fue más fuerte de lo que previó. Removió algo de tierra sobre sus cabezas y esta comenzó a caer sobre ellos luego de temblequear titubeante por unos segundos. Oyó los gritos amortiguados de los militares, y pronto ya no los oyó más. Y él... no pudo sentir sus piernas, por lo que se quedó quieto, esperando a por la reconstitución, que lamentablemente era siempre lenta.
Sus miembros se empezaron a unir el uno con el otro, buscándose entre la tierra removida. Su nariz comenzó a oler la presencia de otros dos vampiros, y mientras su mano aún buscaba su muñeca derecha, supo a ciencia cierta que los había encontrado. La granada le había facilitado el trabajo, aunque no el escape de esos pobres diablos. Se levantó luego de agitarse levemente para comprobar que todo estuviera en su lugar.
Removió la tierra desde donde el aroma procedía, ignorante del hecho de que estaba amaneciendo. Sólo pudo oler la sangre que detalaba la reconstitución de los miembros, sin duda ayudada por la sangre desperdigada por los dos hombres que habían intentado llegar hasta allí inmunes, sin lograrlo.
Cuando la reconstitución dejó de olerse en el aire, supo que estaba todo en calma ahora. No hubo movimientos, sólo el llamado de la sed de sangre, que había estado inmovilizada por cuarenta años. Perry y Marion tenían que beber para empezar a moverse de nuevo.
Elliott lo lamentó por el primero de los feligreses que se asomó primero con la intención de tocar el agua bendita contenida por el diablo Asmodeus.


La oscuridad nunca fue tan brillante. Sospechó que era así como se sentían los gatos en la oscuridad, capaces de verlo todo. Sin embargo, el verlo todo de nuevo con sus propios ojos no se comparó a la sensación de sentirse llena.
Alguien la había proveído de sangre hasta el cansancio, y ese alguien había dejado marcas en sus labios. Quien la estuviera cuidando, había...
Sus pensamientos se pararon en seco al ser conciente de la presencia a su lado, que como una extensión de su propio cuerpo, estaba pegada al suyo, pero dormida. Perry la abrazaba sin respirar, y sus ojos estaban cerrados, sin rastros de vejestud. Alguien había lavado su cara con bálsamos, al igual que la suya. Podía oler el bálsamo por todas partes, como también el aroma de la ropa nueva. Sin embargo, tenía la sensación de que la mano de Perry había estado sobre su cintura por siglos, y de que su rostro lucía más hermoso e imperecedero que antes.
Su rostro. Podía verlo de nuevo.
Se levantó bruscamente, quedando medio acostada sobre las mantas, y palpó la camisa de algodón que Perry llevaba encima, y vio el rastro de sangre fresca en sus labios. A él también lo habían alimentado recientemente.
El conocimiento de cosas como esa le hizo ver que sus ojos funcionaban bien de nuevo, pero con una mejoría notable desde su vida como humana. Podía ver cada detalle, cada imperfección, y todo se veía más hermoso
-Perry... -le susurró- Despierta. Puedo...
Dio un suspiro, maravillada, y le zamarreó el hombro.
-Él necesitará un poco más de tiempo -dijo una voz desde la izquierda.
Cuando oyó esa voz, recién se fijó en lo que la rodeaba, en la cama, las paredes, las imágenes religiosas colgando de los clavos, y las imágenes paganas. Y luego a un chico en la entrada, y la noche estrellada por las ventanas de aquella pequeña cabaña.
-¿Quién eres? -le preguntó, soltando a Perry- ¿Por qué puedo ver de nuevo?
Sintió un vacío en el estómago al momento de hacerlo, por lo que volvió a sentarse, esta vez a los pies de la cama, tocando los pies de aquel vampiro.
-Puedo curar ciertas dolencias cuando tengo suficiente sangre en mi cuerpo -dijo el desconocido, cuya voz le parecía extrañamente conocida. Marion sacudió la cabeza una vez, tratando de recordar- , pero no habría funcionado de no ser por el período de descanso que han tenido. En efecto, la quietud puede dar grandes dones.
Marion se miró a sí misma, la camisa, los pantalones hasta la cintura, la corbata. Aquel chico, que era un vampiro como ellos, la había vestido con aquellas ropas de hombres. A Perry le había puesto el mismo tipo de ropa, pero la tela, tan lisa y tiesa, le pareció extraña.
-Es algodón sintético -dijo el vampiro- . Es más barato que...
-¿Quién eres? -preguntó Marion de nuevo, levantándose.
Se aproximó a él, experimentado el movimiento de nuevo. Fue como torcer un pedazo de fierro con la facilidad con qu se tuerce un alambre, y casi pudo oír sus extremidades estirándose bajo su piel.
-Elliott -respondió.
Aquello pareció encajar, pero para verlo mejor, Marion se movió para ponerse de espaldas a la luz de las estrellas, que entraban por la ventana con la potencia de unas antorchas.
Frente a ella vio a un chico menudo, con cara de bebé y con los ojos en exceso abiertos y... blancos. Algo le había pasado a sus ojos, y no acertaban a mirar en la dirección correcta, como si estuviera...
-Estás... ciego. ¿Qué te ha ocurrido?
El Elliott del que había escuchado no estaba ciego, sólo... “Sus ojos me asustan, es como si me penetraran y me maldijeran”, había dicho Perry cuando recién le venían conociendo. Recordaba la frustración de Perry respecto de él. Quizá ya en ese entonces le deseara.
Pero ese vampiro... ese vampiro la había arruinado, ella había hecho que se desangrara, para luego... devolverle la vista.
Elliott Dattoli le había devuelto la vista, y la visión era maravillosa.
Le abrazó de improviso, asustándolo de sobremanera. Sin embargo, a pesar de su intento de hacerse para atrás, Elliott no pudo escapar de sus brazos. Marion rió por lo bajo, emocionada y agradecida como nunca.
-Gracias -le dijo, tomándolo de la cara y estrujándole las mejillas. Era como un bebé, muy mono, pensó Marion. Volvió a abrazarlo, esta vez más estrechamente, y entonces fue hacia Perry.
-¿Cuándo despertará? -le preguntó desde el lado de la cama, hincada en el suelo polvoriento. Podía ver las motas de polvo levantándose en el aire como pelusas, si bien eran de un porte diminuto.
-No lo sé -susurró el chico, alcanzando con una mano la silla que había junto a la ventana. El aire del verano entraba por esta agradablemente y Marion lo sentía en cada vello de la cara- . Creí que despertarían al mismo tiempo, pero... Perry fue dormido después de ti, así que...
-¿Fue dormido?
-No vi cuando pasó. Creo que fueron Philip y Persefone quienes supervisaron su desangramiento. Él quería... -el chico tragó, y Marion lo vio retorcerse las manos. Dio una inspiración- quería estar contigo, no quería esperar en solitario a que mejoraras.
-Ya veo -dijo Marion, mirando a Perry.
La joven acarició a Perry en la cabeza, mientras la mirada ciega de Elliott se fijaba en el vacío. El vampiro sólo reaccionó cuando Marion se inclinó a besar a Perry en la frente. Marin le vio encogerse levemente, bajando el mentón como si no quisiera ver, aunque no veía nada de lo le rodeaba.
-¿Dónde estamos, a propósito? El aire es más caliente de lo que he sentido -indicó, levantando las rodillas del piso polvoriento.
-En Languedoc, en Rennes le Chateau. Me pareció el escondite indicado, aunque cuando llegué no los encontré de inmediato. Me tomó años comprobar de verdad la ubicación de su ataud y el haberlos encontrado fue pura suerte.
Marion fue a asomarse a la puerta entreabierta, y la abrió hasta atrás.
Afuera los árboles y las otras casas estaban teñidas del azul del cielo, y a la izquierda podía verse el camino que bajaba por la montaña en la que se encontraban. Sin embargo, el espectáculo de luces que vio a los pies de la montaña fue lo que la sobrecogió más. No eran luces escasas y titilantes, eran luces amarillas y blancas, y eran como luciérnagas sobre el valle del cual no veía más que negrura y las siluetas perdidas de las cabañas. Era un paisaje nocturno maravilloso.
-¿Es luz... de carbón?
-Luz eléctrica -dijo Elliott, acompañándola afuera.
-¿Luz eléctrica? ¿Qué es? Creo que he estado dormida por mucho, pero me siento como nueva.
-Ambos están como nuevos. Los lavé y los perfumé. Espero les agrade, ya que han cambiado ligeramente. Tal vez ahora puedan probar la vida agil que sólo algunos vampiros toman para sí, y a la que muchos renuncian o nunca prueban por miedo a sentir sed más menudo. La sed puede hacernos hacer cosas horribles.
-Perry es más hogareño -dijo Marion- . Creo que permaneceremos muy tradicionales. Este parece un lindo lugar para vivir, además.
Elliott sonrió.
-Yo me iré. Pueden vivir en la cabaña y...
-¿No te quedarás con nosotros?
Elliott pareció contrariado.
-No sé si Perry lo aprobará.
-Yo lo apruebo. Yo soy quien debía perdonarte y ya lo he hecho -le dijo Marion, posando la mano en su hombro y palmeándole brevemente- . Perry tendrá que atenerse a mis decisiones.
-Lo siento -dijo Elliott- , pero prefiero irme sin recibir su resentimiento. No quiero estar en un lugar donde no soy deseado.
Elliott se devolvió a la casa, ante la confusión de Marion, quien dio un suspiro aproblemada.
-¡Al menos quédate hasta que él despierte!
-Gracias, pero no -dijo él, amablemente, y mirando al suelo a falta de un objetivo visualizable.
Marion se tomó los suspensores, algo preocupada. Perry no iba a estar contento si Elliott se largaba sin haberlo visto. Tendría que hacer algo al respecto.
Caminó hacia la casa. Había notado, en su ansiedad por registrarlo todo con sus ojos nuevos, el armario con cerradura, y el tintineante sonido de unas llaves en el bolsillo del pantalón de Elliott. Fue hacia la casa a paso ligero y metió la mano en el bolsillo en cuestión, ante lo cual el chico dio un saltito.
-¡¿Qué haces?!
Con la fuerza que tenía, la cual era bastante gracias a la gran cantidad de sangre que corría por cada recodo de su cuerpo de No Muerto, cogió a Elliott del abdomen y lo cargó sobre su espada.
-¡No! ¡¿Q-qué haces?! Switz...
-Dejarás que Perry te vea. No permitiré que arruines la felicidad de mi esposo. Él merece verte y juzgarte por sí mismo.
-No, estará furioso conmigo...
Lo metió en el armario, entre los pocos colgadores con ropa.
-No le viste cuando supo lo que te había hecho. No me perdonará. Me matará, Switz...
-No lo hará -le dijo Marion, tapándole la boca.
-Por favor... -suplicó el chico, desesperado- No quiero darle el disgusto de verme de nuevo.
Pero Marion no lo escuchó, a pesar de que su expresión lastímera le partía el alma. Décadas antes habría pensado que era actuación, pero las cosas eran diferentes ahora.


lunes, 21 de septiembre de 2015

"Libertar la Oscuridad": Capítulo 31

Matar a un hermano es fácil. Tienen confianza en ti, especialmente cuando has agachado la cabeza toda la vida mientras sus logros son contemplados. Abel siempre fue el favorito y Elliott simplemente no encajaba, allí en medio de un hombre, su padre, y un niño, su hermano Abel, que se valían por sí mismos, mientras él prefería sentarse a armar historias en su cabeza. El trabajo pesado simplemente no era para él. Prefería cultivar la tierra, ver crecer los víberes desde lo profundo, y no cazarlos y matarlos a sangre fría. Y seguía sin ser capaz de matarlos.
Quizá romper la maldición estaba en el caer en la virtud del asesinato, que tan bien vio su padre en ese entonces. La carne te alimenta, el ganado no son mascotas a las que pastorear. Deben degollarlas y comerlas al ocaso y al amanecer, y dar gracias por la sangre derramada. ¿Debió comportarse como vampiro en vida para no caer en el vampirismo, aquella muerte interminable? Extrañaba ver el ocaso con ojos saños, ir a descansar, extrañaba el abrigo de una almohada mullida, la cual Perry le había brindado después de tantos años.
Probablemente era lo correcto, alejar a Perry de sus pecados, o se mancharía con los suyos al poseer su carne. Así funcionaban las cosas, ahora y en el pasado. No desperdiciarás la semilla de la vida en los brazos de otro hombre, o algo parecido, y él había vuelto a pecar luego de haber asesinado a su hermano, el menor de la familia, y había desperdiciado su semilla, la que era ahora la ponzoña de vampiro, con un hombre.
Ni siquiera había sido necesario el que Perry le tocase por completo. No habían pecado del todo, sólo él había malusado el don que Dios le había dado. Había bastado que sus manos recorrieran su torso y brazos, y que sus besos plantasen ardores interminables y que alcanzaban cada extremo de su poco aclimatado cuerpo, para que su semilla manchase el lecho. Al despertar, supo que querría mucho más de aquello, de esas sensaciones, de esas manos, de esa lengua aterciopelada y el roce de aquel cabello sobre su abdomen. Supo que le querría adentro, en lo profundo de esa carne pobremente aprovechada, donde su tacto quedase como un recuerdo, para que cuando quisiera sentir placer el sólo pensamiento le hiciese pecar de nuevo. Pero ahora Perry le hizo saber que nunca se apropiaría de sus pensamientos.
Pudiste matarla, aún puede morir por tu culpa. Sabes cuánto la quiero...
Se tapó el rostro cuando Jude se deshizo en mil piezas delante de su presencia. No quería que nada de su esencia le impregnara, y cuando abrió los ojos y el fuego quemaba a su derecha, no vio a ningún vampiro a la vista, sólo la soledad a la que estaba tan acostumbrado y que había experimentado por miles de años. Supo que estando Perry fuera de su vida, sus ojos ya no servirían de nada, ni su piel.
Perdió la vista tras contemplar el fuego ardiente dando contra su cara. La oscuridad le fue deliciosa.


Sin Jude como amenaza, Languedoc se convirtió en el destino más conveniente en un momento crítico como aquel. Persefone resolvió usar las catacumbas de ese lugar para preservar a Marion de la muerte, y verla renacida en el número de décadas que fueran necesarias para su sanación.
Volvieron a internarse en las catacumbas. El mapa que Teófanes le había dado a Jude se había perdido, pero Persefone y Philip conocían los túneles de Francia de memoria y se dirigieron a la dirección deseada sin retrasos.
Si lo que Elliott había dicho era verdad, Jude ya no existía en ese mundo, y él continuaría en él. Perry pensó en el chico vampiro durante la mitad del viaje, viéndolo en soledad, y comprendiendo que su dolor y resentimiento hacia este nunca se verían sanados, aunque todo pareciese más fácil después de un largo sueño. Si aquel sueño junto a Marion daba algún fruto y lo despojaba de todo odio acumulado, no tendría excusas para no volver a recuperar lo que estaba en ese ahora que en unos años sería pasado. Elliott volvería, tal vez, a lucir su máscara amable, pero seguiría allí, vivo en el mismo mundo que él.
Eloy Dattoli tenía miles de años de existencia. Perry quería creer que el nacimiento de Caín y Abel no había pasado hace tanto, pero al mismo tiempo quería creer que el castigo a Caín había estado justificado. La vida eterna era algo deseado por muchos, pero estar tanto tiempo solo no era una bendición para nadie. Imaginar a Elliott atravesar tantos siglos de soledad, ver el mundo cambiar, ver plagas alternarse, muertes y masacres teñir de rojo la tierra, ver religiones nacer y tiranos morir... era un pensamiento horrible. Elliott estaba completamente solo y su desesperación por conservar a quienes elegía como Compañeros era de pronto comprensible. De pronto era para él sólo un chico tratando de encontrar su lugar, y dos brazos que le sostuvieran en ese camino que empezaba a parcerle demasiado cuesta arriba.
Sin embargo, se preguntó si lo que había contado sobre su estadía como el esclavo de aquel hombre había sido cierto. Se preguntó si alguna de las cosas que le había dicho habían sido ciertas, si su personalidad sería la real. Elliott empezaba a difuminarse en lo incierto, y Perry sólo deseaba olvidarse del dolor por un tiempo, para renacer limpio.
Con suerte hasta Garrett sería menos doloroso de recordar, o sus padres, o el hecho de tener esa vida eterna dependiente de asesinatos.

Rennes Le Chateau era un pueblo erigido sobre una montaña llena de verdor. Sin embargo, no arrivaron por arriba. No vieron el cielo azul o el valle fertil que crecía a sus pies, o las casas color ocre, o la Iglesia en lo alto. No vieron nada de eso. Fue como caminar a ciegas por cientos de kilómetros, que convirtieron a Marion en parte física de Perry. La joven había dejado de tener peso sobre su espalda y ya no respondía de ningún modo a cada trago de sangre que le daba.
Philip y Persefone no lucían todo lo glamorosos que habían hecho en sus tiempo gloriosos, que parecían haber sido hace décadas y no hace unas pocas semanas. La barba sempiterna que cubría el rostro de Philip y que le daba un aspecto más viejo del que en realidad tenía, estaba cubierta de polvo, haciéndola ver encanecida. Y Persefone, con su cabello suelto, había dejado escapar unos pelos grises que bailoteaban delante de su rostro, haciéndole cosquillas. No obstante, con tal dieta de vagabundos, ni si quiera el poco tacto le permitía a la mujer sentir esas cosquillas, convirtiéndolas en sombras de un sentir pasado. Parecía difícil creer que una mujer como esa, que antes de convertirse en esa sombra de sí misma vivía y sentía todo apasionadamente, hubiera yacido con la mujer débil y consumida que Perry cargaba a sus espaldas. Y sin embargo, de pronto se parecían ambas, en el aspecto vencido que traían y que ensombrecía sus ojos antes vivos.
Se asomaron a los pies de la montaña por la noche. Ya no tenían luz para guiarse en la oscuridad. Sus ojos, que con sangre ajena eran agudos, no veían nada a esa luz, y sólo las estrellas pudieron guiarlos en su ascenso por el sendero hasta la Iglesia de Santa María Magdalena.
Posaron a Marion en el altar de la Iglesia, sola como estaba a esas horas de la madrugada. Philip guió a Perry hasta el altar, puesto que había cerrado los ojos para no ver ninguna cruz. Pero no vieron ninguna.
-Este lugar está abandonado, ¿no? -dijo Persefone.
-Sí. Pero hay olor a humano. Quien haya estado aquí debe vivir en la villa -dijo Philip.
Se acercó a un nicho lateral, donde había agua bendita, o como ellos la consideraban, agua común. Estaba lleno, y Philip revolvió el agua ensimismado.
-¿Persefone, dónde están las entradas? -preguntó Perry.
-Afuera, al frente de la Iglesia. Debemos bajar rápido, antes de que el cuidador despierte.
-¿De verdad crees que haya un cuidador? Este lugar es un desastre -dijo Perry.
-Trae a Marion. Philip, saca maderos de los bancos viejos. Haremos dos ataudes.
Philip la miró elocuentemente, con su mano dentro del agua bendita. Perry prefirió no sacar conclusiones de ese intercambio, puesto que la insistencia de Persefone de buscar otra alternativa para sanar a Marion todavía resonaba en su cabeza.
En efecto había una entrada afuera, pero debieron agrandarla con sus propias manos. Marion quedó bajo el cuidado de Philip, a quien Perry vigiló celosamente, y una vez pudieron bajar a lo que era la continuación del tunel del que habían salido a los pies de la montaña, Philip bajó con Marion a su espalda. Entraron los maderos de los bandos uno a uno, los cuales así como estaban, no lucían suficientes para lo que tenían planeado hacer con ellos.
-Tienen que desangrarme, ya lo sabes -les advirtió Perry, portando una vela.
-Primero debemos decidir sobre los ataudes. Sólo hay suficiente para uno y medio -dijo Persefone- . Aún puede arrepentirse, señor Whitmore.
-Podrá esperar con nosotros a que ella renazca. No estará solo -dijo Philip.
-No puedo. No podría esperar por tanto tiempo, con la culpa. Me lo merezco por no haberla cuidado mejor.
Iluminó el cuerpo cubierto en aquel camisón de Marion. La joven era un cadaver viviente, y al mismo tiempo muerto del todo. Perry, en su desesperación, no veía esperanza en aquello: sentía que ya la había perdido, y la idea de esperar en vano por años no era su idea de una vida. Si Marion se había ido para siempre, entonces prefería irse para siempre él también.
-Entiérrennos en el mismo ataud -dijo. Cogió dos maderos, los cuales estaban húmedos en los bordes, y les quitó los clavos doblados.
-No -dijo Persefone, repentinamente alterada. Perry se quedó quieto, sin entender su negativa- . ¿Qué sería de nosotras, yo y Marion? Ya no habría nada.
-¿De qué hablas? Maron seguirá siendo la misma...
-¿Tienes idea de lo que enterrar a dos vampiros juntos significa?
-No. No tengo tanta edad para saber muchas cosas, Persefone -masculló Perry, levantándose- . Y las consecuencias, cualesquiera sean, no me interesan. Quiero borrarme de todo esto, pronto -Fue conciente del sentimiento, lleno de todas las emociones posibles, que lo llenó en ese instante. Era resignación, frustración, amor, odio- . No voy a esperar mucho más.
Comenzó a juntar los maderos. Philip y Persefone le miraron desde donde estaban, con aires de querer seguir discutiendo. Sin embargo, Philip se acercó a ayudarle.
-Te explicaré lo que significará.
-No te detendré.
-Serán Compañeros de por vida. La sola idea de la separación les dolerá como la sed misma, Perry -le dijo, sin mirarle a los ojos- . Ya no mirarán a nadie más, ya no considerarán a nadie más y se harán amantes por muy diferente que haya sido su situación anterior. Lo vi suceder una vez y no es agradable de ver. Perry... -El vampiro alzó la vista, mientras ubicada los maderos horizontalmente- Señor Whitmore, lo que esto significará para ustedes es una dependencia enfermiza, mental, sexual...
-No será así con nosotros -dijo Perry con seguridad- . Nosotros tenemos muy claro lo que somos, donde están nuestras pasiones.
-Con el otro. Es allí donde están, o no estarías haciendo esto. Cuando despiertes, incluso olvidarás lo que sientes por Eloy Dattoli.
Perry negó con la cabeza, parando de trabajar. Eso no era posible.
-Haría esto por cualquiera de mis amigos, ¿o no harías esto por Philip?
-No. Esto está más allá de cualquier cosa. Es sólo que... tú no lo entiendes.
-Lo entenderé cuando ella y yo despertemos. Ahora lo importante es salvarla.
Sin embargo, sacó la libreta que siempre portaba en su bolsillo trasero, y escribió en tinta mientras ellos seguían en la tarea de hacer el ataud. Guardó el papel en su camisa. Entonces se arremangó la camisa, y ante el espasmo de Philip, se desgarró la piel de la muñeca él mismo.
-¡Perry! -exclamó Persefone.
La sangre comenzó a fluir lenta, y Perry apoyó las manos en el suelo y parte de los maderos. En pocos segundos, volvió a trabajar en el ataud, ante el espasmo de ambos vampiros.
-Rápido, antes de que el sol salga.
Philip le ayudó, arrastrando a Persefone consigo. La mujer se hincó sobre la tierra, y comenzó a poner los clavos con unos pocos golpes de sus manos. Después de un tiempo, no obstante, Perry ya no pudo seguir.
-Necesito que sea más rápido -murmuró Perry, apoyándose contra la roca del tunel.
-¡Qué más rápido quieres! -dijo Persefone, mirando su herida.
Puso la mano sobre el desgarro en su muñeca, respirando profundamente. El aroma de la cueva lo desconcentraba un poco del dolor.
-En dos horas es el alba. Necesitan enterrarme con ella en un lugar adecuado, y eso demorará. Argh... maldición.
La herida se estaba curando.
Sin embargo, ninguno de los dos hizo nada, excepto seguir armando el ataud, del cual sólo quedaba la tapa por hacer y uno de los lados. Perry cerró los ojos, con la vista borrosa yendo de estos a Marion.
-Por favor... -susurró, con la voz débil.
-Ve -dijo Persefone a Philip, con la voz quebrada.
Este se alejó del ataud y fue hacia Perry.
-Será más rápido de lo que en realidad deseas -le dijo, tomándolo de la mandíbula con suavidad.
-No lo creo...
Pero sí lo fue. Philip le apretó la mandíbula y se la levantó, y lo siguiente que sintió Perry fueron sus colmillos mordiendo profundamente en su garganta. Philip comenzó a beber su sangre de segunda mano, hambrienta y abundantemente. Esta se escurrió por su garganta, y Perry pudo sentirla contraerse debajo del mentón del vampiro, bebiendo como si fuera el maná de los dioses. Sintió incluso parte de la ponzoña escaparse hacia los labios de Philip, la cual dejó aquel cuerpo inerte con la personalidad de un halo escapándose a las profundidades de una vasija ajena, un halo que lo hacía el No Muerto capaz de andar.
Su vista y sus oídos se enmudecieron, y comprendió que Marion sí seguía sintiendo, cuando percibió el tacto de Philip resbalando de él, dejándolo solo. Pero era otro tipo de sentir, un entumecimiento placentero.
Pudo sentir al detalle, pero a una velocidad que dudaba percibiera con fidelidad, cómo fue puesto dentro del ataud con Marion. Las manos femeninas de Persefone arreglaron sus brazos de manera que se abrazaran el uno al otro, para que el espacio fuera mejor aprovechado en tan reducida cama de madera. Sintió el roce de las ondulaciones de los cabellos de su esposa siento acomodados, haciéndole cosquillas en su nariz y en su mejilla, y pudo sentir el asomo leve de su busto contra su torso y su mano izquierda. La sensación de sentirla tan cerca suyo, de pronto cálida, no se comparó a las desgracias compartidas desde el momento de ser convertidos ambos en vampiros, en la misma noche. Ella y el hombre de cabello rubio ceniza se quedaron durmiendo a su lado en ese cajón, y el ser puesto a dormir nunca fue tan dulce.

Nadie viene a un cementerio para una cita, pero a Perry se le había ocurrido el día de ayer, al notar que él y Garrett siempre se juntaban en el mismo lugar. Debían variar para no levantar sospechas. En el cementerio tenían muchos lugares donde besarse y quizá hacer un poco más, como las catacumbas o los mausoleos abiertos.
Pero no hicieron nada, sólo pasearon. Miraron las tumbas, y en ese silencio protector, Perry se sintió a gusto. Garrett era un hombre tranquilo, un tanto taciturno, como un gato viejo, y ese lugar le venía como anillo al dedo. Se rió con ese pensamiento, mientras le veía detenerse a mirar la tumba de un hombre llamado Cecil Mason, muerto hace dos años atrás. La tumba estaba nueva y el ángel tallado sobre ella estaba menos polvoriento que los otros.
-Dijiste que eres profesor de Historia del Arte -le dijo Garrett, mirando el ángel.
-Sí.
-¿Algún doctorado?
-Sí.
Garrett se volteó a mirarlo, extrañado ante lo escueto. Perry sonrió.
-Adivina qué Doctorado.
-Ahm... ¿Historia del Arte? -dijo riendo.
Perry le imitó. Garrett se mordió el labio inferior, esperando. Sin embargo, él siguió callado.
-No es Arte Americano... u Oriental.
-Ciertamente.
-¿Quizá algo con... Arte Español? Tienes grabados de Goya en tu oficina. Estaban en... el escritorio.
Perry rió por lo bajo. Lo vio sonrojarse, y no pudo evitar suspirar lenta y pausadamente, recordando su salvaje encuentro en su oficina. Cuando salieron de allí había tenido el cursi deseo de irse a su departamento con él y despertar en la misma cama al otro día. Nunca había sólo dormido con alguien en la misma cama. Siempre conllevaba algo más, pero Garrett empezaba a convertirse en una excepción y eso lo asustaba. No se suponía que los hombres debiean sentir de ese modo.
-Ven -le dijo.
Garrett miró alrededor, y se dejó guiar por Perry hacia las profundidades del parque del cementerio, donde habían mausoleos solitariamente repartidos.
-Tengo la sensación de que... esperas a que haya una próxima vez. Y una próxima... -le dijo a Garrett sin dudarlo.
No quería suplicar, así que decidió hacerlo indirectamente.
-Y yo tengo la sensación de que te gustan los hombres mayores que tú, pero no te lo ando diciendo cada vez que nos vemos.
Perry rió por lo bajo, mirándolo fijamente. Era tan ingenioso, gracioso. Cada cosa que decía era inteligente, e incluso sabia a veces. Siempre iba dos pasos por delante, y de ningún modo quería alcanzarlo. Le agradaba la seguridad que le brindaba.
-Me gustan los hombres mayores -afirmó.
Eloy.
Quién es este Eloy.
Garrett sonrió socarronamente y miró a otro lado, como quien no quiere la cosa. Entonces de la nada, lo cogió de la nuca y lo besó, haciéndolo inclinarse hacia él.
Le empujó hacia el mausoleo más cercano, bajo un cedro.
Ojalá Elliott dejara de mirarlo desde ese árbol. Nunca le había gustado sentirse observado.
Perry rió por lo bajo, sorprendido por la pasión repentina de Garrett, pero poco a poco empezó a calmarse, a la vez que su respiración se iba volviendo más profunda y ruidosa. Garrett besaba bastante bien, pero no sólo eso, era medido y su lengua era algo tímida.
Su lengua se había asomado levemente entre sus labios cuando le besó en esa última presentación. Era tan insolente, y le hacía sentirse sucio. Se veía demasiado joven, demasiado niño, demasiado frágil.
Garrett solía gemir bastante cuando Perry le besaba dentro de su departamento de soltero. Se dejaba ir un poco más porque no había nadie y esas cuatro paredes los cuidaban bien y dejaba nadar sus dedos más pequeños que los suyos entre sus cabellos, desordenándolos. Le costaría mucho controlar los rizos después, pero a Garrett le encantaba tocarle el cabello, hasta que de Perry se apoderaba este deseo de darle placer sólo él, de tocarlo sólo él, y cogía esa mano escurridiza y lo hacía apoyarla sobre su cabeza, palma contra palma, haciendo ver que Perry tenía las manos más grandes.
Me gustan tus manos grandes... y tus pantorrillas de atleta...ahm...”
Garrett gemía más que él en la cama. Algunas veces se tapó él mismo la boca, pero eso sólo encendió a Perry más de la cuenta, haciéndole llegar más rápido. Le gustaba verle apretar los párpados, mientras su cuerpo se sacudía de atrás hacia adelante, y el colchón crujía a cada movimiento, y las sábanas eran arrastradas por su cuerpo tan perlado en sudor... Esa visión le encantaba, la de Garrett entregado, pereciendo de placer.
Y lo hacía sentir como un enfermo.
Soy un enfermo.”
Elliott debiera dejar de besarle. No le gustaba de esa manera, no le veía de esa manera, pero poco a poco había empezado a verlo como un igual, excepto que era un igual con la piel más tersa y acariciable que la suya y un cuerpo casi femenino que le recordaba al de Marion. Y además tenía buena memoria, y había mejorado mucho en actuación, y tenía mil ochocientos años de historia humana grabada en su cabeza. ¿Qué tan fascinante sería entrar en su cabeza?
En realidad es la historia de la humanidad, ¿no?
Quiero entrar en tu vida...
Si tan sólo pudiera sentir deseo sexual por Marion, todo sería perfecto. Marion era su alma gemela. Su corazón. Pero Elliott estaba allí en el centro de su cuerpo, haciéndole sentir tantas cosas, con esa fragilidad, ese sarcasmo... su voz hecha un lío, tratando de hablar mientras le besaba, diciendo incoherencias mientras lamía su torso suave... Nunca... había sentido esto... Siento que me voy a desmayar. Nunca antes nadie... me había tocado... así...
Nadie te ha tocado con amor, Elliott. ¿Eso es lo que dices? No es justo, a alguien tan dulce como tú...” A alguien tan dulce, Elliott... le había balbuceado mientras besaba su cuerpo que sensible se estremecía ante el menor de los toques. Eso le había vuelto loco. Quería probarle, pero se había controlado, dejándose retroceder cuando se derramó contra sábanas y piel. Luego se había dormido instantáneamente, dejándole con deseos de más.
Elliott era su tipo. Se parecía a Garrett. No sabía cómo se parecía, pero lo hacía, sólo que Elliott necesitaba que le cuidasen, que le enseñasen. Necesitaba que le acariciasen primero, que le abrazaran y le dijeran palabras amorosas y le demostrasen lealtad y sobre todo... Perdón. Debía de tener todo eso antes llegar al final del camino.
Pero Elliott casi mató a Marion. Elliott es un ladrón. Quiso robármela y hacerla pedazos...
Marion se olvidaba por completo de ti, mientras yo... yo estaba siempre cerca pidiendo que por un segundo me miraras...”
Esa mujer está enamorada de ti”, había dicho Garrett, casi recriminándoselo.Hiciste algo para se enamorase de ti. Siempre enamoras a todo el mundo, Perry.”
Prometo mirarte, Elliott. Tan sólo no vuelvas a dañarla. Dios, no le hagas nada, no quiero odiarte, Elliott. Quiero amarte. Pero si la odias a ella, yo...”
Estaba tan dividido, tan dividido entre tantas personas. Pero Garrett no estaba allí, y Perry sentía que tenía que escuchar lo que tuviera que decir aún. Garrett siempre tenía buena consejos bajo el brazo, listos para dárselos a quien estuviera falto de ellos.
¿Con un estudiante, Perry? ¿Alguien más joven que tú?”
Sí, me peleé con un estudiante. Ambroise, el primo de Marion. Es un canalla.”
Nunca se metió con un estudiante. Nunca le gustó un estudiante, por amor de Dios. Aunque hubo siempre este chico que le miraba sugerentemente. Nunca hizo ningún avance, y prefirió pensar que eran ideas suyas. Pero lo cierto es que nunca le gustó nadie más joven que él mismo. Le gustaban los hombres con experiencia, que le dirigiesen.
¿Entonces por qué Eloy Dattoli te volvió tan apasionado y tan condenadamente cuidadoso esa noche? Te hizo olvidar por completo tu nostalgia por Marion -decía Garrett en su cabeza, dándo consejos- . No cualquiera hace eso. La amas a ella más que a ninguna otra persona, pero no de ese modo. ¿Está ocupando Eloy el mismo nivel de importancia que ella?
Tú eres a quien amo más.”
Es diferente. Yo estoy muerto. Me estoy alejando, estás superándome.”
Pero siempre te querré.”
Lo sé, pero sigues derritiéndote por ese chico y tienes que hacer algo al respecto.”
Chico. Luce como un chico de dieciocho. ¿No es esa perversión peor que la de nosotros?”
Discutes con él como lo haces con un igual. Y le consideras más inteligente que tú. Admítelo.”
Me saca de quicio. Y sí le consideró más inteligente, pero has visto como se deja llevar por las emociones negativas. Pero me gusta que sea apasionado, y me gustan sus hombros. Y me gusta su rostro. Dios, cómo puede gustarme alguien tan poco varonil.”
No es afeminado.”
No. No lo es. Sólo es...”
... como Marion.”

Elliott me gustó porque es como Marion.
No sé si es injusto. Sabré si lo es cuando le vuelva a ver.






lunes, 13 de julio de 2015

"Libertar la Oscuridad": Capítulo 22

(Kanes: Para leer los anteriores 20 capítulos de "Libertar la Oscuridad", ir a este LINK.
El link de YouTube que se presenta más adelante en el capítulo sirve de ambientación musical. Por supuesto, es opción de cada uno utilizarlo.

Pueden visitar la entrad en que presenté esta novela en este LINK.

Gracias por leer "Libertar la Oscuridad")


22. Saciedad

Había un ligero aroma a ropa limpia. Movió el brazo, liberado sobre una cama enteramente suya, y se acomodó para quitarse la tensión. Había dormido toda la noche, incómodo.
Había... dormido.
Se sintió descansado y recuperado, pero al intentar moverse, fue conciente de una pesadez en todos sus miembros. El bostezo usual no acudió, pero dio una inspiración para no quebrar con la costumbre, empezando a sentirse extraño por la carencia de reflejos.
Entreabrió los ojos, encontrándose con la imagen borrosa de una copa de sangre en las angulosas y atractivas manos de alguien. Miró las uñas perfectamente limpias, las venas de la parte superior verdosas y las yemas puntiagudas.
-Bebe un sorbo -le susurró una voz amable.
Alguien le tomó la nuca y lo hizo enderezarse un poco. Tomó un trago, pero la copa se apartó antes de lo que hubiese esperado. No obstante, no peleó por un poco más, y sintió el sabor en su boca bajando hasta el inicio de esta, y luego por su esófago. La sensación de satisfacción no acudió tan intensa como el día interior, y supo a qué se había referido Elliott al decir que después de un tiempo ya no sería lo mismo.
Elliott.
Abrió los ojos un poco más, y le vio junto a su cama con cara de impaciencia, sosteniendo la copa.
-Chris está en el negocio, atendiendo. Debemos irnos -dijo.
Se había hecho algo en el pelo, para lucir mayor, y la amabilidad que había demostrado en el palco se había esfumado. Sintió una leve decepción, pero al menos el Elliott real estaba de vuelta.
Se palpó la cara, notándola fría de nuevo. Supuso que tendría que ajustar muchas cosas en su propio aspecto antes de poder salir por esa puerta.


Si algo no sabía Perry Whitmore de sí mismo es cuan vulnerable se veía a sus ojos. La edad le había dado cierta sabiduria y la vulnerabilidad que este demostraba frente a ese nuevo universo, aquel universo que lo situaba como el protagonista de su propia historia como vampiro recién nacido, le daba ese cariz sanguinoliento de los bebés que han acabado de salir del capullo protector. Era un aspecto sanguinolento expresado en la mirada de perdido, en el miedo constante por no saber cómo funcionaban las cosas, en un buen sentido. Y esa misma vulnerabilidad que veía en él le tenía confundido.
Perry Whitmore tenía aún el rastro de los rasgos enternecedores de su juventud. Elliott se había proveído de fotografías después de encontrarlo en ese callejón deambulando con aquella expresión desesperada. Esa noche creyó poder hacerle un servicio, como a tantas almas rendidas había hecho, de darle un susto de muerte que les devolviera la pasión por la vida. Obviamente ese susto de muerte se traducía en la gratitud involuntaria de sus víctimas: el medio litro de sangre que a Elliott le correspondía y que lo dejaba extasiado y no obstante insatisfecho. En sus tiempos como juez el exceso lo había terminado por acostumbrar a la abundancia.
El susto a sus víctimas tenía el carácter de ser renovador. Una vez, en un cementerio, había encontrado a una víctima en potencia: un viudo. Había perdido a su esposa hace ya cinco años atrás, y todavía la lloraba. Le contó su historia, cómo el enamorarse de nuevo le había sido imposible, el cómo las putas lo hacían sentir culpable además de no satisfacerlo, y cómo las pasionees usuales habían muerto en su ser. Elliott sólo dijo un “Lo siento” antes de darle la mordida violenta.
Algunos vampiros desnucaban a sus presas para apaciguarlas, pero él no les hacía daño alguno, si no contaba el que las manipulaba para que creyeran en él. Sin embargo, nunca hacía demasiados esfuerzos para que esta manipulación diera efectos. La gente confiaba en él automáticamente, incluso a gafas puestas. Había muchas veces fingido ceguera, pero su sola voz parecía apaciguarlos, y eso había funcionado una vez más con Perry Whitmore. Esta vez, sí, la sensación de satisfacción no había aparecido. Le había dejado un gusto amargo en la boca.
Esa mañana decidió despertarlo, a pesar del alivio que le supondría a este saber que había por fin dormido.
-Es más fácil cuando tienes el estómago lleno. Metafóricamente -le dijo Elliott, mientras Perry se colocaba un traje cedido por Chris. Perry le dejaría su traje sucio a cambio, el cual en cuanto estuviera limpio, costaría tres veces lo que el regalado.
El nuevo era de color gris, y apagaba en alguna medida la palidez natural como vampiro.
-Debes volver para ver “Hamlet”. Se presentará la próxima temporada de reyes -dijo Chris, mientras le arreglaba a Elliott el cuello de la camisa.
Junto a la puerta ya, Perry batallaba con su imagen en un espejo.
-No mejorarás por mucho que te mires -le dijo- . Vamos.
Perry le seguía ciegamente, como un cachorro. Ayer, no obstante, se había largado por todo el primer acto de la obra y vuelto con el aroma de otro ser humano en sus ropas y piel, si bien no sangre. No quiso preguntar al momento de sentirle llegar, hasta que vio a otro hombre entrando en un palco cercano al escenario. Un hombre que miró hacia el palco de ellos con expresión de despecho.
No pudo concentrarse por el resto de la obra. Se preguntó seriamente si Jude deseaba matarlo de disgusto. Había evitado a hombres como ese por lo últimos mil ochocientos años, y Jude le llevaba a uno preso de sus horribles perversiones. Sin embargo, Perry Whitmore poseía gentileza, especialmente para con su engañada esposa, Marion Swerzvelder, o Switz, como solía llamarla en su cabeza.
Era una joven vampira de lo más carismática, si bien su moral como vampiro era equivalente a la de Jude. No le importaba matar a personas inocentes, fundamentando su comportamiento en el hecho de que todos los animales mataban para comer. Él pensaba del mismo modo, pero era su conciencia la que lo contenía de mancharse las manos. Prefería estar en buenas relaciones con su conciencia, y no tener la imagen de un hombre muriendo en sus recuerdos. Por lo demás, Marion era una persona inteligente y con el conocimiento justo y necesario sobre lo que la rodeaba, al contrario de Perry, quien parecía jactarse de su conocimiento artístico, si bien este en su opinión, no le servía de nada.
Marion pasaba los días de quietud tratando de no pensar. Tenía un pasado como cualquier otro y, si bien Elliott no había podido enterarse de los detalles, veía en ella un apego sincero por su esposo, que Perry creía no merecer, y viceversa. Se tenían muy alta estima, pero el único allí que tenía razones para valorar al otro era Perry, puesto que Marion desconocía la verdadera naturaleza de este. Pero entonces había ocasiones en que Perry daba por justificado el cariño que Marion le profesaba. Era atento con ella constantemente. Quizá era la culpa, quizá era el deber, pero el saber que había sido ella quien le había dado la mordida para dejarlo medio exangüe, para su posterior transformación, sólo ponía en recuperación el respeto de Elliott hacia él.
Elliott les analizaba demasiado, y estaba dejando que sentimientos de empatía dificultaran su compromiso de no ser jamás considerado con nadie, dado que tras pecar se le había castigado no en propoción al pecado, sino en demasía. La envidía no era un pecado tan grande, y los hombres mataban todos los días, sobre todo aquellos de su progenie.
No debieran culparlo ya ahora que había recibido un castigo tan desproporcionado.
Cogieron un coche al salir de la casa de Chris. Perry se colocó el sombrero y dio un chiflido para que un coche parase. Elliott le siguió la corriente.
-A pesar del malestar, esto valió la pena -comentó Perry, quitándose las gafas, a pesar de que el techo del coche estaba recogido. Hacía un sol suave- . Ten, o quedarás ciego -Le puso las gafas, a pesar de su rebeldía contra ellas.
-¿La señorita Swerzvelder se ha acostumbrado a su ceguera?
-Sí. Está trabajando en controlar su olfato. Dice captar demasiadas variedades de aromas de una sola vez, lo cual la tiene algo enferma.
A su lado, Perry apoyó el brazo en el respaldo. Le incomodó.
-No te he dado las gracias por no haberme atacado esa vez en el callejón -dijo Perry con voz gentil- . Estoy en deuda.
-Sólo retrasé la mordida. ¿Prefieres esta vida a haber muerto por desangramiento?
Perry dudó. Elliott le miró de reojo y recordó el cómo mientras corrían por las calles y techumbres de noche, él y Switz no se soltaban de las manos. Esta vida conllevaba un tanto de dependencia, dependencia que Jude había desarrollado con él, un apego insano a otra persona que incluía ese amor, ya fuera fraternal, amoroso o lascivo, anormal y obsesivo. Y lo peor de todo era que solía ser mutuo, como dos almas que son atadas una a la otra una vez que les llega la condena de la vida eterna en aquel infierno terrenal de carrozas haciendo ruido y chimeneas cegando su olfato y su vista. Era una dependencia, no obstante, que para él y Jude no había sido mutua.
-No sé qué prefiero -dijo Perry con su voz profunda.
-¿La habrías dejado a su suerte? ¿A la señorita Swerzwelder? No me extrañaría, estás lleno de mentiras.
Mentiras y manipulación. Era esa su carta de presentación.
Perry bajó el brazo del respaldo y le miró sin comprender. Su cinismo le pareció a Elliott nauseabundo.
-No eres fiel. Pude adivinar lo que habías hecho en el teatro. Eres un sodomita.
Perry miró al cochero, nervioso.
-¿Qué más pudiste adivinar?
-Que tu amor por ella está manchado por la perversión. Todos los hombres aprenden cómo manchar lo que es bueno y puro. De otro modo creen no estar viviendo lo suficiente. La pasión mata los buenos sentimientos.
-Estoy esperando poder ver al hombre que amo cuando lleguemos a Londres. Y despedirme apropiadamente -dijo Perry con una calma que no había esperado.
Esto lo enmudeció, y sintió su garganta anudarse. Un tonto reflejo humano, sin duda fruto de su imaginación. Pero sabiendo que había bebido sangre minutos atrás, temía que ese reflejo fuera real.
-Los hombres no amamos -replicó Elliott en un tono amargo- . Sólo las mujeres aman.
-Te equivocas. Se nos enseña a no hacerlo. Pero yo no aprendí a no hacerlo.
Elliott lo miró fijamente, queriendo permanecer incrédulo. Pero Perry estaba ejerciendo en él su manipulación de vampiro.
-Su nombre es Garrett. Marion le conoció una vez. La primera vez que me vio, él y yo nos besábamos bajo su balcón. La razón por la que siento amor por Marion es porque dice haber visto el beso más sincero de toda su vida en ese instante. Nunca me olvido de eso, y de lo feliz que fui con ella mientras tuvimos una vida normal, y de lo arrepentido que estoy de haber seguido con el plan de tener bebés. Manchamos nuestra relación una noche y no hemos podido arreglarla desde entonces.
Sus ojos se habían enrojecido. Si lloraba, desperdiciaría sangre, y le vio pestañear luchando contra sus emociones, con expresión firme.
Pero debía ser mentira. No había vampiros honestos, no había personas honestas. Sólo Switz era honesta, y quería creer eso ya que en valorarla no había peligro.
-Pero lo arreglaremos. Después de todo la necesito. La dependencia de la que habla Jude no es un cuento de hadas. Ella es lo único que tengo y lo será después de despedirme de Garrett.
En ese instante pareció calmarse. Su mirada quedó perdida en sus recuerdos, y Elliott, que había dejado de intentar manipular su respuesta hacia él hace muchos minutos, se encontró creyendo cada palabra que decía. El que Perry Whitmore le estuviera contando todas esas cosas no era obra suya. Era Perry por sí solo confiándole su vida, y ni siquiera era una potencial presa.
-Sabes escuchar -le dijo, volteándose a mirarle.
-No era mi intención -dijo él, con sarcasmo, aunque sin quitarle la mirada de encima.
Perry sonrió levemene.
-Pones tanto esfuerzo en ser desagradable que no creo en nada de lo que dices cuando eres desagradable.
-¿Cuántas veces debo decírtelo? No confío en mi progenie. Y eso significa que no confío en ti. ¿Quién sabe si has inventado toda esta historia? ¿”Enamorado de un hombre”? ¿Cómo podría un hombre amar a otro?
El rostro de Perry se quedó en quietud. Elliott vio en ello el éxito, pero la seriedad de aquel vampiro le puso nervioso.
-No podrías entenderlo -dijo en voz baja y profunda- . Te quedaste estancado en los dieciocho años. Nunca te convertirás en el hombre que pudiste convertirte.
Elliott sintió su garganta anudarse de nuevo. El semblante de Perry por fin había cambiado.
-Pero algo me dice que crees cada palabra que dije -dijo Perry- . Vi a demasiados chicos pasar por mi salón de clases fingiendo creer que lo sabían todo, para luego verlos interesados en lo que yo estaba diciendo. Nadie tiene la verdad sobre nada, nadie es tan seguro en sus convicciones a la hora de ser testeado, y tú creíste lo que dije a pesar de tu compromiso de no confiar en los hombres como yo y de hacer creer a todos que eres un desgraciado centrado en sí mismo.
-Dijiste amar a alguien y lo engañaste a la primera oportunidad -susurró Elliott.
Perry pareció detenerse en eso. Movió sus ojos por sobre toda su cara, como si Elliott quisiera decir una cosa por otra.
-Fue un error. Tienes razón -dijo.
Se acomodó en el asiento, apoyando las manos en las rodillas. Elliott separó levemente los labios, sorprendido en tan abrupto corte en la discusión. Fue extrañamente decepcionante.

No le agradaba discutir. Incluso con Garrett siempre prefirió no discutir, especialmente en aquellos momentos cuando su creencia en que eran unos pecadores les empujaba a discutir. Él simplemente lo resolvía con un beso, con la promesa a no cumplirse de hablarlo luego.
Pero Elliott era sólo un chiquillo, y no discutiría con un chiquillo sobre moralidad. Los jóvenes tenían una visión más inmadura y sentimental de las relaciones humanas. Y es que si bien había estado con otro hombre, con muchos hombres mientras estaba con Garrett, en un intento por no sentir su relación con él muy formalizada, eso no quitaba que le amara. De hecho, su amor por él no se había extinguido incluso siento lo que era ahora. Esos sentimientos tan dulces e intensos seguían allí. Pero un chico que no había pasado de los dieciocho, a pesar de tener siglos de vida más que él, nunca entendería la separación entre un sentimiento y algo que por sí solo era vano como lo era el sexo. Sí, era divertido, pero las veces que no lo practicó con Garrett simplemente no las disfrutó al máximo. Pero de nuevo, Elliott en su inmadurez no lo entendería.
Entonces recordaba a Garrett y el dolor que expresó ante su decisión de casarse con Marion. Su propio dolor al verle comprometerse con otra mujer. ¿Estaba siendo hipócrita, acaso, y Elliott tenía razón? ¿Era Elliott más honesto que él? Tal vez era sólo que se había conservado puro de pensamiento, incluso en medio de todo el pecado que le rodeaba, la muerte, el engaño, el abuso, la manipulación de sus víctimas, la manipulación de sus pensamientos para hacerlos olvidarlo, olvidar su cara... Para no matarlos.
Elliott era un buen chico. No había convertido a nadie en mil ochocientos años, a pesar de su deseo de tener una compañera, y sin embargo era sarcástico y cruel en las palabras. Era en realidad un buen chico, uno que no deseaba ser amado.
Le pareció que Marion podría ayudarlo a olvidar esa pretensión tan insana de verse despreciado por todos.

Se bajaron en medio de una niebla molesta en la calle donde la casona se encontraba. El cementerio al lado de ellos estaba emborronado a tres metros de su borde pastoso por el agua vaporizada que todo lo extinguía a sus ojos, y Perry le pareció que aquella agua, ahora arenosa, entraba en su sistema. A su lado, Elliott se tapó la nariz, dando un quejido.
-Qué clima más extraño -dijo Perry.
Entonces notó que aquella niebla tenía un aroma diferente. No era el aroma a humedad de siempre, sino que era el aroma del agua que ha estado encerrada por mucho tiempo, agua al contacto de piedra.
-Es... ahhh... -Elliott cayó de rodillas al piso.
Una campana resonó a lo lejos, y Perry no pudo escucharle. Le ayudó a levantarse, y entonces notó que su piel se quemaba, como si fuese un vampiro de noche y el sol le estuviera dañando. Le tocó la cara, desesperado, y se quitó el saco para cubrirlo con él. Algo en esa niebla le estaba haciendo daño.
Sin embargo, antes de que pudiera cubrirlo, vio sus dientes crecer. El mismo dolor estaba despertando sus instintos más bajos.
-Están en la casona -dijo, empujándolo lejos.
Le vio mirar enloquecido hacia la ventana alta, y Perry temió que algo en él se hubiera trizado.
-¿Elliott?
Saltó hacia la ventana. No se detuvo a mirar desde lo alto, y en su lugar bajó inmediatamente al interior. Perry escuchó el grito amenazador de un vampiro vuelto loco, como aquellos gritos que profería Marion al inicio de su estado como vampireza, aquellos gritos en el interior del carruaje camino al cementerio, que suplicaron por un poco de su sangre.
Entró a la casa dando un golpe a la puerta lateral. Corrió por el pasillo central tan rápido como sus piernas le permitieron, y en el salón central, lleno de porciones restantes del mobiliario, vio la escena más horrenda.
No había rastro de Jude o Marion, a pesar de que a través de la niebla exterior el sol aún brillaba. Tres hombres y una mujer estaban tirados en el suelo agonizando, y Elliott, con la boca y la camisa manchadas de sangre, estaba acurrucado contra la pared, temblando. Había dejado a aquellas personas a medio morir, en su deseo de no matar, pero estos se estaban ahogando en su propia sangre, y no tardarían mucho en perecer.
-Hazles morir... -gruñó Elliott, descontrolado y sin embargo, resistiendo su propia sed ardiente.
Sólo tuvo que decir esas palabras para que él, Perry, con el aroma exquisito de la sangre entrando en su sistema, fuese y los acabara.
Fue tal cantidad que sólo pudo drenar a dos de ellos. Cuando probó al tercero de ellos, notó cómo la muerte empezaba a entrar en él, tornando la sangre del sabor desagradable pero soportable de la sangre embotellada. No quiso tomar más, sintiendo el cuerpo hinchado y caliente, y la boca rebosante aún.
Sólo le quedaba una cosa que hacer, para no ahogarse en vidas ajenas.
Gateó hacia Elliott, empezando a sentirse mareado, como un hombre vivo que ha tomado demasiado whisky, y le tomó la nuca con torpeza. Le dio de beber en la boca la sangre restante que su cuerpo no estaba siendo capaz de absorber, y Elliott succionó con un quejido de alivio.
Por un momento creyó que continuaría, pero Elliott le soltó por sí solo, con la sed aún torturándolo. Perry miró hacia los muertos sobre el pueblo polvoriento, mientras Elliott respiraba jadeante contra su cuello, resistiendo el no morderle para proveerse de sangre de segunda mano. Había experimentado antes los dolores causados por esta en su organismo, y sin embargo, aún la veía como una posibilidad. Perry sintió su mano resbalar hasta el piso, ganando la batalla.
-Estoy cansado... -susurró Perry.
-Debiste detenerte antes -susurró Elliott.
Le vio suspirar, apoyándose contra la pared. Sus ropas habían quedado manchadas, sobre todo las de Perry.
-¿Dónde están Marion y Jude? -preguntó.
-Debieron escapar ante los cazadores.
-¿Son cazadores?
Elliott asintió. Se levantó mientras Perry permanecía sentado, afectado por aquel peso de vida en sus venas. ¿Así de pesada se sentirían sus arterias y venas llenas en vida? Lo dudaba.
Vio a Elliott caminar hacia uno de los cazadores, y registrar sus bolsillos. En el interior encontró dos discos gruesos de fierro que cabían en la palma de la mano del chico.
-Son bombas de vapor de agua -explicó, con la cabeza inclinada, como si le pesara- . No es algo que funcionaría en seres humanos, ya que el vapor debe ser de agua bendita. Debieron ahuyentar a Jude y a Switz con esto.
-¿Swi...?
-No pueden estar muy lejos si quedaron afectados.
Perry frunció el ceño. ¿Agua bendita? Entonces no era un mito, si bien a él no le había afectado, lo que convertía a esta en la debilidad de Elliott. Agua bendita, algo en lo que Marion no creía en lo absoluto.
Le vio sacar además cruces de plata, las cuales Perry no pudo mirar por mucho tiempo, una Colt sin duda con balas de plata y un libro de oración.
Cómo podría algo bendecido por un simple ser humano tener efectos en quien lo toque” habría dicho, sin duda.
-Debemos encontrarlos -dijo, levantándose.
Podían estar heridos. Si habían tenido que salir de la casona, habían sido dañados por el sol en lo alto, a pesar de la niebla que convertía a Northampton en una ciudad fantasma.

Luego de colocarse los trajes algo más limpios de los cazadores, salieron de la casona en silencio. La alimentación previa empezó a hacer efecto, y Perry se sintió tan bien como la noche anterior en el teatro, con la diferencia de que no había en quien entretener la vista esta vez. Él y Elliott abandonaron la parte poblada de la ciudad en solitario y a pie, y una vez se alejaron del camino delimitado en medio de los pastisales, lo único de hechura humana fueron las casas señoriales que recortaban el paisaje.
Sin que palabras salieran de sus labios y en medio de la preocupación que significaba el haber perdido a dos de su grupo, llegó la noche sin que una sola pista de ellos se entreviera. Las pisadas encontradas no correspondían a ellos, pero la parte sur de Northampton era el único lugar al que posiblemente habrían escapado, ya que las casas alrededor de la abandonada estaban todas habitadas u ocupadas por los menos privilegiados. Pronto se le vio a Perry a la cabeza la posibilidad de que se hubiese escondido en algún sotano.
Para cuando llegó la madrugada, la sangre aún corría viva por sus venas. Elliott se había escondido para dormir en el árbol contra el cual yacía apoyado. La luna había salido libre del asedio de los nubarrones nocturnos, y el cielo ya lucía como uno de verano. No pasaría mucho tiempo antes de que el pasto sobre el cual estaba sentado volviese a estar cubierto de nieve.
-¿Tú y Switz no tienen vida marital? -preguntó Elliott de la nada.
Perry, habiendo estado pensando en Marion y su estado de desaparecida, había adoptado la expresión sufriente de aquellos que no ven ninguna esperanza, mientras sentía la mirada vigilante de Elliott sobre él. El vampiro desconfiaba de él todavía y esa pregunta tan personal le sorprendió. Había pensado que habían quedado en mal puerto en lo que respectaba a contarse las cosas personales, actividad que había sido del todo unileral en su intento por establecer una conexión con su guía en la vida como vampiro. No confiaba en Jude, no le agradaba, pero la juventud de Elliott era ligeramente reconfortante.
-No tenemos vida marital.
-Oh. Mencionaste lo de la noche que pasaron juntos y que arruinó su relación actual. Lo había olvidado.
Habría respondido que no le sorprendía, pero sus ojos volvieron a perderse en el paisaje azulado que lo rodeaba, en las casas que cortaban en siluetas contra el cielo nocturno y azul de esa noche. Tenía la esperanza de de repente verla corriendo hacia ellos, a Marion, con sus ojos marrones brillando. Pero no había ojos marrones, ya no más.
Tragó, sintiendo el nudo en su garganta. Un reflejo humano. La sangre seguía igual de viva en su sistema porque no la había gastado excepto en esa caminata lenta por el prado. Habría pensado que eso sería suficiente para que volviese a tener sed, pero al parecer tener sexo como vampiro conllevaba más energía que diez horas seguidas de caminata pausada. Esa vez en el teatro la había gastado toda de una vez. Ahora que se detenía a pensarlo, sin sangre un vampiro no podría llevar a cabo el acto del sexo. Técnicamente no sería posible.
Ese pensamiento no logró sacarle una sonrisa, especialmente ante la perspectiva de querer satisfacerse ahora mismo para volver a la vaciedad de emociones usual, que expresaba la vaciedad de sus venas. Empezaba a extrañar el aspecto mortuorio de los días de insatisfacción, y comprendió la gran resistencia de Jude frente a no tener sangre en abundancia como él y Elliott habían tenido por dos días seguidos. Cuando estaba lleno, comenzaba a tener esos sentimientos humanos, esos sentires que no había llamado y que se presentaban sin aviso. No quería sentir nada, especialmente si Marion estaba perdida y su deseo de sexo no podía ser satisfecho.
-No vuelvas a compartir sangre conmigo de ese modo. Switz puede compartirla contigo con un beso porque llevan mucho tiempo conociéndose.
-No lo haré más. Me estaba ahogando y me pareció lo más sensato. No podemos desperdiciar una sola gota -se explicó.
Recordó a Marion dándole de beber en la boca, y el cómo la sed satisfecha a veces llegaba a hacerle creer que la deseaba. Era una sensación extrañamente reconfortante, pero ilusoria.
Miró hacia las ramas más bajas, donde Elliott yacía recostado. Tal vez la razón por la que no le había quitado la mirada de encima era porque había estado pensando en ello todo lo que llevaban de noche. Y posiblemente todo el día. Sintió haberle dado una razón para estar inquieto.
Y sin embargo, pensó en la palabra “beso”, dicha por Elliott. No había sido un beso en lo absoluto. Sus labios no se habían movido mientras Elliott bebía de ellos.
Sintió nauseas. Elliott era un chiquillo.
Cerró los ojos, tratando de no pensar. Sin embargo, la sensación de bienestar que comenzó a sentir al hacerse conciente del suave viento lo desconcentró, hasta que se hizo constante y le relajó haciéndolo uno con la noche.


El escape desde la casona en Northampton los llevó a un destino más sureño. Se dejó llevar por la guía de Jude, y se adentraron en los túneles que poblaban la ciudad bajo tierra, desde donde escucharon los ecos del mundo subterráneo desde las profundidades sin explorar.
Fueron tres semanas en las que se preocuparon de curar sus quemaduras. Jude consiguió más reservas un par de veces al subir a la superficie de noche, y nunca les faltó la bebida. Marion comenzó a sentirse segura con él y su precaución.
-Dicen que bajo nuestros mismos pies está el infierno -dijo Jude, mientras caminaban por un tunel. Marion podía sentir el calor de la llama de su antorcha en la cara, y quiso que la apagase- . Pero aquí en el limbo hay cosas que no imaginaríamos.
Pronto el fuego fue más intenso. Marion lo sintió en todas partes, así como el aroma de aceite quemándose. Se oyó un rumor que hizo eco, y Marion comprendió que habían entrado en una cueva más grande.
-Vaya escondrijo han hecho en las catacumbas de Oxford -dijo Jude con su voz atronadoramente susurrante.
-¡Jude! -exclamó una voz de varón.
Marion se hizo para atrás, al sentir la presencia repentina de decenas de personas allí. Oyó el sonido de pies desnudos contra el suelo, y entonces el sonido de alas y un gorjeo como de paloma que recordaba al ladrido de perro. Fue confuso, y luego esos sonidos desaparecieron por completo.
-Teófanes -dijo Jude- . Veo que has perfeccionado tus habilidades.
Oyó unas palmadas, sintiendo la espalda desnuda de protección. Si tan sólo Perry hubiese escapado con ellos.
-Mil doscientos años son suficientes para ello -dijo el hombre llamado Anthony- . Teo tiene grandes habilidades.
-¿Entonces qué hacían aquí durmiendo?
-Hey, no nos veas en menos -dijo otra voz- . No habíamos dormido los últimos veinte años, hasta que una noche, meses atrás, este hombre descubrió la más poderosa de las plantas. Es como el Bhang hindú, pero... es capaz de confundir hasta los sistemas nerviosos de los muertos.
-¿Han estado durmiendo por meses? Deben estar sedientos. ¿Qué tal una cacería mientras aún restan noches oscuras? Tenemos dos horas antes del amanecer.
-Tenemos suficiente aquí. Nos hemos traído nuestras propias presas hacia el inframundo.
-Creí que habían abolido esa práctica.
Marion los oyó reír. ¿Tenían a humanos vivos allí abajo? ¡¿Y Jude lo abalaba?!
-Veamos que tal están. Deben estar famélicos.
-Dejaré uno entero para ti, si lo deseas. Eres mi invitado -dijo Anthony. Tenía una voz suave y no obstante varonil- . También está invitada tu amiga. ¿Has encontrado una compañera?
-No. Ella ya tiene us propio compañero, pero me temo que le hemos perdido la pista.
No obstante, tomó a Marion del codo para que lo siguiese. Ella se soltó, desconfiada al notar que sólo había hombres entre esa multitud hambrienta. Ya había sabido de vampiros dispuestos a drenar a sus propios congéneres con tal de calmar su sed, por lo que se tapó el cuello y las muñecas, con temor de ser atacada.
-No temas. Estos vampiros llevan años de experiencia. Su poder de control es inquebrantable.
-Tienen a sus presas aquí abajo.
-Con el tiempo entenderás que es necesario tomar medidas drásticas, especialmente si eres un dormilón empedernido -dijo Jude, riendo al final.
Anthony rió junto a él. Marion volvió a oír la misma palmada, y a su lado, Marion se agitó ante el peso de esa mano.
-Este hombre duerme cada cien años -explicó Jude- . Es un período de intervalo corto para alguien de nuestra especie. Yo sólo duermo siestas cada una semana, aunque ha habido veces que me he pasado y me he encontrado despierto sin saber qué día del mes es. O qué día del año.
-Esos son los mejores días. Casi te sientes humano otra vez -dijo otro vampiro- . Yo soy Teófanes, señorita...
-Swerzvelder -dijo Jude- , aunque mi compañero la llama Switz.
-Creí que Eloy no era tu compañero -apuntó Marion.
-¿Eloy?
El grupo entero que los seguía, que iba tras la espalda asustads de Marion, pareció dejar de respirar. Y lo hicieron. No oyó una sola inspiración por los segundos que ese silencio, mientras caminaban a su destino por ese tunel, duró.
-¡Has hayado a Eloy!
-¿Cómo es que no está contigo?
-No sería muy conveniente. Casi agradezco el haberlo perdido, ya que sé cuantas amenazas de muerte ha recibido sólo de esta camada.
-Perry también está perdido -dijo Marion.
-Eloy sabrá cómo encontrarnos. Sabía que veníamos a Oxford, y posteriormente a New Forest.
-Pasaremos por Bristol primero, por supuesto -dijo Marion.
-No. ¿Quién te puso eso en la cabeza?
Marion tomó su codo, pero él se soltó de ella, dejándola a su suerte. Otro vampiro la tomó del codo y la guió, a pesar de ella resistirse.
-Le haríamos un juicio, dada la cantidad de nosotros que sabe que es una pequeña basura manipuladora que merece ser incinerada. Hizo que Joy se alejara de nosotros, y ella era la madre de todos nosotros.
-¿Cuántos son ustedes? -preguntó Marion al vampiro que la guiaba, que no obstante la sostenía gentilmente.
-Cuarenta y nueve. Hay otro resto durmiendo en otra cueva.
-Ese es un pequeño número.
-¿Ha estado rodeada de más vampiros?
-Sí, en la Ciudad Bajo Tierra, en Northampton. Había cientos de ellos allí. La mayoría de ellos estaban en prisión.
-Oh, la prisión de Northampton. Estuve allí una vez, hasta que Joy me rescató.
-¿Qué hizo Eloy para alejar a Joy de ustedes?
-La convenció de ser su compañera -dijo Anthony más adelante- . Joy le amaba y nunca quiso reconocer que había sido ella quien había convertido a la mayoría de nosotros. Eloy se cree mejor que cualquiera sólo por ser un vampiro de día.
-Lo es. No es un asesino -dijo Marion.
-De eso no discutiremos con una mujer.
-Joy era una mujer -dijo Marion, ofendida.
-No. Ella era la madre de todos. No la veíamos como tal.
-Sigue siendo...
-Eloy la llevó por túneles hasta una ciudad del mediterráneo, Pola, tras dejarnos a nosotros a nuestras suertes aquí, al norte del mundo. Cómo se las arregló Joy para convencer a Eloy de no salir a la luz del sol, no lo sabemos, ya que no tiene ningún interés en las mujeres y Joy no iba a ser la excepción. Eloy sólo desea a alguien que cuide de él.
-Cuando llegaron a Pola, se vio obligada a salir, ya que Eloy ya empezaba a sospechar -explicó Jude- . Joy se hizo llamas y cenizas en lo que dura un parpadeo. Tenía mil ochocientos años y ella y Eloy no habían bebido sangre en días bajo los túneles. Su cuerpo era una hoja reseca a esas alturas, y ya sabemos lo que le hace el fuego a la madera muerta y desidratada.
-Lo siento -dijo Marion- . Aún así, no veo la culpa de Eloy. Él no sabía que Joy no era una vampira de día.
-Pero se la llevó de nuestro lado. La hizo caer por él y se la llevó sin importarle lo que sucediera con nosotros.
Marion prefirió no levantar más argumentos en contra de eso. Sin embargo, empezó a ver un patrón en ello. Perry y Eloy habían estado perdidos por semanas, y había sido Eloy quien había arrastrado a Perry tras él al marcharse a por un poco de diversión, como explicó Jude cuando le dijo qué significaba el que fuera tras su proveedor allá en Northampton. Ella y Perry habían estado separados por tres semanas y comenzó a temer el no verlo nunca más.
-Nada le habría pasado si hubiera permanecido aquí -dijo Anthony.
-Era su decisión.
-No, estaba a cargo de toda una camada. Era nuestra guía.
-O su madre, querrás decir -dijo Marion.
Todos se detuvieron. La joven chocó con Anthony, quien se había volteado a mirarla indignado. Sintió la respiración de Jude cerca, expectante, y el olor a quemado en su pecho fue más elocuente. También le enojaba el odio de aquellos hombres hacia Eloy.
-¿Por qué vinimos aquí, Jude? -le preguntó.
-Necesitamos un mapa -dijo este a Anthony.
-Dime qué mapa deseas y Teófanes lo dibujará. Le tomará sólo unas horas.
Jude por fin la tomó del codo, y fue él quien la guió de allí en adelante. Marion cerró ojos tras la venda, y se relajó un poco, si bien la seguridad que sintió no era la misma que alrededor de Perry.
-Jude, ¿Cómo es eso de que no iremos a Bristol? Debo despedirme...
-No puedes despedirte de nadie. Podrías morder a alguien.
-No cometeré ningún error, lo prometo, pero necesito despedirme de mi familia. Deben saber que estoy bien.
-La noticia de que estás viva debe haber llegado hasta la puerta de tu madre, Marion Swerzvelder -dijo Jude con firmeza. Se detuvo cuando el eco de su voz reveló una cueva más grande y caldeada que las otras- . Margarett, la señorita que saludaste en el tren de salida de Londres debió haberse encargado de ello.
Marion dio un suspiro. Margarett.
-Me despediré sólo de ella. Prometo no ver a nadie más.
-Esta cueva lleva a todas las salidas, excepto la que ustedes dejaron atrás, por supuesto -dijo Anthony- . Pero mientras Teófanes confecciona el mapa, tengamos una charla para recordar los viejos tiempos. Algo me dice que tenemos cuatrocientos años de vida que contar.
-Naturalmente -dijo Jude.
Se sentó en el suelo, y Marion le imitó a su lado.
-¿De qué sector quieres el mapa? -preguntó Teófanes.
-El suroeste de Europa -dijo Jude, con un dejo de culpabilidad en la voz.
-¿Qué? ¿Todo el suroeste?
-Sí. Necesito todos los túneles y catacumbas.
-Son kilómetros de túneles, Jude -dijo Anthony, sorprendido. Marion le sintió sentarse frente a ellos. Su aliento olía a sangre. Acababa de beber, y sintió sed- .¿A quién buscas en tierras tan bajas? Tú sabes que a Francia y a España llega lo peor de nuestra especie.
-Me agrada ese lado de nuestra especie -dijo Jude.
-Por supuesto. O no habrías estado a la rastra de Eloy por tanto tiempo.
Jude calló ante esta referencia. Marion sintió su propio rostro deshacerse en una mueca de espasmo.
-¿Quién eres tú para hablar de inmoralidad en este sitio? La garganta que acabas de despedazar...
-Una vagabunda. Nadie la recordará.
-Era un ser humano. ¿Dónde está tu instinto de caza? ¡¿Así es cómo consigues gargantas, cobarde?! -masculló Marion.
-Oh, olvidaba que una aristócrata como tú tenía que esforzarse para tener su plato lleno en vida -Marion se habría sonrojado de no ser porque empezaba a sentir sus venas en falta de alimento- . ¿Qué edad tienes? Puedo verlo en tu energía: dos meses. ¿Estoy equivocado, Jude?
-No. En efecto es una neófita.
-¿Y te acompañará hasta Francia?
-No voy a Francia -dijo Jude.
-Pronto será el invierno. Entonces podrás estar fuera de los túneles. No creo que tengas otro destino más que ese, siento no creerte.
-Ni siquiera sé si Francia es el destino al que me llevará esta búsqueda. No he salido de Inglaterra en siglos y no sé dónde pueda estar.
-Sólo pregunto. Tú sabes que todo este tema es un mito para todos nosotros y es Francia a donde llevan todos los mitos. Tu misma existencia es un mito para nosotros, puesto que no tenemos doctrina de ningún tipo.
-Lo sé. Yo tampoco tengo doctrina. No estoy en busca de ninguna divinidad, sólo quiero destapar la verdad sobre cómo me convertí en un vampiro y descubrir la razón para todo esto.
-Tal vez sólo somos una especie evolucionada -dijo Anthony- . Eso nos gusta creer a nosotros.
Marion oyó el sonido de gritos en lo profundo, que la desconcentraron de esta charla. Más allá podía oír el trazo del carboncillo sobre el papel. Teófanes había comenzando con su trabajo. Por lo demás, no había escuchado nada más esperanzador en ese lugar encerrado, nisiquiera un aroma diferente. Todo olía a encierro, lo que la hacía dudar de las supuestas salidas que los guiaban desde esa cueva al exterior.
-¿Y qué tiene que ver Eloy en todo esto? ¿O sólo te agrada como compañero, cuya causa también me pregunto? Aquí en la camada nadie tiene compañeros.
-Eloy tiene un gran poder de manipulación, orientación y alcance territorial. Puede hacer lo mismo que Teófanes, pero a mayor escala.
-¿Sus pichoncitos son más pequeñitos? -preguntó Anthony- Es decir, no veo qué tanto pueda caber en un cuerpo como el suyo. Cuando fue convertido era un desnutrido.
-No son pichones -dijo Teófanes desde su mesa. Los demás rieron.
-Pero parecen eso y suenan como eso -dijo otro compañero de la camada- . Gritan como seres torturados mientras vuelan en bandada a la luz de las estrellas.
-¿A qué se refiere? -preguntó Marion.
-A los pequeños perritos voladores en los que se convierte nuestro Teófanes cuando necesita buscar algo. Por supuesto, sólo puede salir a la luz de la luna. Las leyes de transformación siguen aplicándose en este caso, lamentablemente.
-Murciégalos -dijo Marion- ¿Puede convertirse en murciégalos? ¿Toda una bandada? ¿Cómo lo hace?
-Teófanes es el mayor de nosotros, pero no sabe cómo lo hace.
-La primera vez que lo logré estaba a punto de morirme de sed. Creo que eso pudo haber contribuído. No podía moverse y mi último recurso fue convertirme en una bandada de murciégalos para conseguir alimento desde varias fuentes. Esa es... mi teoría.
-No quieras dar tus teorías, Teófanes. Eres buen cartógrafo pero tus fantasías son inauditas.
-Sólo digo que pudo no haber sido una coincidencia.
-El caso es que no sabemos cómo lo hace, porque ahora puede convertirse teniendo el estómago lleno. Teófanes no me escucha, sigue creyendo que la causa fue la que ha explicado.
-¿Por qué no te cortas esa barba de chivo y dejas a Jude hablar? -dijo el vampiro de voz juvenil.
-Está bien. ¿Dónde estábamos?
-Dije que Eloy tiene habilidades que pueden ayudarme a llegar a destino. Él también está interesado en saber cómo llegamos a ser vampiros.
-Cuando sepan el porqué, ¿Qué harán?
-Nos quitaremos una duda de encima. Ese es el propósito.
-¿Y si la causa de nuestra transformación no es agradable? ¿Y si la causa no es justa con nosotros, si se nos castigó injustamente, qué harás?
-Buscaré una forma de volver a la normalidad.
Marion volteó la cabeza en dirección a Jude, incrédula. Incluso ella, siendo una neófita, entendía el que tal cosa fuera imposible, a pesar de la carencia de pruebas. Estaban técnicamente muertos, y la sangre sólo los revivía por un tiempo artificialmente. Era imposible que volvieran a ser lo que eran al nacer.
-A la normalidad -dijo Anthony- . ¿Qué es... la normalidad? No entiendo.
-Sí lo entiendes.
-Esta es nuestra normalidad, Jude -dijo Anthony, levantándose del puso bruscamente.
Tomó a Marion de la muñeca, asiéndola con él bruscamente.
-Ah...
-Esta. Vampiros inválidos, ciegos... Es nuestro castigo. ¿Por qué? No lo sé, pero así son las cosas y... adoro esta vida, Jude. Tengo más libertad y...
Marion le dio un pisotón en el pie izquierdo, notando sus venas llenas, y luego un golpe en la nuca. Anthony yació en el piso inconciente.
-Y más fuerza. Sí, también adoro esta vida. Jude, me voy a buscar a Perry. No sé qué tanto te importa ya que Eloy está perdido junto con él, pero debo encontrarlo. No me sirve de nada quedarme aquí charlando. Ah, y no iré a Francia.
Jude dio un suspiro, en su estado de calma constante.
-Ya entiendo -dijo Anthony desde el suelo- . Quieres devolverle lo que le quitaste a Eloy Dattoli. Siempre ha sido ese tu cometido con todo esto.
-También deseo volver a la normalidad, Anthony, por mucho que digas que esta es mi normalidad ahora. No nací vampiro y nunca voy a abrazar esta vida como tú lo has hecho, porque mi castigo fue desproporcionado.
Jude se levantó del suelo. Marion esperó, impaciente, a que accediera a irse. No podía largarse a ciegas.
-Oh, no me vengas con el mito del Cristo -dijo Anthony- . Y no encontrarás nada en Languedoc que no hayas visto ya. Visitaste el mismo sitio un milenio atrás, Jude, y no encontraste nada. Sólo casas pobladas de humanos que desangraste en un intento por permanecer dentro de la colina de Rennes le Chateau hasta excavar cada rincón, en busca de una explicación que satisfaciera tu creencia de que eres un inocente.
-No estoy diciendo que sea... Soy culpable, he pensado en eso cada día de mi vida, Anthony. Pero han sido mil ochocientos años y no quiero asesinar a más vidas inocentes.
-Muere, entonces. Ríndete. Muchos de nosotros lo han hecho, aunque de esta camada nadie, porque esta camada ha abrazado esta vida como suya. Lo conocemos todo y no dejamos de conocer, y nunca permanecemos en el mismo lugar. Y esa insatisfacción de conocimientos es la que nos ha mantenido satisfechos. En cambio tú, Jude, estás estancado en la misma fecha desde hace casi dos siglos. Eres el vampiro más viejo de nosotros y no te enorgulleces de eso.
Marion tragó. Había pensado como Anthony hasta pocos segundos atrás, pero nadie debiera enorgullecerse de sus asesinatos, si bien no tenían más opciones que cometerlos. El orgullo no debiera ser parte de la matanza, sino la necesidad la madre de esta.
-Creí que ya comprendías -dijo Jude en un grave susurro.
-Te amo, mi hermano -dijo Anthony- , pero no quiero ver cómo te consumes. No te odio, pero desprecio lo que piensas de ti mismo. Sabes que mis puertas siempre han estado abiertas. No tienes que sentirte como un pecador por el resto de tu existencia. Aquí nadie es un pecador.
-Entre las cuatro paredes que conforman tu camada, no. Pero soy preso de mi conciencia, Anthony. Y no me dejará tranquilo.
Oyó su voz flaquear, y Marion tragó, sintiendo algo en el estómago que como vampira no había sentido.
-¿Te irás, entonces?
-Sí. Te daré algo a cambio del mapa.
-No tienes que. Por favor no cometas el error de insultar a Teófanes.
-Aunque Teófanes aceptaría a la señorita. Extrañamos el aroma de una vampireza en nuestras cuevas -dijo otro vampiro.
-Me temo que la señora está casada, Lemej -dijo Jude- . Esperaré a por el aviso de Teófanos en el lugar donde los encontramos. Nos veremos en otra ocasión.
Anthony asintió. Marion notó su respiración cortada.
-¿Por qué convertiste a dos humanos en los últimos dos meses, Jude?
Jude se detuvo, dándole la espalda al que ya parecía ser el líder de la camada.
-Buscaba un compañero para Eloy.
-Entonces no eres su compañero. Pensé que ese era el trato entre ustedes.
-¿Qué utilidad podría tener saber eso para ti? -preguntó Jude, acercándose de vuelta a aquel hombre.
-Las leyes todavía no te tocan, entonces -dijo no obstante Anthony, evitando la pregunta.
-No. Las cosas siguen tal como siempre.
-Diste aviso a los Jueces sobre esto.
-Sí. Pero en cuanto salga de Inglaterra, su jurisdicción ya no me tocará. Como dijiste, Francia podría ser la jurisdicción bajo la cual obedecer.
-Ellos no tienen jurisdicción ante las conversiones, Jude.
-Lo sé. Pero eso puede arreglarse -dijo Jude.
Anthony sonrió.
-Nunca me decepcionas. Siempre haciendo lo correcto.
-Siempre. Hermano.
Jude tomó el codo de Marion, y se fueron de vuelta por donde habían llegado, hacia la cueva-dormitorio.
-¡Te recibiré cuando quieras volver, mi hermano!
-Vámonos rápido o se volverá sentimental -dijo Jude por lo bajo.
-Creo que ya lo hizo -susurró Marion.





¿Qué es la Unanimidad?

Es esa tendencia del ser humano a desear que todos los que le rodean entren en una cajita con una etiqueta que ellos aprueben. Si uno no entra en ese cajita, uno es rechazado socialmente.
Tenemos que destruir esa cajita, porque el ser humano es complejo por naturaleza. Todos somos diferentes y aceptables, a menos que uno sea un sacoehuéa abusivo con tendencias dictatoriales.

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