¿Qué es la Unanimidad?

Es esa tendencia del ser humano a desear que todos los que le rodean entren en una cajita con una etiqueta que ellos aprueben. Si uno no entra en ese cajita, uno es rechazado socialmente.
Tenemos que destruir esa cajita, porque el ser humano es complejo por naturaleza. Todos somos diferentes y aceptables, a menos que uno sea un sacoehuéa abusivo con tendencias dictatoriales.

Buscar este blog

Entrada apasionada

Cómo la Heteronormatividad arruinó a BBC Sherlock

( x ) Acabo de desperdiciar una hora de mi vida viendo un nuevo tvshow llamado "Apple Tree Yard" acerca de gente heterosexual...

martes, 28 de julio de 2015

"Libertar la Oscuridad": Capítulo 24

(Aaniki: para leer los capítulos anteriores, entra a este LINK)

-Te dije que no usaras eso, es una atrocidad.
-Yo creo que me veo estupenda -dijo Marion, modelando frente al espejo, y fingiendo que se miraba.
Movió los pies al ritmo de la música del local, frente a la mujer encargada de ayudar a las señoritas a elegir vestidos.
La tienda contaba con una sección tanto para mujeres como para hombres, pero en aquel momento los dueños se enfrentaban a la mayor confusión de sus carreras, con la convicción de que irían al infierno por estar haciendo aquello. Marion vestía un traje de caballero, con el pelo trenzado y enrollado en la cabeza para verse más varonil. Incluso su nuca lucía más atractica despejada.
-Si piensas que así podrás conquistar a Perry, te equivocas.
-No quiero conquistar a Perry, quiero conquistar a Margarett. No puedo creer que hayas cedido -dijo Marion, volteándose a abrazarlo efusivamente.
-Hey, suéltame...
La apartó de sí, mirándola con asco.
-Debo decir que los vestidos me gustan -dijo Marion- , pero esto es mucho más cómodo. Usar corsé era del todo inútil, y ya va siendo tiempo de que Perry deje de sentirse incómodo al tocarme sin él puesto.
-Te dije que no lo conquistarás, como tampoco convencerás a una chiquilla de que eres un hombre.
-Margarett no es una chiquilla, es una mujer -dijo Marion, acomodándose el sombrero, y jugueteando con el bastón- . Podría hasta ser madre, ya la viste. Está prometida con un hombre, pero ya la haré cambiar de opinión.
-No saldrás de aquí luciendo de ese modo.
-Tranquilo. Nadie notará que soy una señoriña, mio caro amico. Los hombres no tienen dos dedos de frente para notar estas cosas.
Fue de vuelta a la parte delantera de la tienda, mientras la encargada se persignaba.
-Cuánto -preguntó.
Jude dio un suspiro.
Se les fue todo lo que tenían en eso, al menos por parte de Marion. Ahora la vampireza llevaba consigo un bolso donde guardaba su vestido. Jude la siguió sin equipaje alguno en las manos, más abrigado que nunca con la llegada del otoño.
-Creí que andábamos en busca de Perry.
-Perry sin duda vino a Londres. Quería despedirse de Garrett Parrish.
-¿Y por qué tengo que yo lidiar contigo? ¿Por qué no esperamos a que él aparezca y así podemos ir por caminos separados mientras yo me llevo a Eloy conmigo a Francia?
-Tendrás que lidiar conmigo por la eternidad, Jude.
-¿Seré tu lazarillo por la eternidad, Marion?
-No. Este es mi lazarillo -y lo golpeó con el bastón. Jude lanzó una maldición.
Afuera Jude se guió a la luz de los faroles. Había gran movimiento en la calle a pesar del frío, pero Jude, dueño de una vista aceptable, se lamentaba por lo lúgubre de las calles.
-Vamos a un restaurante, necesito algo más caldeado.
-Pero el frío no te molesta.
-Sí cuando tengo las venas llenas. Vamos.
-Ve tú. Yo iré a por Margarett. Pero ni se te ocurra dejarme a mi suerte. Eloy no lo aprobaría.
-¿Podrás llegar tú sola al hogar de esa chiquilla?
-Me las arreglaré.
Jude fio un bufido y la tomó del codo para guiarla.
-Ya me parecía que no podías ser tan desconsiderado.
La calle del sector hacia donde se dirigieron tenía más privacidad que las otras. Sólo pudieron ver a un par de transeuntes arrivando a sus hogares apurados, como si se los llevara el diablo.
-Hace cuantas horas que bebimos, ¿dices?
-Sólo un par. No sentirás sed, a menos que seas secretamente una glotona.
Se detuvieron en la esquina de la calle del señor Arnold. No había nadie fuera de la ancha casona residencial, pero Marion oyó pasos en la cocina, y casi pudo imaginar a la joven allí esperando a por una visita deseada.
-¿Tendrás por casualidad un cigarrillo? Creo que eso me ayudará.
-Te esperaré en el bar. No quiero ver la cara de espanto de esa humana cuando vea tus ojos.
-No tiene porqué ver mis ojos.
Caminó en dirección a la entrada, por la vereda, y Jude quedó atrás. La respiración estaba agitada en su pecho, y cuando tocó el timbre, pensó que todo estaba absolutamente planeado y controlado en ese momento.
-¡Señora...! Señora Whitmore.
Marion sonrió de contento, al ver que Margarett la había reconocido de inmediato. Se acercó a ella y le tomó las manos, tanteando.
-Vine de sorpresa. Por suerte aún estabas aquí...
-¿Por qué luce de esta forma?
-Porque he cambiado mi vida -le dijo, irrumpiendo en la casa.
Chocó contra el perchero del hall, golpeándose en la frente.
-Ouch, qué torpeza... Perry y yo nos fuimos al norte, y hemos tenido todo tipo de experiencias, pero no podía dejarte atrás. ¿Qué tal si vienes conmigo?
-No puedo. Tengo trabajo aquí.
Marion siguió forzando su sonrisa, en la esperanza de oírla cambiar de opinión.
-¿Por qué no se ha quitado los lentes, señora Whitmore?
-Porque no deseo que me reconozcan, aunque tú lo hiciste de inmediato. Por favor, ven conmigo. Cuidaré de ti.
-No puedo, no puedo irme con usted. ¿A dónde iríamos? No tenemos nada con lo que valernos por nosotras mismas.
-No lo necesitaremos. Seremos libres, no tendremos que trabajar, no tendremos que siquiera tener una casa. Viajaremos siempre, tú, yo y Perry...
-¿Con el señor Whitmore...?
-Sí, con él. ¿Qué esperabas?
Margarett se soltó de sus manos, dejándolas resbalar. En la sala de estar se oían voces.
-Margie...
-No puedo dejar a mi prometido para unirme a ustedes, señora Whitmore. Ustedes ya se tienen al uno al otro. ¿A quién tendría yo?
Marion oyó atentamente las voces de la sala de estar, notándolas distraídas en sus propios asuntos, por lo que tomó a esa joven tan exquisita de las mejillas y le dio el beso que había esperado darle nada más llegar.
-Hm...
La empujó en dirección a la cocina, mientras Margarett, nerviosa, tanteaba sin saber donde poner sus manos. Marion cerró la cocina tras de sí, sintiendo aquella pulsión empujándola como esa vez, cuando intentó escapar de Perry y Jude para ir en busca de Agnes. Pero ahora esa pulsión era puramente sensitiva, una urgencia por tocar y besar de la que no se había encargado antes, enterrándola bajo tierra en la esperanza de que desapareciera, puesto que sólo creyó poderla sentir con Agnes.
Recordó a Gia en aquel parque, en la oscuridad. El modo en que su mano voló hasta debajo de su vestido. La imitó, y tras asegurarse que no había moros en la costa, introdujó su mano entre las ropas de aquella joven, alcanzando finalmente aquel rincón suave y húmedo entre sus dedos.
-Ahh...
La calló con un beso, mordiendo levemente su labio inferior, y sintiéndola responder entre suspiros y gemidos. La sintió humedecerse contra sus dedos, y frotó más fuerte, sobre ese punto que sólo conocía bien en sí misma. Pronto arrastró a Margarett hacia el fregadero, y la sentó sobre él, alzando su pierna para que la abriese más, apoyando su pie sobre una silla a un costado. Margarett dio un gemido vivo, y Marion guió su mano tímida hacia sus pechos, y la joven pronto entendió, cuando introdujo su mano bajo su ropa. Con un suspiro, la tocó más rápidamente, sintiendo el apretar de los dedos de su enamorada en torno a su pecho derecho, para luego bajar por su torso hacia su entrepierna.
-Ahm... Marg...
Besó su cuello, dejándola gemir a sus anchas, y tiró del cuello de su vestido para acariciar con sus labios su clavícula. Sintió su mano humedecida bajo su vestido, sintiéndola en llamas contra sus dedos, y la sintió mover las caderas hacia adelante y hacia atrás, dejándose llevar por el impulso.
-Ven conmigo...
Volvió a morder, esta vez su cuello, tanteando. Llevó la mano a su nuca, mientras Margarett confundió su sed por deseo. Marion empezaba a notar la urgencia por conventirla en una con ella, en lo mismo que ella, y sintió su garganta empezar a quemar.
Volvió a coger sus labios, desesperada, e intentó calmarse, calmar sus besos, mientras acababa a Margarett a cinco centímetros del final del corpiño. Sacó su mano más cálida de debajo de la falda y el miriñaque, y se afirmó del fregadero mientras Margarett seguía frotando.
-Marg...
Empujó con su cadera, ayudándola en el movimiento y enterró la frente en su cuello, sintiéndola enterrar sus dedos profundamente, mientras con el pulgar la estimulaba en el frente. Llegó cuando en la sala aún se oían conversaciones, y gimió contra el vestido de la joven, con el cuerpo caliente tras muchos días de frialdad.
Entonces vio que sus gafas se habían caído. Se afirmó con más fuerza del fregadero, con la mano de Margarett trepando hasta su abdomen, y luego por detrás, en su espalda, para atraerla hacia sí.
-Eres tan bella -dijo la joven- … tan bella.
Se inclinó para apoyar el rostro en sus senos. Le desabrochó la blusa, dispuesta a seguir, y Marion mantuvo los ojos cerrados, temerosa de que de pronto alzara la vista y le viera en su putrefacto aspecto. Pero Margarett estaba totalmente ida, y pronto la vio desabrochando su pantalón, tras desatar su cabello dorado. Pero Marion ya no sentía nada. Toda la sangre que había tomado se había ido, y fue incapaz de ver su cuerpo mantener aquella gloriosa temperatura.
-Vente conmigo -le dijo, tratando de hacerla levantarse. Pero Margarett no escuchaba.
-Pronto. Déjeme hacer esto...
-Margie, necesito...
Se mordió los labios, sintiendo la sed brincando desde sus pies hasta su garganta, brincando, clavando, quemando en frío. Y siguió mientras aquella humana le tocaba, tentándola sin siquiera saberlo. O sabiéndolo, de hecho.
-Margie...
La levantó tomándola de la muñeca. La sangre corría muy viva por sus venas, como era de esperar. Demasiado viva...
-Debo irme...
-Dijo que me llevaría con usted. Míreme, por favor...
-No puedo, debo irme...
-¿Por qué no quiere mirarme? ¿Será así si me voy con ustedes dos? ¿Permanecerá con él como esposa y a mí me dejará para sus juegos...? Los oí cuando lo hicieron...
-No, es sólo...
-¡Eso es lo que hará! Richard hizo lo mismo, prometiéndome que me daría un lugar en su vida, pero sólo me quería para jugar mientras le daba a su esposa el puesto de primera dama...
-Margarett, no haré tal cosa contigo...
Y sus ojos se abrieron sin que ella lo quisiera. La cocina siguió oscurísima para ella, pero Margarett ya los había visto, y la prueba era su mudez.
-¿Qué le han pasado a sus...? Oh, por Dios santísimo...
Se alejó de ella hasta chocar contra la mesa. Margarett se abrochó sus ropas y volvió a cerrar los ojos, aterrorizada.
-Necesito mis gafas... -dijo Marion.
-¿Qué es usted? Sus ojos...
-Soy Marion...
-No, usted es algún demonio... ¿O cómo explica lo que le ha pasado a sus ojos? Es cómo si el mismo abismo pudiese vislumbrarse por ellos...
Se abrochó el vestido en la parte superior, horrorizada de pronto de lo previamente compartido, y cuando Marion percibió lo helado de su estado, comprendió que aquella visita estaba perdida. Se agachó en busca de sus gafas, con los ojos empezando a cubrirse de lágrimas sangrientas.
-¡Margie! -llamó la cocinera desde afuera.
Marion se acomodó la levita, escondido el cabello lo mejor que pudo dentro del sombrero y se arregló la corbata de moño. Fue hacia la puerta de la cocina con las gafas puestas. Podía sentir los sollozos aventándose contra su garganta.
-¡Estoy aquí! La visita... ya se va...
Marion abrió la puerta, encontrándose con todos los empleados de la cocina. Tomó el bolso que había dejado en la entrada, y tras cristales oscuros pestañeó rápidamente, tratando de deshacerse de sus lamentos.
-Venía a pagar un favor, mi señora. Gracias -dijo con voz más profunda.
La cocinera le dio el paso y ella salió de la casa inmune.

Fue en dirección al bar que había señalado Jude. Tenía la esperanza de encontrarlo con una botella entera de dosis para ellos solos, pero cuando entró allí y preguntó por él, le indicaron que estaba en una mesa de esquina con tan solo un vaso de agua en frente de sí. Era esa la bebida elegida por el pecador para ahogar sus misiones atrasadas por los caprichos de una discípula.
-¿Qué le ocurrió a tu corbata de moño?
-Una pelea -improvisó, con voz débil.
Carraspeó, temerosa de ver descubiertas sus tribulaciones. Se sentó en la mesa.
-Oh, eres tan mala para las conquistas. Debí adivinarlo.
Buscó su mano por la mesa, enojada, y le agarró la muñeca con fuerza.
-Vio mis ojos -aclaró.
Jude tiró, adolorido. Mientras Marion hacía esto, notó el olor leve de la sangre a la derecha de Jude.
-¿Has traído una dosis? Aunque esta huele como de segunda mano.
-Sí, es de segunda mano, pero te aseguro que no querrás morder al que la contiene. Eloy ha llegado bien tonificado por muchos días de excesos.
Marion alzó bruscamente el mentón, mirando en la dirección en la que pensó él estaría. Pero ante la sopresa de Jude, erró. Marion sólo pudo encontrarle cuando empezó a guiarse por su olor, dándose cuenta de que había equivocado la dirección tal como siempre hacía con Perry. Sólo era capaz de hallar a Perry cuando le oía hablar con su voz tranquilizadora, casi somnífera, o cuando él mismo la encontraba.
Elliott había adoptado la misma esencia imposible, como si no existiera, como si fuera un punto inexistente en el espacio, un fantasma, y comprendió que sus días con Perry debieron ser más fructíferos de lo que habría supuesto. Algo en Elliott le había dado el aviso desde el principi, y un temor horripilante de perder a su esposo, su mejor amigo, se apoderó de ella.
Se levantó de golpe, echando la silla hacia atrás.
-¿Dónde está Perry?
-Afuera -dijo Elliott- . Vomitando.
Marion frunció el ceño.
-Se tomó una jarra entera de... whisky -explicó Jude- , en esperanza de poder emborracharse. ¿Por qué no le detuviste?
Eloy no dijo nada. Marion salió del bar sin oír más.
Perry estaba afuera del bar, sentado en el borde de la vereda. Al contrario de Eloy, no lucía satisfecho con la dosis del día. En su lugar, estaba tomando agua, arenosa al paladar.
-¿Estás más recuperado?
Asintió con la cabeza.
-¿Viste a Jude?
-Sí. No quise presionarlo para que fuera en tu busca -dijo, con sequedad.
Marion se quedó donde estaba, notando lo extraño de su tono. Como siempre, no sintió venir su mano hacia la suya, y se dejó guiar por él ciegamente, hasta tenerla sentada en la vereda al igual que él.
Enredó las manos con las suyas, y la apretó contra sí firmemente, rodeándole con el brazo. Marion se dejó, reconfortada, y descansó sus párpados cuando Perry posó la mano cariñosamente sobre su cabello desordenado.
-¿Cómo te has alimentado?
-Elliott me enseñó a cazar sin matarlos. Maté a un par al principio, pero las cosas salieron bien después de varios intentos.
Perry y Elliott. Ya podía verlos marcharse juntos y amistosos, como compañeros de por vida. Con quién se quedaría ella, no lo sabía, pero empezaba a rendirse de encontrar a alguien adecuado.
-Tengo sed. Vamos a cazar unas presas para nosotros. De paso me enseñas a no vaciarlos.

Elliott los observó cuidadosamente desde el interior del bar, mientras Jude pedía su tercer vaso de agua, ante lo cual el hombre de la barra se mostró elocuentemente curioso. Nadie intentaba escapar del alcoholismo esos días, especialmente si se vivía por esos lares de gente trabajadora.
Había visto a Perry recibir a Marion con la naturalidad de los matrimonios que llevan casados veinte años. La asió de la mano y la hizo sentarse con él, y ella se dejó, deshaciéndose de la máscara rebelde que siempre traía encima.
-Se han ido -avisó a Jude cuando los vio desaparecer calle abajo- ¿Los seguiremos?
-Nunca has sido de los que preguntan si pueden hacer algo o no -dijo Jude.
-Lo digo porque tú pareces el más interesado en mantenerlos con nosotros.
-Volverán. Están perdidos sin nosotros. ¿Qué ocurrió con Perry? ¿Estuvo experimentado con sangre de segunda mano? Nunca vi a ningún vampiro intoxicarse tan feo con licor.
-Es un neófito -dijo Elliott.
Elliott comprendió que Jude veía a Perry en menos, como el dueño de un feudo especialmente grande que ve en menos a uno al que se le han cedido tierras recientemente. Perry no tenía experiencia en la vida, pero lo veía mucho más medido de lo que cualquiera de ellos había estado nunca. Tenía un don, un don para resignarse y fingir bienestar, y comprendió que ese era su talento restante para su vida de vampiro. El suyo era el de poder manipular a quien quisiera, pero el de Perry era ese, el de quien despierta de la locura y la libertad de la niñez para convertirse en un adulto apático. Ese era el camino más lógico.
Y sin embargo, no le gustaba el resultado de aquellas tres noches de lamentaciones junto a la tumba de Garrett Parrish. Perry no había bebido sangre por tres días y no se había separado de esa losa de piedra, adquiriendo el aspecto inconfundible de aquellos vampiros que se dejan morir. Pero a Elliott le había bastado decir el nombre de su esposa para traerlo de vuelta, lo que había dado como resultado esa apatía y tacirtunidad insoportables de los días posteriores. Ya ni siquiera discutían.
Por eso, cuando le vio abrazarla cariñosamente bajo la luz de la farola, temió estar teniendo alucinaciones.
-¿Switz ha vuelto a perder el control? -preguntó a Jude.
-No. Se ha mantenido en equilibrio. Es una excelente cazadora. Nunca se detiene a considerar otras opciones.
-¿Dónde iremos ahora? Espero que no estés insistiendo con Francia. No me gustan los hábitos de los vampiros de esas latitudes.
-Lo sé, pero tenemos mucho que hacer allá. Mucho que averiguar.
-¿Para qué? Sabes todas las razones muy bien de porqué fuiste convertido en esto. Todos nosotros somos pecadores.
-El pecado fue la excusa, pero debe haber algún fin para todo esto, debe haber una razón por la que esto ha durado tanto. No se gastan vidas por el bien del castigo de dichas vidas, Eloy.
Elliott volvió a sentarse a la mesa, y tomó lo que le quedaba a Jude de agua.
-¿Por qué no continuaste tu búsqueda en ochocientos sesenta y ocho?
-Tenía que resolver otros asuntos relacionados con... vampirezas convertidas sin permiso. En ese entonces debía pedirse permiso a los Jueces o a mí para convertir a nuevos vampiros, pero por supuesto, esa regla comenzó a ignorarse gracias al quebrantamiento de la misma.
-No puedes esperar que tantos obedezcan tus inútiles reglas. Somos como los humanos: tenemos libre albedrío -dijo Eloy, mirando por la ventana.
-¿Cómo convenciste a Teófanes de que convirtiera a Teodora?
Elliott sonrió.
-Debes imaginar su parentesco -dijo- . Teófanes odió lo que le hizo el Rey Teófilo. Encerrarla en un convento para no sentirse como una marioneta. ¿Cómo pudo pensar que su madre obstaculizaría su reinado? Ella se limitó a ser regente mientras el odioso chico crecía en una cuna de oro. Y la santificación sólo fue una disculpa para justificar su comportamiento, como si la iconoclasia fuese un gran aporte.
-Jean-Pierre no estaría de acuerdo contigo. El ve el arte como un fin en sí mismo, y si provee de recursos o placer estético a quienes lo hagan y lo contemplen, que se haga, aunque sea social y políticamente inútil.
-O religiosamente inútil, en este caso -dijo Elliott. Debió imaginar que Perry pensaría de ese modo. Era un romántico.
-Religión, política... Son lo mismo. En fin, ¿La santificaron por haber traído el culto a las imágenes de vuelta?
Elliott asintió con la cabeza.
-Esa es una gran excusa. ¿Pero no crees que ella tuvo buenas intenciones?
-Las tuvo, pero la santificación no deja de ser una excusa. Teodora se merecía mucho más respeto que el que le dieron después de morir.
-Bueno, tú te encargaste de que no muriese.
-Y tú de que no fuese una vampireza eterna. Aún no entiendo porqué lo hiciste.
-Estaba celoso. Habías conseguido a una compañera y después de aquella vez seguiste intentándolo. Me habría molestado menos si hubieras conseguido a un compañero varón.
-¿Si hago a Perry mi compañero le perdonarás la vida?
Jude endureció el gesto. Elliott rió por lo bajo, y limpió el vaho del vidrio.
-Ciertamente no. Él no será la excepción. Sabes que yo te convertí, eres mi responsabilidad.
-O de tu propiedad. Has intentado hacer esto con cada vampiro que has convertido, Jude, y aún no entiendes que nadie puede permanecer a tu lado por mucho tiempo. Le quitas los excesos a la vida, y qué es la vida sin excesos.
-¿Le quitarás Perry a la señorita Swerzvelder? Lo dudo.
-No lo haré. Perry ha estado descompensado los últimos días. No tomaré a un compañero medio muerto.
Jude sonrió, y Elliott miró por la ventana, con el rostro sumido en la seriedad.

Jude sospechó de todos modos. Siempre había desconfiado de la aparente indiferencia del vampiro frente a sus asesinatos de congéneres. Jude había matado no sólo a Teodora después de que esta renaciera a la vida vampírica, sino también a Joy. Joy, la guía de la camada de Anthony, había sido manipulada para dejar la vida nocturna en pos de Elliott. Sin embargo, sus esfuerzos para manipularla para hacerla cometer tal error de cálculo no fueron tantos: las peticiones de Elliott para que le siguiera a la luz cálida del sol habían hecho parte del trabajo, ya que el chico era fácilmente venerado. Tenía enemigos pero nadie le atacaba a matar. Algo en él impedía que se acriminaran con su existencia.
Poco después, cuando llegó Perry de vuelta de la cacería con Marion, empezó a notarlo.
Elliott le observaba desde la distancia, y esa distancia pareció acrecentarse con la reunión de los dos tortolitos Marion y Perry. Esa noche volvieron a los túneles, y ambos durmieron abrazados el uno del otro, como si temieran volver a perderse. El observador, por su parte, permaneció, como siempre, en lo más alto de las cuevas, como un vigilante nocturno. No durmió en toda la noche, ni él ni Jude.
Durante el día no hablaban, y mientras se alejaban de Londres hacia los túneles que los ayudarían a cruzar hacia el Reino de Francia, Perry fue el lazarillo de Marion, un lazarillo no obstante más taciturno e inabordable que antes.
-¿Reconsideraste tu vida como vampiro mientras estaban lejos? -le preguntó Jude cuando Elliott se detuvo a revisar el mapa hecho por Teófanes, que indicaba el comienzo de los túneles que llevaban a París, los cuales los llevarían hacia el sur, a Languedoc.
Perry buscó a Elliott con la mirada, con una expresión de extrañeza. Jude supuso que Perry pensaba que Elliott había hablado demás. ¿Qué sabía Elliott de Perry? Sin embargo, no encontró al susodicho.
-No. Pero acepté esta vida como vampiro, ¿no es eso lo que deseabas?
-En efecto, pero con los neófitos nunca se sabe.
Perry le fulminó con la mirada, la cual se había vuelto más y más felina, en un renovado rechazo hacia el mundo.
-Hey... -lo detuvo Jude- Ve a ayudar a Elliott a revisar el mapa.
-No sé de mapas.
-Eres historiador, sabrás encontrar lo que estoy buscando.
-No, porque lo que tú estás buscando son patrañas.
-¿Dices que me he imaginado cosas? Porque yo las viví.
Perry dio un suspiro, y volvió a buscar a Elliott con la mirada.
-Allí -dijo Jude, volteándolo en la dirección correcta- . Ya aprenderás a escapar a su manipulación y a encontrarlo cuando pretendas hacerlo.
Le dio unas palmadas en la espalda, y Perry bajó el mentón, completamente humillado.
Perry había estado días tratando de escapar a esa manipulación, pero Elliott era hábil. Jude vio divertido cómo Perry, tras acercarse a ver el mapa, se inclinaba sobre este y Elliott se alejaba con el desagrado calcado en la cara. Eso contradijo cualquiera de las sospechas que hubiera armado hasta ese momento, y no evitar sentir alivio.
Miró en dirección a Marion, quien se quitaba el sombrero y los suspensores para andar con mayor comodidad. También se soltó el cabello, dejándolo caer sobre su hombro izquierdo, en contra de lo que Perry siempre le recomendaba hacer cuando estaban tan rodeados de polvo suelto: mantenerlo amarrado para que su brillo se conservara.
Entonces la vio dirigir su cabeza en dirección a ambos cartógrafos, y ceder su expresión de ensimismamiento a la de tensión. Siguió atenta a ellos, y Jude supuso que estaría escuchando cada palabra que decían.
¿Qué estaba viendo Jude allí? ¿Celos? Celos de vampiro, los celos más comunes en toda su comunidad, en toda esa pandemia en la que él y sus congéneres se habían convertido. Había una razón por la que se hacían remates de Compañeros en la Ciudad Bajo Tierra en Northampton. Se perdían compañeros tan fácil como una hormiga pierde la vida en medio de las calles de Londres, pero el trabajo más duro era coseguir otro, y Marion estaba aterrorizada ante la posibilidad de que Perry prefiriera a otro compañero por sobre ella, a pesar de todos los días durmiendo pegaditos como tontuelos niños enamorados, o las noches caminando por las calles tomados de la mano. Eran patéticos, y ni siquiera se deseaban el uno al otro, y aún así tenían un miedo extremo a perderse el uno al otro.
Cuando volvió a vigilar a Perry y a Elliott, comenzó a entrever aquello que le estaba sirviento a Marion de aviso: esa complicidad, si bien Elliott no le demostraba a Perry más que desprecio, y que era todo menos recíproco, ya que Perry trataba a Elliott como a un niño. Un niño. Marion tenía miedo de perder a Perry a causa de un niño que podría hacer las de hijo.
-¿Planeaban tener hijos? -le preguntó a Marion mientras esperaban a que los cartógrafos del cuarteto definieran un curso fijo hacia Languedoc.
-Sí. Estábamos intentándolo cuando tú... Bueno.
La vio tomar dos piedras a tientas, mientras mantenía el rostro en dirección a su esposo. La vio tragar, nerviosa, casi desesperada por la conversación que Jude no alcanzaba a oír. Encendió la fogata con unos cuentos roces.
-Tengo curiosidad, ¿De qué hablan Perry y Eloy?
-Eloy sabe que Perry deseaba tener hijos, y ahora se está burlando de él por tratarlo como un reemplazo de eso. Perry no suena contento.
-¿Alcanzas a escuchar todo lo que dicen? -le preguntó Jude- ¿No sientes la influencia de Eloy para que no lo hagas?
-¿Influencia? ¿Qué influencia?
Jude se echó a reír. Perry se volteó a mirarlos, por fin, y se acercó a ellos.
-Eloy no puede manipular a Marion. Creo que serías una excelente compañera.
-Sí puede. Manipuló mi humor al principio -dijo Marion.
-Yo lo hago -dijo Perry, al ver que Marion seguía intentando encender más leños con las piedras.
-Puedo hacerlo.
-Te quemarás las manos.
-Tú también, y tienes más sed que yo. Déjame hacerlo sola -dijo Marion.
Perry se encogió de hombros.
-Parece que iremos a París de todos modos -le dijo a Jude.
-Ya conozco París -dijo Marion- . ¿Qué gracia tendrá si voy de esta manera?
Perry se sentó sobre el piso, mirándola con una sonrisa.
-Te llevaré al Moulin Rouge.
-Es un sitio misógino, Perry.
-No a la sección que te llevaré. No necesitarás tu vista para pasarla bien.
Jude sonrió. Miró hacia Eloy, y vio que trazaba el curso de viaje él mismo, sin todos los titubeos presentados mientras Perry estaba próximo.
-¿De verdad me llevarás? -preguntó Marion, abriendo los ojos como platos. Los globos oculares lucieron desgastados, y Jude miró a otra parte con una sensación de escalofrío.
-Podrías ir sola, pero... soy tu lazarillo -dijo Perry.
-No eres mi lazarillo. No estoy ciega, tengo mis demás sentidos perfectos.
-Ya sabes a qué me refiero -le dijo Perry, haciéndole un cariño en la mejilla.
Jude se alejó de ellos, empezando a sentir asco de todas esas muestras de devoción, como también un poco de celos. Marion no elegiría a ningún otro compañero.

A la llegada del anochecer, sin embargo, se pusieron aún más melosos. Tenían planeado visitar la Catedral de Amiens, pero Perry tenía rechazo hacia las cruces.
-¿Así que Eloy no logra manipularte? -le preguntó a Marion, admirado.
-No creo que sea inmune a su influencia.
-De todos modos, lo que él hace le es tan natural que es involuntario, debes entender que...
-No es involuntario -dijo Marion, riendo- . Creo que comienzas a idealizarlo.
Perry frunció el ceño, y se quedó callado. Marion no notó su nerviosismo.
-Pero si es que sí soy inmune, debe tener que ver con mi vista. Y si soy inmune por mi vista, debieras ser capaz de entrar a una Iglesia con los ojos vendados.
-¿Pero cuál sería la gracia en ello? Me conformaré con ver el exterior, mientras ustedes entran, ya que no hay cruces cristianas en el exterior.
-No, debes entrar conmigo. Debes conocerla de memoria, ¿o no? Dijiste que habías venido a Francia mientras estudiabas Historia del Arte. Vas a enseñarme la Iglesia con los ojos vendados.
Perry rió por lo bajo.
-Creo que de hecho suena como una buena idea.
-Será divertido. Así describirás para mí de lo que recuerdes de ella.
Dentro de la Iglesia, sin embargo, Jude no pudo ver cómo se desvivían en sus intentos por llevarse la misma imagen de la Iglesia en sus memorias. Pudo notar la presencia de otros vampiros en cuanto cruzaron el umbral de sus puertas.
A ninguno le hacía efecto la sacralidad de las imágenes cristianas, en lo cual Jude no vio ninguna lógica. Si todos ellos eran descendientes suyos, entonces debieran haber heredado algunas de sus fobias. Los vigiló mientras se paseaban entre los feligreses. La vampirezas iba a cabello descubierto, como una burla. Un sacerdote no tardó en acercársele ante la vista de ese pelo negrísimo como la noche.
-Por favor, cúbrase, mi señora -le dijo.
-¿Por qué?
Marion, junto a Perry en el otro lado de la Iglesia, se percató de la amonestación, y arrastró a Perry con ella.
-Porque es pecado mostrarse ante el señor.
-Él trae el cabello descubierto -dijo, indicando al vampiro de cuyo brazo iba tomada- . Philip, diles.
Philip dio un suspiro de fastidio.
-No se puede acudir a ti, Philip. ¿Para qué quiero un esposo si no me defiendes? ¿No es eso para lo que sirven si son más fuertes que nosotras?
Marion sonrió fascinada por lo que estaba escuchando.
-Es judía -susurró Perry, quien se había quitado la venda para mirarla. Jude se volteó a mirarlo, curioso por su acertividad. En efecto, la mujer vampira, de cabellos negros y piel morena pálida, tenía todos los rasgos de una de la raza de Abraham, y él, Jude, no podía gritar a más que los cuatro vientos con los atuendos que llevaba que venía de la mismo tribu que ella.
-Yo me encargo, su Excelencia -dijo Jude, acercándose al sacerdote. Luego se dirigió a Perry:- . Ve a cuidarlo.
Indicó a Eloy, quien se hallaba parado al centro de la nave principal, interesado en mirar las decoraciones que había sobre su misma cabeza. Perry besó a Marion en la sien antes de irse, a pesar de ir esta vestida de hombre. Jude le vio acercarse al sector del laberinto blanco y negro que adornaba el suelo justo en el centro de la cruz que formaba la Iglesia, en cuyo centro se encontraba Elliott, pisando la placa octagonal que daba homenaje a los arquitectos. Perry se encontraba fuera del laberinto octagonal, y mientras evitaba mirar las cruces que plagaban la Iglesia, se miró los pies y comenzó a trazar el camino hacia el octágono del centro.
-Debe colocarse algo sobre el cabello -le dijo a la mujer, apartando la vista de ellos.
El hombre que acompañaba a la vampireza pareció molestarse ante su intervención.
-¿Por qué? No creo en ninguna de estas imágenes.
-Somos dos. ¡Tres! -Indicó a Marion, quien sin embargo llevaba el velo puesto.
Esta miró a la joven en cuestión, y esbozó una expresión de confusión al ver el atuendo de hombre que llevaba.
-No tengo uno, lo siento. Pero podrías prestarme el tuyo.
-Me protege de los rayos de luna, y tiene más antigüedad que yo, por lo que no me es posible cederlo -dijo, indicando el manto que llevaba en los hombros, y que según Perry volvía sus movimientos más tiesos y mecánicos incluso que los de un vampiro sediento.
-Es lana de oveja. No sirve mucho en las latitudes en las que estás, Judas.
Jude alzó las cejas, sorprendido por su conocimiento de su identidad.
-¿Cómo me conoces?
-He visto unas cuantas ilustraciones tuyas en la Ciudad Bajo Tierra. Exageran un poco la realidad, debo decir. Eres menos esbelto en persona.
-Estas ropas son pesadas. ¿Dices La Ciudad Bajo Tierra?
-Sí. Paratiroume. Nuestra Ciudad Bajo Tierra. No es tan amplia como la de Northampton, pero no necesitamos tanto espacio. No tenemos prisioneros.
-Por supuesto que no.
-¿Han fundado una ciudad aquí también? -preguntó Marion.
-Sí. Era necesario para sobrevivir, aunque aún no sucumbimos a las reglas.
Jude sonrió ante la visión de aquella mujer. No era sólo bello lo que lucía en la superficie, sino lo que salía de entre sus labios. Era el equivalente de Marion, y sintió una guerra comenzando a llevarse a cabo bajo su piel.
Sin embargo, en ese instante Marion fue todo menos su equivalente. Estaba temblando de interés por aquella mujer.
-¿Cuál es su nombre? -preguntó Jude, haciéndole a la joven de cabello dorado el favor.
-Persefone -dijo, ofreciendo su mano a Jude.
Visto esto, Marion no tenía posibilidades. Cuando besó la mano de la vampireza, que lucía más lisa que la suya, pudo ver su rostro más de cerca. Sus mejillas pronunciadas y redondeadas le daban un aspecto juvenil, pero la madurez de la que estaba ataviada no sólo por sus años vampíricos le daban un inigualable aire de respeto. Cuando fuera convertida, debió alcanzar los treinta y cinco años, y lo esbelta de su figura, añadido a que iba derecha y voluptuosa, bien vestida y sensual, le avisaron de no presentarla ante Perry si quería tener algún encuentro exitoso con ella. Empezaba a ver la desventaja en tener a alguien como Perry en la camada: atraía todas las miradas.
-¿De dónde proviene? -preguntó Marion, inoportuna- ¿Es Persefone su nombre real? ¿Cuántos años...?
-¿Eres neófita? -preguntó la tal Persefone. Jude sonrió levemente- No pareces muy familiarizada con los ritos de educación.
-Ahm...
Marion miró a Jude en busca de ayuda. Entonces dijo, tomándolo por sorpresa:
-Creí que no le gustaban las reglas.
-A ti te agradan. Puedo ver el color de tu cabello, pero aún así está cubierto. ¿Estás casada o algo parecido?
-Lo estoy.
Persefone miró a Jude. Él se limitó a negar con la cabeza.
-¿Tienen más compañeros? -preguntó, extrañada.
Marion indicó el banco donde Perry y Eloy se encontraban ahora, al otro lado de la nave principal, ansiosa por complacerla, y Jude vio con fastidio, cómo en ese justo momento Perrry miraba hacia ellos. Vio la expresión de Persefone cambiar al instante, y su brazo deshacerse del de su compañero.
-¿Son sólo cuatro?
-Sólo cuatro -dijo Marion.
-Son menos de los que creí. Juraría que había sentido a más vampiros por aquí.
-Eloy y yo tenemos bastante edad, pero Marion y su esposo son neófitos. Tal vez eso te provocó confusión.
-Sí eres una neófita, entonces -dijo Persefone a Marion, burlesca, no obstante sin quitarle a Perry la mirada de encima- . ¿Cómo se llama tu esposo?
-¿Qué?
-¿Que cómo se llama tu esposo, no me has oído?
Jude no pudo evitar sonreír de nuevo. Le agradaba la insolencia de esa mujer, especialmente después de semanas soportando a la sabelotodo de Marion. No entendía cómo Perry podía encontrarla encantadora, a no ser que fuera por esos lapsos de ternura en que veía a Marion sonreír ante los cariños de Perry como si fuera su padre quien la mimase, o su gato viejo. Perry tenía poder sobre ella, de eso no había duda, y empezó a odiar al hombre en serio. Ni siquiera lucía tan joven.
-Su nombre es Jean-Pierre, pero él prefiere que lo llamen Perry -dijo Marion.
Jude la miró sin entender. Se lo estaba ofreciendo en bandeja, o eso parecería si no estuviera al tanto de que Marion conocía las preferencias de su esposo.
-¿Perry? Parece un nombre de mascota. ¿A qué se dedica?
-Es profesor de Historia del Arte...
-Perfecto.
-Pero...
Persefone pasó por el lado de Marion sin escucharla, y fue en dirección al banco al otro lado de la Iglesia. En ese momento, Jude no podía encontrar atractivo alguno en Perry, si bien algunos días acertaba en qué sombrero llevar.
Vio a la espectacular Persefone cruzar la nave principal de la Iglesia de Nuestra Señora de Amiens hacia los bancos del costado, en el extremo izquierdo de la cruz latina que formaba toda la construcción, convirtiendo a Perry en una ironía del destino con su fobia por las cruces. Cuando la vampireza llegó donde él, para ese entonces el sacerdote había huído de sus intentos de hacerla usar el velo y, a la poca presencia de más público a esas horas pasado el crepúsculo, nadie se levantó en protesta.
El vampiro que la acompañaba fue tras ella casualmente, aparentemente acostumbrado a tales actitudes tan directas de parte de su compañera, y se quedó junto a uno de los pilares con arcos ojivales.
-Tengo una duda técnica -dijo Persefone tras llegar al banco donde Perry y Elliott estaban sentados tranquilamente. Se paró detrás de ellos.
-¿Disculpe? -dijo Perry, volteándose.
-¿Puedo sentarme? -preguntó.
Él asintió.
Marion se acercó a escuchar, sin poder creer lo que estaba ocurriendo. Aquella vampireza deseaba cambiar de compañero. Jude mismo le había explicado los patrones de comportamiento de los vampiros cuando era eso lo que pretendían, y esa mujer era más obvia que los demás.
La señorita Persefone se sentó a centímetros de Perry, con su cabello acomodado tras el respaldo.
-¿Cuánto tuvieron que cavar para hacer los cimientos de esta Iglesia?
-Casi diez metros -dijo Perry, escueto.
Elliott permaneció allí, ante la exasperación de la mujer.
-¿Y cuánto te llevó salir de tu estado de descontrol neófito? La verdad es que estoy impresionada.
Perry se volteó a mirarla, y frunció el ceño, al darse cuenta.
-Pensé que eras humana.
-Tuve una cena bastante satisfactoria hace nada más... -Se miró el reloj de bolsillo, un reloj que sólo hombres llevaban normalmente- una hora.
-Y luego vino a la Iglesia.
-Sí. Con mi compañero, Josué.
Perry miró a donde ella indicaba, buscando a Josué. Entonces vio a Jude y a Marion esperando en otro lugar de la Iglesia. Persefone esperó, impaciente, para luego verlo volver la vista al frente, con la vista baja. Evitaba mirar las cruces, como los vampiros que había visto en Israel, y eso le provocó aún más curiosidad.
-¿Su esposa es su compañera también?
-Sí. Es lógico -dijo Perry, extrañado- . ¿Habló con Jude?
-Sí. Lo reconocí por ilustraciones. Es bastante famoso en el mediterráneo.
-O entre los vampiros de Francia, pero a mí me es común y corriente -Elliott se volteó a mirar al guapo Jean-Pierre Whitmore con curiosidad, y más que nunca, Persefone deseó que se largara de sus presencias- . Él nos advirtió que nos encontraríamos a más de nuestra especie, pero no creí que sería tan pronto.
-En Amiens hay muchos de nosotros, pero no se compara a París. Es el centro de la civilización. ¿Ha ido a París?
-Sólo una vez. No tuve mucho tiempo para verlo todo.
-Eso puede cambiar.
-Viajamos los cuatro solos, y si desea invitarnos, hable con Jude sobre ello.
Persefone le miró extrañada. No era un hombre autoritario. Eso le agradó.
-Lo haré. De hecho, tengo pensado invitarlos a mi casa. Yo y Philip, mi compañero, tenemos una residencia en París. Podemos llevarlos si quieres.
-Me temo que París sólo será un lugar de paso. Nuestro destino es otro.
-¿Van a Orleans?
-No tengo permitido dar esa información.
-Dios, está totalmente a merced de su creador. Porque supongo que fue Jude su creador.
-Lo fue.
Persefone asintió.
-Tiene suerte. Yo soy de tercera generación, pero mi creador fue convertido por Jude.
-Prefiero no llamarlo creador -dijo Perry- . No es algo que me guste recordar.
El sacerdote de antes se acercó a hablar con ellos.
-Las puertas de la Iglesia están por cerrar.
-Pero deseamos rezar un poco más -Persefone protestó.
Elliott ya se había levantado, y Perry le siguió atento.
-Y tú, ¿eres un discípulo de Jude? -preguntó Persefone al joven.
-No -dijo él, mirándola con más atención mientras se dirigían a la entrada. Marion, Jude y Philip se les unieron, y Marion fue de inmediato en busca de la mano de su esposo. No obstante, por equivocación tomó la de Elliott, dejándolo un tanto sobresaltado.
-Lo siento.
Perry sonrió enternecido ante esto, y Persefone por fin enmudeció.





miércoles, 22 de julio de 2015

"Libertar la Oscuridad": Capítulo 23

Daba un trago tras otro, con los dientes prácticamente enterrados en la carne rosa. Elliott le sostenía la nuca, preparado para avisarle cuando fuera conveniente soltarlo, a la vez que Perry le sostenía a su víctima la muñeca. Podía sentir el pulso vivo a través de ella, pero a Elliott le bastaba mirar la piel del atacado para saber cuándo sería justo el dejar de beberle la vida.
-Ya...
-Hm...
-Suéltalo.
Perry apretó los párpados, incapaz de soltar, mientras sentía la presión de los dedos de la mano de Elliott en su nuca, tirando. Pronto se vio obligado a apretar con más fuerza, deshaciendo el contacto divino que le había significado tomar sangre directo de la fuente. Sangre fresca, cálida, que le recordaba la sensación tan conciente del sol sobre su piel en verano.
-¡Casi lo matas!
Perry se enderezó, presa de la furia, y vio a Elliott tomar a la víctima de las mejillas. Le miró fijamente, desde lo alto, y Perry temió por fin por la vida de ese inocente. Había estado a punto de matarlo, y la presión que hacía Elliott sobre el casco de aquel hombre parecía también capaz de aniquilarlo. Se acercó, temeroso, y tomó a Elliott de los brazos, posando las manos bajo sus hombros. Sin embargo, Elliott siguió mirando con esos ojos tan locos al hombre que yacía bajo suyo. Perry pudo sentir esa fuerza conectándolos, hasta que este pareció caer en la inconciencia, y Elliott le soltó relajando su cuerpo de aquella tensión.
-Suéltame... -dijo Elliott, notando que Perry parecía dispuesto a recibirla exhausto en sus brazos.
Perry se apartó, manteniéndose agachado, y miró con curiosidad a Elliott mientras se recuperaba. Notó lo mucho que había bajado su satisfacción de sangre tras esa sesión de hipnosis. El hacer a las víctimas olvidarlo se llevaba nuena parte de la sed aliviada. Era una ironía. Tomaba algo de ellos, pero luego ellos volvían a quitarle vida de vuelta.
Comenzó a ver injusticia en ello, puesto que Elliott no había elegido esa vida.
-Vámonos. Estoy lleno -dijo.
Sin embargo, estaba mucho menos satisfecho que Perry. Lo ayudó a levantarse.
-¡Te dije que me sueltes! -le masculló, mirando al suelo.
Pasó a su lado trastabillando a causa de las venas llenas, mientras Perry le seguía con la mirada, confuso.
-Debemos seguir buscándoles. ¿Conoces alguna manera de hacerlo? -le preguntó al chico.
-No. No conozco una forma.
Se internaron en los bosques que precedían a Oxford. Esperaban poder pasar por Londres, donde según Elliott Jude había tenido fijado ir. Una vez allí, Perry buscaría a Garrett para explicarle las cosas, cosa que no había discutido consigo mismo. No había manera de que Garrett creyese su historia de que era un vampiro. No había manera, y esto lo angustiaba. Había pensado mentirle en lugar de decirle la verdad, pero aquello también le parecía poco viable. No quería dejarlo engañado por el resto de su vida, y sin embargo, desearía, en vez de despedirse, quedarse con él para siempre.
Esa noche volvió a pasar las horas despierto. Elliott se quedó en lo alto de un árbol, solitario, pero a la medianoche le sintió vigilarlo de nuevo. A veces lo hacía, y no le había preguntado aún el porqué. Tal vez era a causa de una mutua desconfianza.
-Hay una camada de cinco en el río, más al sur -le oyó susurrar cuando faltaban tres horas para el amanecer.
-Nos faltan dos millas para llegar al río -dijo Perry, con la cabeza apoyada contra el árbol.
-Podemos preguntarles si han visto a Jude -dijo Elliott, bajando.
Aterrizó a su lado, haciéndole dar un salto. Perry se levantó, y apesadumbrado, le siguió hacia el sur.
Cuando se asomaron entre los árboles, vieron que la luna había salido, y que cinco cuerpos desnudos se bañaban a la orilla, uno de ellos más al centro. El agua lucía azulada y más cafesosa en los bordes, por el fondo arenoso, pero Perry sólo pudo tener ojos para el vampiro que había a la orilla del río.
A su lado, Elliott se quedó quieto, admirando aquella escena que recordaba a la de tres faunos y dos ninfas divirtiéndose a la luz de la luna. Las pieles resplandecientes de las vampirezas parecían brillar a la luz del astro, y una de ellas tomaba y besaba a su compañero cada tanto, alcanzándolo a través del agua. La mano de ella se perdía por su torso más moreno hacia las profundidades del agua, y Perry sentía su sed satisfecha siendo llamada a ser renovada con ellos. Pero parecían todos perdidos en ellos cinco, poco inconcientes de amenazas, concientes no obstante de la naturaleza casi virgen que los rodeaba, del fango al fondo del río, los árboles que por el agua eran tragados, o las lianas que amenazaban con cazarles los tobillos sumergidos. Sólo cuando Perry se asomó de entre la penumbra, dejando a Elliott atrás, el vampiro de la orilla se volteó a verlo.
-Los vientos del norte traen neófitos -dijo este- . Pero miren el control de este.
Los demás se voltearon a mirar a Perry. Uno de los vampiros que nadaba se detuvo y se echó a reír.
-Ven. La luna no te daña.
Perry frunció el ceño.
-La luna deja ciegos a los vampiros de noche -dijo Elliott a su lado- . A ti no te hará nada.
Perry contempló a esas apariciones, y el hombre que le había hablado fue a darle la bienvenida.
-Sólo los neófitos pueden disfrutar de esta luz nocturna -dijo el vampiro- . Sumérgete en el agua, esta bendita. No va a rechazarte ya que no eres un monstruo.
-Busco a mis compañeros -le dijo, con voz queda.
-Relájate, hoy no buscas nada. Tú ven, también -llamó a Elliott.
Elliott se negó, quedándose sentado junto al árbol, pero a Perry sí lo sumergieron en el agua, tras quitarle las ropas.
Le lavaron a la luz de la luna, y estuvieron allí sumergidos hasta que esta fue tapada por las nubes. Entonces los vampiros salieron, dejando a Perry en soledad, y dejando que el agua quedase contaminada de la sangre que Perry había tenido sobre su piel manchándolo. Sin embargo, también salieron a causa la nula respuesta de él ante las vampirezas que le rodearon.
-Tu castigo está aclarado por tu pecado, hermano -le dijo- . No te sientas avergonzado ahora que has recibido tu sentencia. Pero no peques más.
Y se alejaron, como santos corriendo de la plaga. Perry se quedó sentado a la orilla, con el agua cubriéndolo hasta medio torso, acariciándole con el constante subir y bajar de la marea. Comprendió que jamás pagaría sus culpas, puesto que no se sentía culpable de nada, no si lo que sentía por Garrett era tan puro. Entonces, ¿Por qué seguía sintiéndose descompensado ante aquella situación? Tal vez era el hecho simple de no haber sido satisfecho por el vampiro al que por un momento creyó esperándole en la orilla, con aquella mirada penetrándole?
A su lado, Elliott se desnudó para bañarse, aclarando la duda sobre el porqué de su rechazo a unirse al grupo que ya se había marchado. Era la desconfianza presente.
Perry le vio sumergirse en pocos segundos, tras testear el agua con sólo sus pies sumergidos, como si la temperatura fuese a importunarlo. Lo próximo que vio fue un cuerpo delgado y fibroso perdiéndose bajo la superficie que apenas alcanzó a distinguir.
Le vio volver a la superficie luego de varios minutos, dejando ver la marca en su hombro, una marca que parecía del ganado, pero con la forma de una cruz y círculo sobre esta. No hizo preguntas, y pronto se sumergió en sus propios pensamientos, siguiendo la el movimiento de la corriente sobre el agua, que indicaba el punto exacto donde Elliott se encontraba.
¿No sería posible ser compañeros de tres personas? Debiera ser posible. Además Elliott desdeñaba a Jude, por lo que estaba solo en medio de todos. Solo desde siempre.
Desde el primer momento que lo había visto, había querido protegerlo. Quizá este había sido sensato al advertirles que no le tratasen como el hijo que nunca habían tenido, pero lo cierto era que quizá no pudiera cumplir con esa promesa. Se preocupaba por Elliott casi tanto como por Marion, y eso sólo podía responder a un impulso en una vida tan llena de indiferencias como esa, teniendo Elliott la edad que tenía. Tenía mil ochocientos años, pero se comportaba constantemente como un chico de dieciocho, perdido, furioso, frustrado por sus circunstancias, por siempre condenado a sentirse rechazado por el limbo que significaba no ser o un niño o un adulto.
Le vio salir del agua lentamente, respirando como si no le quedase aliento. Se recostó en la orilla, con medio cuerpo dentro todavía. Perry vio el rastro de ondas que dejó atrás, en ese río que de pronto se había tranquilizado. Le oyó respirar en la noche, como un ser humano, y envidió su furia contra el mundo. Al menos tenía sentimientos fuertes como ese, mientras él se secaba en vida, rendido ante la perspectiva de dejar ir a Garrett.
-Necesito mentirle -dijo. Elliott sabía a qué se refería, ya que se lo había mencionado- . No podré decirle la verdad.
-Miéntele y hazle odiarte -dijo Elliott.
-No va a creerme.
-Te tienes en muy alta estima. Crees que él confía ciegamente en tu estima.
-No le he dado razones...
-Le has dado más que suficientes. Ustedes hombres son tan hipócritas. Acabas de desear a un hombre que no conoces a la orilla de este río, y ahora te lamentas por tu amor perdido...
Otra vez le hablaba de traición.
-Nunca lo entenderás. Si hubieras crecido un poco más...
-Tengo mil ochocientos años, he vivido suficiente.
-No, te quedaste estancado. No lo ves pero sientes de la misma forma que a tus dieciocho.
Elliott no respondió ante eso. Perry se volteó a mirarlo, y lo vio demasiado delgado contra la orilla fangosa. Al respirar para oler los árboles, sus costillas tendían a marcarse, y las cláviculas visibles bajo su largo cuello. Con aquel aspecto de fragilidad se preguntó por su poder de movimiento, por su sed satisfecha a vasos llenos. ¿Dónde guardaría tanta energía robada? No podía entenderlo. Y no podía entender cómo después de mil ochocientos años seguía en pie, viviendo el día a día como un autómata, constantemente enojado con el mundo, pero insistente en no robar una sola vida. ¿Cómo alguien podía odiar su propia existencia y entonces ser benevolente con sus víctimas?
-Pero eres mejor que todos nosotros -le dijo- . A pesar de tu furia con la vida.
Elliott se incorporó. Se abrazó las piernas, con un gesto de incredulidad.
-¿Por cuánto tiempo le has amado? -preguntó, reticente de mirarlo.
Perry sonrió, agradecido. Su delgadez dejó de provocarle escalofríos.
-Le conocí hace cinco años en medio de la vereda. Chocamos y estuvimos a punto de discutir. Luego me invitó a cenar.
-¿Cómo supo que tú...? Es decir, no es algo que salta a la mirada.
Perry sonrió divertido ante esa mención. En ningun hombre con sus gustos saltaba a la mirada. Estaban escondidos.
-Él dijo que lo notó de inmediato. Me ahorró mis pobres y usuales intentos de congeniar con la gente que me interesaba. Garrett fue más directo y ahorró mucho del trabajo que a personas comunes les lleva invitar a alguien a cenar. Diría que a veces es mejor ir lentamente, pero eso no nos hizo falta. La atracción fue inmediata.
-Los hombres siempre van rápido. Carecen de autocontrol.
-¿Cuál es el atractivo del autocontrol, Elliott? La vida es corta.
-No para mí. No para nosotros. Siempre tendremos tiempo para hacer las cosas bien, pero nunca lo hacemos.
-Cuándo Jude te convirtió, ¿dejaste a alguien importante atrás? -dijo Perry, ignorando su negatividad.
Él negó con la cabeza.
-¿No había ninguna chica?
-Eran tiempos diferentes. No podías acercarte a ellas a menos que fueras su familiar o estuvieras casado con ellas. Nunca toqué a ninguna.
Perry tragó, notando su frustración. Parecía recordar lo miserable de su vida como si hubiera pasado ayer. Debía revivir todo lo que no había hecho y pudo haber hecho cada día, torturándose por la eternidad.
-¿Nunca... tocaste a nadie?
-No -dijo negando con la cabeza.
Fue escueto, pero eso no impidió que Perry se lo quedase mirándose, percibiendo el torrente de emociones y recuerdos reflejándose en un rostro tan transparante y delicado como el que Elliott poseía.
-Fueron otros lo que lo hicieron -dijo entonces. Perry frunció el ceño, sin entender- . A cambio de sangre, hice cosas inimaginables como neófito. No estaba en control de mí mismo, pero me supieron controlar como a un perro, sin riesgo de convertirse en víctimas.
Le vio tragar. Su pequeña manzana de Adán se movió levemente, y sus hombros parecieron crisparse, frágiles, rehuyendo la luz de la luna o cualquier caricia de la naturaleza que los rodeaba. Vio esa armadura que constituía toda su personalidad, la desconfianza, la innecesaria y poco util lejanía...
-¿Quién? -preguntó.
-Un romano. Había muchos por allí en esa época.
-¿Dónde? ¿De dónde vienes?
-Israel. ¿Jude no te dijo?
Perry negó con la cabeza. Sin embargo, no fue eso lo que le dejó mudo, sino el hecho de que Elliott parecía estar asegurando haber sido el esclavo de alguien más, alguien que le tocaba cuando quería a cambio de sangre.
-Lo siento.
-Está bien.
-Habría sido más cuidadoso si hubiera sabido. Es sólo que... pareces tan solo y Jude me dejó a cargo de ti.
-¿No deberían ser al revés las cosas? Soy tu guía, ¿lo recuerdas? Y no te preocupes. Tú pareces... una buena persona -Perry asintió, agradecido, no obstante tenso- . Aunque cuando actúas de ese modo frente a personas que te interesan, de pronto recuerdo que... eres un hombre..
-¿De qué modo actúo?
Elliott mantuvo la mirada al frente, pasándola sobre el agua hacia su izquierda, como si quisiera dirigir sus ojos hacia él y no se atreviese por completo. Perry se sintió tremendamente incómodo ante la sola insinuación de ese chico de que lo veía como una amenaza.
No respondió. Pasaron los segundos y el chico siguió callado. Perry decidió levantarse y vestirse, incómodo.
Había errado tantas veces, si consideraba sus palabras. En esas tres semanas de búsqueda y enseñanza en el arte de cazar, Perry había cometido tantos errores con Elliott, ayudándolo a levantarse, tomando su codo cuando necesitaba que se detuvieron o palmeándole la espalda cuando se sentía agradecido. Era el modo en que trataría a un chico en la Universidad, cercano pero lo suficientemente lejano para no levantar barreras. Pero Elliott había sentido la incomodidad por el recuerdo de una vida en lo más bajo de la sociedad. Una vida como cuerpo semivivo recibiendo el azote de un hombre hambriento. No quiso pensar en el dolor, en el conocimiento de que los vampiros podían sentir dolor tanto como los humanos, o la humillación, y el lento revivir de su autocontrol mientras abandonaba su conciencia indiferente de neófito, que le había permitido caer tan bajo sin sentir más que alivio por ver su sed satisfecha.
Por eso le vigilaba por las noches, por eso no dormía. Temía que él llevase a cabo los mismos azotes, las mismas sesiones de dolor.
-Actúas primitivamente, como un depredador -explicó a sus espaldas, mientras se estrujaba el pelo- . Jude mostraba los mismos signos, pero alrededor de mujeres. Eso me dejaba fuera del mapa.
-Te veo sólo como un chico, Elliott -le aseguró, sintiendo nauseas.
-Las cosas pueden cambiar -dijo este- . No voy a dejar de estar alerta sólo porque tú digas con seguridad que no me querrás como otra cosa. No dejaré que nadie me posea de nuevo.
Perry se volteó a verlo. Parecía firme en sus palabras, y de pronto sintió pena.
-¿Qué ocurrirá cuando quieras tocar a alguien?
-No soy un monstruo.
-No serás un monstruo, Elliott.
Se hincó junto al árbol, dejándole ver que estaba vulnerable en comparación. Sólo así podría decirle lo siguiente.
-Elliott, eres asombroso.
-¿Qué...?
-Un vampiro compasivo. No hay nadie como tú y un sentimiento como el que tú sientes por tus víctimas conlleva otros sentimientos más poderosos. Pero si sigues cerrándote vas a volverte más frágil de lo que eres.
Vio su rostro pálido corromperse de esa calma a un determinante rechazo.
-No soy frágil. Podría matarte si lo deseo.
-Lo sé. Y puedes manipularme también, hacerme creer que merezco la muerte, hacerme creer que merezco incluso ser un esclavo, pero sé que tú no harías tal cosa.
-No me idealices -susurró- . Soy un vampiro, una criatura nocturna que roba la vida de otros.
-No, eres una persona que aún está capacitada para amar. Y si amas, si llegas a amar vas a querer tocar a quien amas, ¿me entiendes?
-No lo haría. Eso me haría un monstruo, ya lo dije...
-No. Porque esa persona querrá tocarte de vuelta.
Elliott le miró pasmado, y dio pasos para atrás, lejos de él. Perry se levantó, sin entender, haciéndole retroceder aún más.
-No querrá. No soy bueno, y nunca he querido serlo. Soy un vampiro y lo soy porque fui castigado.
-Nadie merece esto, ni siquiera Jude -dijo Perry.
-Jude cometió traición contra alguien que amaba. ¿Cómo actúa el amor para ti en esos casos, Perry?
Perry tragó. No supo porqué la mención de su nombre en la voz de él le perturbó de ese modo.
-El que ama no traiciona, Elliott.
-Pero Jude no es tan vil como otros.
-Eso no importa. Jude no amaba, y creo que ese fue su pecado.
Elliott negó levemente con la cabeza, confundido.
Desconfiaba de él a tal punto que Perry podía sentirlo transmitiéndole ese rechazo con aquel maldito poder manipulador que la naturaleza vampírica le había otorgado. Podía sentir ese rechazo en cada célula, pero Elliott parecía estar dudando.
Vio sus pies descalzos contra la tierra y el pasto, y comprendió que tendría que llevar a Elliott con Jude ileso, ya que en ninguna medida podría dejarse hacer lo contrario. No sentía compasión hacia los humanos tanto como la sentía hacia aquel chico.
-Debes lavarte -le dijo, acercándose.
-Puedo solo -dijo.
Volvió a la orilla del río, donde se remojó los pies. Sus zapatos colgaban de sus manos, y Perry, viendo la inutilidad de ese acto, se acercó al joven vampiro y se hincó junto a él.
-Te dije que podía matarte si lo deseaba -dijo, rehuyendo su tacto.
Perry no lo escuchó, y tomó uno de sus pies dejándolo en desequilibrio. Elliott no tuvo más opción que apoyarse en el hombro de Perry, quien le lavó cada pie restregando la planta hasta que toda la suciedad se hubo despegado. Luego los secó con el interior de su chaqueta y se los calzó, abrigándolo en esa noche fría de verano, que empezaba a menguar hacia el otoño.

Volvieron a ver a la camada de cinco vampiros las noches siguientes, mientras de día se perdían de vista. Perry evitó el contacto con ellos, a pesar de su deseo de entablar amistad con el vampiro con el que había hablado, en esperanza de cambiar su opinión. También evitó satisfacerse de sangre por completo, dada su tendencia a sentir sus instintos más humanos despertar. No quería incomodar a Elliott.
Sin embargo, al llegar a Londres y verse rodeado de seres humanos incluso por las noches, comenzó a sentir ese instinto tocar su puerta. Su cometido allí era el de visitar a Garrett, haciendo su papel de humano a la perfección para no levantar sospechas, y temía que sediento y satisfecho por igual fuera un riesgo para la vida del hombre que amaba. No quería ponerlo en peligro. Por ello, se preparó con días de anticipación, calculando la dosis perfecta, como también una garantía.
-Debes ir conmgo. Jude me dejó a cargo.
-Dudo que hayan sido esas sus palabras -dijo Elliott, mientras miraban por la ventana del segundo piso de un negocio de trajes de gala.
Habían logrado localizar no a Garrett, pero sí a su prometida. La joven estaba al frente del negocio charlando con una amiga, ambas con sendas sombrillas sobre sus tez delicadas. Un carruaje pasó por delante, tapándoles brevemente la vista de su vestido de cola ancha y corsé apretadísimo. Iba de un morado oscuro, demasiado oscuro para un día que aún se asomaba brillante.
-Te lo ruego -le dijo Perry, con firmeza pero amabilidad- . Si pierdo el control con él...
-No le morderás, acabas de beber...
-No me refiero a eso..
Perry se alejó de él, al ver a un caballero pasar cerca. Elliott se acomodó los lentes redondos.
--Vamos, o la perderé de vista.
Bajaron a la calle y una vez allí la vieron subir al carruaje en cuestión. Perry corrió tras él, alcanzando a pedirle al cochero que se detuviera. Desde el interior sin el techo expandido, la prometida de Garrett les miró con desaprobación. Perry habló con el cochero mientras Elliott contemplaba aturdido su cabello rojo.
-Creí que este carruaje era de un sólo destino -dijo la joven al conductor.
-¿Señora Parrish? ¿No me reconoce? -la llamó Perry.
Agarró a Elliott del codo para que se subiera junto con él.
-Me temo que sí, usted es el amigo de Garrett.
-Pretendía ir a casa de ustedes, pero me di cuenta de que no sabía donde vivían. He estado fuera de Londres. Él es Elliott Dattoli -le presentó al joven- , un alumno mío.
La joven esposa miró a Eliott con cierto desconcierto, y luego a Perry, callada. El carruaje comenzó a moverse, y la joven movió la sombrilla de manera que cubriera su rostro correctamente. Su mirada era penetrante y Perry se sintió de pronto intimidado. No parecía todo lo encantadora que se había comportado la primera y única vez que la había visto, del brazo de Garrett, a quien sonreía toda enamorada.
-Elliott -llamó al chico, que parecía distraído- , ella es... la señora Parrish.
-Ann Diamond, un gusto -le dijo a Elliott.
Él hizo una pequeña inclinación con la cabeza, alucinado con el aspecto de la joven. Perry tuvo el impulso de tronar sus dedos delante suyo, pero el detenerse en el nombre de la joven lo hizo titubear.
-¿Ann Diamond, aún? ¿Retrasaron el matrimonio?
-No habrá matrimonio, señor -dijo ella con firmeza.
Le miró casi sin mover las pupilas.
-Oh, lo siento. No lo sabía. No me he comunicado con Garrett estas últimas semanas, por lo que...
-Imaginé que no lo sabría, dado su buen temple actual, señor Jean-Pierre Whitmore.
Recordaba su nombre a la perfección. Perry sintió un escalofrío. A su lado, Elliott bajó la cabeza.
-¿Qué no sé? ¿Ocurrió algo?
Ann Diamond dio un suspiro, y su expresión pareció ceder por un segundo.
-Garrett falleció hace tres semanas. O más bien, se despojó de su vida. Le habría avisado, pero no sabía su ubicación en Londres, y tampoco sentí la urgencia por hacérselo saber, dado lo que obtuve de tratar de conocer a mi propio prometido. Garrett fingía bien, pero tenía demasiadas pruebas en su contra... en su maletín. Guardaba todas sus cartas, señor Whitmore.
Perry apretó los puños sobre las rodillas, tambaléandose junto con el carruaje.
-Siento que lo sepa de este modo -dijo Ann Diamond, bajando la mirada.
Perry apenas reaccionó, y Elliott notó su aspecto de pronto enfermo.
-¿Él supo que usted sabía sobre sus secretos? -preguntó Elliott, al verle enmudecido.
-No. No alcancé a enfrentarle. Quién sabe qué lo llevó a cometer aquella felonía. Pero supongo que las mentiras solas pueden enloquecer a un hombre.
Elliott asintió. Perry se colocó el sombrero de vuelta.
-Me bajaré aquí -dijo Ann, sorpresivamente- . ¿Quiere acompañarme, señor Whitmore?
Estaban en la esquina del cementerio. Una nuebla intensa se extendía proveniente del río. Perry asintió, y Elliott se bajó detrás de la joven, mientras él se quedaba por un par de segundos, rígido.
La siguieron confundiéndose entre toda esa blancura, que lucía más como el humo del Bhang que pretendiera adormecer a sus visitantes. Una vez atravesaron la cerca, Perry y Elliott se quitaron sus sombreros, y más allá se detuvieron en una tumba que, algo solitaria, se cernía en lo alto de una colina. Estaba rodeaba por rejas de metal negro y unas flores marchitas yacían en un cuenco con agua, el cual tenía la pintura de una flor roja de pequeños y cortos petalos con gruesos gineceos amarillos. El epitafio no era en absoluto la despedida alegre de quien aguarda con resignación su muerte, pero Perry adivinó en ella el puño de Garrett: “Aquí termina el gozo de un pecador”.
-El sacerdote no estaba muy feliz con la elección de Garrett, pero preferí que respetaran sus deseos -dijo Ann, mirando el epitafio- . Quise que al menos dejase el mundo con algo de sentido del humor, aunque sólo a él le haga gracia. Tenga -le dijo a Perry, sacando la flor prendida a su vestido.
Perry la recibió con manos firmes, y Ann se retiró sin conclusión. Se perdió entre el vapor de agua del cementerio.
Se inclinó para dejar la flor. Más atrás, Elliott se había quedado a los pies de la colina, fuera de las rejillas negras, y sólo pudo ver la silueta gris de Perry inclinándose frente a la lapida hasta fundirse con ella. Un llanto quebró el silencio como un cañón furioso y de potencia excesiva, para luego apagarse en la mudez de aquellos a los que no les resta más energía para proferir un homenaje más extendido.
Elliott encogió los hombros, sintiendo la eternidad más eterna que nunca. Podría ser más fácil tener un compañero desalmado y calculador como los que Jude tuviera en su vida más temprana, ya que ellos podrían empujarlo a sobrevivir con más facilidad sin importar la cantidad de pecados sobre sus hombros. Pero Perry haría lo que él considerase más benévolo, a menos que el dolor actual hiciera lo contrario, corrompiéndolo hasta los mismos cimientos de su bondad.