Mostrando entradas con la etiqueta mis novelas online. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mis novelas online. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de mayo de 2016

Serie sobre la detective Nancy Drew cancelada en CBS por ser "muy femenina"

(x)
Como una persona que ve un montón UN MONTÓN de películas y series (La PRUEBA de eso), y como una persona que escribe historias (la PRUEBA de eso), me he vuelto una inepta a la hora de escribir sobre personajes femeninos, MIENTRAS SOY UNA MUJER.

¿Sabes cuán jodido esta eso? Soy una mujer y tengo dificultades a la hora de escribir sobre personajes DE MI PROPIO SEXO, porque las mujeres son tan invisbles en la televisión y en las películas, y son tan sexualizadas y usadas como recursos sexuales -como pude ver en "Capitán América: Guerra Civil", donde básicamente usaron a una mujer para asegurar la heterosexualidad de Steve Rogers- , y que no puedo siquiera escribir sobre personajes femeninos REALISTAS porque me he visto demasiado influenciada por las películas y las series que veo.

Ustedes dirán: ¿Por qué pasa esto? O sea, las películas y las series no son la vida real!

Bueno, el problema es que no es tanto el caso. Las películas y las series de televisión reflejan la vida real, o supuestamente lo hacen. Incluso series como... Supernatural. Son historias sobre GENTE, y eso sirve de reflexión de la vida.

Si no vemos mujeres realistas en los medios de comunicación, especialmente en la ficción, un medio tan popular estos días, nos volvemos ciegas a las mujeres reales de nuestra vida y empezamos a juzgarlas como las que vemos en la televisión. E incluso las mujeres reales se ven influenciadas por los estereotipos femeninos que ven en televisión.

Así que, la próxima vez, CBS, que canceles una serie -estoy hablando de la serie basada en Nancy Drew cuyo capítulo piloto al parecer lanzaron- porque es "muy femenina", piensa en todas esas mujeres que inconcientemente se sienten invisibles cuando miran peliculas y series -¡YOOOOO!. Porque es algo que está tan arraigado a nuestra cultura, el hecho de que las mujeres son sólo instrumentos de sexo en la ficción y el hecho de que tienen una presencia casi nula en los papeles protagónicos, que las mujeres espectadoras de estas historias ni siquiera se dan cuenta de que están siendo marginadas de las series que ellas mismas siguen. Por eso es que la mayoría de las mujeres no son feministas, de hecho, porque viven en una suerte de Matrix, sin darse cuenta de que son víctimas de sexismo todos los días, incluso cuando ven televisión.

(x)

lunes, 5 de octubre de 2015

LOVE IS BLINDNESS - Capítulo 15

Capítulo 15:
"En cuerpo y alma me he entregado a ti"
(x)


Sherlock

-No pensé que me tenías este cariño -dijo la voz de Victor.
Pestañeé rápido, extrañado por oírlo tan de cerca. El avión aún vibraba, pero el sonido indicaba que había comenzado a descender. Me incorporé de aquel hombro, esperando hallar a John, pero me encontré con el rostro de Victor a diez centímetros del mío.
-¿Qué rayos...?
Rió por lo bajo.
Miré hacia el otro puesto y vi a John allí, dormitando, al igual que Lestrade. Tenía la boca abierta. Me levanté del puesto, molesto y me restregué la cara.
-Iré al baño.
-No vas solo.
El avión aterrizó en el aeropuerto de Londres. De inmediato me acerqué a John, avergonzado de verme durmiendo en el hombro de ese canalla. ¿Cómo no lo había notado? Victor tenía el hombro huesudo.
El frío que nos aquejó al salir al aire de la calle, luego de pasar por el aeropuerto, fue como una bofetada en la cara. Me tapé con la bufanda hasta la nariz, sumido en la desesperación de tan terrible clima, y dejé que John me tomara de la muñeca para coger el primer taxi.
-Sherlock, mantén el personaje -me dijo Lestrade, mirando nuestras manos- . ¿Por qué no se adelantan tú y el señor Trevor? Si te ven con John sabrán que eres tú de inmediato.
John me soltó, y me dirigí a Victor. Pero Victor no estaba por ninguna parte.
-¿Qué rayos...? -dijo Lestrade.
-¿No le viste marcharse? -le pregunté a John.
-No. Estaba ocupado buscando un taxi disponible.
Di un bajo gruñido, mirando alrededor.
-John, debes volver solo -dijo el Inspector- . Ya se encontrarán, no sean testarudos.
-OK -dijo John, con los ojos entrecerrados por la ventisca fría- . Ahm, allí hay un taxi, ¿se van ustedes primero?
-Sí. Lo llevaré a tu casa.
-No soy un niño, no me “llevarás” -dije, sin poder ocultar mi mal humor. Victor había dicho que se quedaría unos días- . Hagámoslo rápido. Y tú, John -le dije- , llama a Mycroft. No puedes volver solo.
-Estaré perfectamente por mí mismo -dijo él, sonriendo- . Y cambia esa cara: estamos en Londres.
-¿Qué se supone que significa eso? -le pregunté, mientras Lestrade me arrastraba al taxi.
-En unos días podrás caminar libremente por la ciudad. Te lo aseguro -me dijo Lestrade, empujándome a la parte de atrás- . Necesitamos poner el equipaje en la maletera -le dijo al chofer.
Lestrade cerró la puerta. Miré a John por el vidrio, pero mi mirada se desvió a otra parte, buscando a Victor. Por fin conseguí verlo tras un pilar, y el alivio me arrebató la respiración por un momento, no supe porqué.

Llegué a casa acelerado. Cuidé que Lestrade se quedase en el taxi, y él no puso resistencia. Habíamos hablado durante todo el camino sobre la estrategia que tomaríamos para probar mi inocecia. No obstante, todavía tenía la acusación de asesinato a Magnussen, por lo que no quedaría del todo impune. Tendría que seguir con el plan de encontrar a Moriarty de nuevo. Era mi penitencia a cambio de mi libertad, y las autoridades no serían blandas en ello.
Toqué el timbre, y tras la puerta apareció Victor. Había vuelto a colocarse la túnica, y me sonrió sinceramente por primera vez desde que apareciera después de años.
-¿No te largabas en cuanto llegaras al aeropuerto? -le pregunté, sin poder evitar sonreír un poco.
-Era el plan, pero no podía dejar al doctor John Watson venir solo a casa. James Moriarty tiene ojos en todos lados.
Me dejó entrar y cogió mi equipaje.
-¿La carpeta está aquí?
-Sí.
-Si quieres la voy a dejar a Baker Street.
-No. John sospechará -susurré- . Yo mismo la llevaré cuando vuelva allí.
Victor asintió. Entonces sonrió y dejó la maleta de vuelta en el piso para mi extrañeza. Lo siguiente que supe es que me abrazaba estrechamente. Era la primera vez que estábamos por completo solos, y Victor, deshecho de la actitud arrogante que adoptaba en frente de John, a causa de no sabía qué, mostraba lo que había estado esperando hacer desde que nos viéramos.
-Estás más feo que antes -me dijo, cuando me soltó.
Me permití sonreír un poco, y Victor me dio una palmada en la mejilla, hasta dejarla posada en mi nuca. Yo mantuve mi distancia, un tanto apabullado, pero Victor la acortó dándome un beso en la boca. Los recuerdos vinieron a mi memoria instantáneamente, los de él prometiéndome que me besaría si llegaba a mostrar algún nivel de apego por otra persona, ya que por años me recriminó mi falta de sensibilidad para con las relaciones humanas. Había sido como un desafío, y yo le contesté que en ese caso jamás conseguiría un beso de mí, acusándolo de querer desviarme de mi camino de racionalidad y lógica. “Nadie jamás logrará desviarme de ello.”
-Eres un estúpido -le dije.
-¿No lo son todos? -dijo, pasando una mano por mi espalda y guiándome hacia la sala de estar- John Watson acaba de referirse a ti como “idiota”.
-Lo hizo el día que nos conocimos. Bueno, el segundo día. Por supuesto que lo hizo hoy.
-¿Y no le golpeaste por hacerlo?
-No. Lo invité a cenar -dije, frunciendo el ceño como si la idea me pareciera absurda- . Tiempo después le golpeé. Él respondió con creces.
-Es pequeño pero peligroso, ¿no?
-O tal vez ustedes son demasiado altos -dijo John, sentado junto a la cuna de Hamish, allí en la sala de estar. Se estaba cocinando algo en la cocina, podía sentir el aroma del espagueti.
-No sabía que eras padrino de alguien -me dijo Victor, con tono de burla- . Estás rompiendo tus promesas con creces.
Chasqueé la lengua sin darle importancia, y Victor rió por lo bajo. Me acerqué lentamente a la cuna de Hamish y lo tomé en brazos, dirigiendo mi mirada a la maleta. Victor la había dejado entre la ventana y el sillón de la sala de estar. Entonces me di cuenta de que John seguía mis gestos con la mirada. Alcé la vista hacia él, tratando de ser casual y sólo fuimos yo y él por unos segundos, como solía suceder incluso antes de que supiéramos que nos correspondíamos en nuestros sentimientos.
Dios, estaba hecho un cursi. Y me gustaba. Me gustaba tener a Victor allí sorprendido ante mi nueva vida. Era como alardear de ello. Quería alardear de ello.
-Está dormido. ¿Donovan lo dejó de esta manera?
-Sí. Aún está aquí. Está duchándose.
-¿Qué? -dije, pasmado.
Ante ella sí que quería alardear, pero... me tensé entero, como si hubiera una pantera acechando en casa, y John lo notó.
-No tienes que topártela si así lo deseas.
-¿A quién no quieres toparte, freak? -dijo la voz de la agente Donovan.
Victor se volteó a mirarla, extrañado. Vi cómo sus ojos iban de la cabeza a los pies de esa mujer: no pude creerlo, le gustaba.
-Sostén bien a ese niño, no queremos a un bebé con la nuca rota -dijo, acercándose a mí.
Me puse de frente a ella, desafiante.
-Puedo sostenerlo bien, gracias.
-No me lo creo. Tienes mal ubicado el brazo derecho.
-Oh -dijo John- . Sí, Sherlock, alza más el codo derecho para que la cabecita de Hamish...
Dejé a Hamish de vuelta en la cuna, enrabiado. Pasé al lado de la agente y cuando pasé junto a Victor le mascullé por lo bajo:
-Vete en este instante.
-Oh, no, quiero conocer a esta preciosura -dijo en voz alta.
-¡Vete! ¡Es de la policía, maldita sea! -le grité, sin disimular.
John dio un suspiro. Pude oírle decir “Sherl...” en un susurro.
-¿Quién es este? ¿Otro sicópata? -dijo Donovan, estudiando a Victor.
-Puedo ser lo quieras que sea -dijo él, coqueto.
Fui a la cocina, poco dispuesto a presenciar otra de sus conquistas.
-Lo siento, cariño, pero no me atraen las túnicas turcas. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
-Victor Trevor.
-Ese nombre me hace eco.
Revisé el espagueti. Estaba listo para ser filtrado. John llegó junto a mí, mientras Victor y Donovan hablaban en la sala, y sacó el filtro para hacerlo él mismo.
-Apaga la salsa, creo que está lista. ¿No quieres darte una ducha antes de comer?
-Eso planeaba, pero no quiero ausentarme con Donovan en esta casa.
-Es inofensiva -dijo John, riendo- . No le des tantas vueltas.
-Meterá a Victor en la cárcel. Me quería a en la cárcel cuando disparé a Magnussen, John.
-Tonterías. No te quería en la cárcel. Ella está perfectamente conciente de que Inglaterra te necesita. ¿Cómo podría quererte en la cárcel sino?
Revolví la salsa tras apagar el fuego.
-OK, entonces porqué preguntó quien era Victor.
-Déjalo, de seguro sabe cómo escapar de la ley. No le habría dado su nombre sino.
Di un suspiro, aproblemado.
-Al menos su estadía aquí con Anderson le sirvió de algo -dije- . Con suerte se ablandará.
-¿De qué le sirvió? ¿Por qué dices eso?
-Creo que van a comprometerse. Espero Anderson no me invite.
-No sabe que estás en Londres. Sólo lo sabe la Agente Donovan. Y estoy seguro de que ella no dirá nada.
-¿De verdad? -dije, incrédulo.
-Sí.
-Tú pídeselo, por las dudas -le dije, mientras John repartía el espagueti en tres platos. Me acerqué con la sartén llena de salsa.
Nos quedamos en silencio mientras yo ponía la salsa. John se quedó a mi lado. Después de tratar de olvidarme de todo aquello, lentamente esa sensación de calidez volvió a mi pecho.
-Esto es agradable -dijo John en voz baja- . Podríamos turnarnos para cocinar. Tú tienes que aprender de todos modos.
-Ya sé hacer algunos platos.
John me miró sorprendido.
-Mi padre y yo nos quedábamos solos algunas veces en casa, mientras mi madre y Mycroft iban a seminarios de ciencias -expliqué- . Mi padre sabe cocinar sólo tres platos, así que me vi obligado a aprender un poco. Luego, en la Universidad, me la pasaba mucho tiempo solo, no tenía compañeros de cuarto que me soportaran, y la habilidad para hacer experimentos me volvió un buen cocinero. Soy bueno siguiendo recetas.
-No eres de los que experimentan.
-No me interesaba.
Nos volvimos a mirar, y la sensación de calidez se intensificó. John se veía realmente guapo, y sus ojos cansados parecían darle un nuevo atractivo. Tendríamos que acostumbrarnos a este horario de nuevo, pero antes de que John volviera a la rutina de un horario de padre primerizo, quería disfrutar de sus desvelos. Quizá resolver algún caso desde casa juntos.
Me incliné hacia él, y a pesar de su promesa de no reiniciar lo que fuera que habíamos iniciado en Madaba, dejó que lo besara. Cerré los ojos de inmediato, y di una inspiración antes de quebrar levemente el contacto. Alcé las manos hacia él, tras dejar la sartén en el mueble, y lo tomé firmemente de las mejillas, con la ansia empujándome. De nuevo la irracionalidad se apoderaba de mí, y estaba empezando a aceptarla. Le besé de nuevo, esta vez con más firmeza y sentí las manos de John en mis codos, apretando. Pensé que quería que me detuviera, por lo que me forcé a alejarme, pero en vez de eso, John me tomó de la nuca y acarició mis labios con los suyos. Entendí, y mi respiración se calmó lentamente hasta ser pausada y medida. John estaba siendo cuidadoso, especialmente habiendo gente en casa, por lo que dejé que me dirigiera.
Dejé que uniera su boca con la mía, y tal como en Madaba, en el mar, me dejé llevar lentamente, y un beso llevó a otro, nuestras lenguas se rozaron y nuestros labios se cogieron entre ellos, a veces superficialmente y otras veces más profunda y cálidamente. Y mis párpados comenzaron a apretarse, porque a ratos sentía cómo si me estuviera frenando a mi mismo. John me acariciaba el rostro, la oreja y el cabello con el cariño de un amante experimentado, y yo sólo recorría su cuello con mis manos torpes. ¿Alguna vez le igualaría, alguna vez podría darle lo que él me daba? La manera en que me besaba era tan dulce, y yo sólo le seguía, no pudiendo concentrarme a veces, aunque... ¿No consistía en eso todo aquello? ¿Dejarse llevar? ¿Era posible que un beso pudiera desconectarme por completo de mi razonamiento? Aún no podía comprenderlo, por mucho que interviniese la química en todo aquello. Aún no lo entendía y quizá nunca lo haría. O quizá no había que entenderlo.
John me acarició el cuello, bajo la línea de mi mandíbula y quebró el contacto con mis labios. Mantuve los ojos cerrados. Noté que respiraba agitado, y que su otra mano me tomaba la camisa con fuerza. Sentí mi respiración igualarse a la suya, y un calor bajo mi estómago comenzó a alertarme. Y me di cuenta de que apretaba la camisa de John también.
Aflojé el agarre, pasmado, y la conciencia de las voces que venían de la sala de estar volvió a mí. Miré a John a los ojos, y vi que ambos nos habíamos dado cuenta del cambio en nuestras reacciones. Sabía que nunca sería igual, no si repetíamos aquello tantas veces. Tarde o temprano querríamos ir más allá.
-Iré a decirle a la Agente Donovan -dijo, apartando las manos de mí.
Asentí. Me alejé, y le vi salir de la cocina mientras me sostenía del mueble, puesto que mis manos temblaban.
-Hey, ahm... -le oí decir a Donovan- Quisiera pedirte un favor. Sobre Victor. Lestrade ya sabe sobre él, pero cree que ya no tiene contacto con nosotros.
-Ya veo. ¿Que quieres que haga? -preguntó ella, con tono de fastidio.
-Que no alertes a las autoridades. Por favor.
-¿Quieres que no alerte a la policía de que están viviendo con un criminal?
-Exacto. Ayudó a Sherlock a entrar al país. En unos días ya no le necesitaremos...
-Yo pienso quedarme aquí por unos días -dijo Victor- . Sherlock es una maravilla que hay que estudiar ahora mismo.
-OK, pero...
-Lo haré -dijo la Agente Donovan- . No diré nada, pero promete que en unos días será considerado inocente, o el delito de este tipo será peor y ya no podré callarme, ¿OK?
-OK. Por supuesto -dijo John. Carraspeó ruidosamente- . Gracias de nuevo por cuidar de Hamish.
-De nada. Es un bebé tranquilo. Es un poco preocupante, si me preguntas.
-Hm.
Poco después los oí despedirse, y Victor vino a la cocina guiado por el olor del espagueti.
-Esa agente le tiene respeto a John.
-Sí -dije, saliendo de allí- . Tomaré una ducha.
-Luego es mi turno. Comeré de este plato hasta hartarme.
No pudimos estar a solas por el resto del día, por lo que opté por ir a darme una siesta. Mis ojos no podían más. John se quedó cuidando de Hamish, pero tal como supe poco después, fue Victor quien se encargó de él por el resto del día.

John durmió en el sillón del cuarto por la noche, y yo me quedé en su cama de casados. Victor me tapó con otra frazada y para cuando dieron las seis de la mañana, tenía los párpados hinchados hasta lo imposible. Me desperté entre bostezos exagerados y con aliento a salsa de tomates. Me levanté pestañeando con rapidez y me fui a lavar el rostro, preocupado por John, ahí durmiendo en un sillón tan incómodo. Me lavé los dientes, y mientras lo hacía, oí el sonido de una risa de bebé desde la sala de estar.
Me asomé, extrañado, y vi que Victor veía la televisión con Hamish en el regazo. Volví al cuarto, y no encontré a John en el sillón. Las mantas estaban desordenadas y oí ruido en el baño. Cuando salió traía la bata puesta, al igual que yo. Me miró fijamente, y esa fue señal suficiente.
Mis manos empezaron a temblar y caminé a zancadas hacia él.
Le cogí la boca desesperado, y el calor bajo mi estómago ya no fue tan suave como tempranamente. Una nueva sensación se apoderó de mí y acaricié insistente el rostro y cuello de John, y su pelo suave y cortó que se escapaba entre mis dedos. Profundicé el beso y pronto me encontré siendo empujado hacia el sillón. Mi respiración se aceleró y me senté sobre los almohadones y mantas, sin entender las intenciones de John.
Entonces se sentó sobre mis regazo con las piernas abiertas y el calor en mi entrepierna quedó en evidencia. Apreté los párpados, asustado, y John me rodeó el cuello con el brazo, mientras entreabría los labios contra los míos. Introdujo su lengua en mi boca y la sentí en contacto con la mía. Di un pequeño gemido, y le rodeé el torso, mientras él se apegaba estrechamente a mí. Oí su respiración deleitado, y apenas fui alertado cuando pasó sus labios por mi mandíbula. Di un suspiro, totalmente perdido y sus labios se dirigieron a mi cuello, bajo mi oreja. Aquello me voló la mente, y le apreté contra mí, sintiendo su torso cálido contra el mío, y su mano acariciando mi mejilla. Era tan agradable, tan condenadamente agradable, y tan íntimo, me sentía en una burbuja, y mi mente había dejado de funcionar como siempre. Era mi cuerpo el que actuaba mayormente, y sin embargo, John seguía presente. No sus labios o sus caricias, sino él, y sentí miedo. Tanto miedo.
Entonces comenzó a hacer algo que no esperaba, y que me hizo dar un quejido de inmediato. Comenzó a moverse sobre mí, sus caderas contra las mías, y el bulto en su entrepierna chocó contra el mío una vez, dos veces y más. Sentí el calor en ese sector, creciendo, y los estremecimientos se sintieron venir, como llamaradas de fuego que se apoderaban de mi bajo abdomen y se extendían a cada rincón de mi cuerpo, primero en brazadas cortas, luego más largas, hasta alcanzar los dedos de mis manos y pies. Se apoderaron de mi cuerpo, recorriéndome de punta a punta como si quisieran atravesarme. Y me atravesaban.
John empujó más fuerte contra mi entrepierna, y su boca se hundió en la mía cuando gemí más elocuentemente contra la suya. Me sentía tan duro, y él estaba tan duro, estábamos iguales, y no podían captar nada más. Mis ojos se entreabrían y cerraban, poco capaces de mantenerse abiertos para mirarle. Estaba ido, y él empujaba hacia mí insistente. Y en un momento se quedó allí presionando por dos segundos, haciéndome conciente de aquel latido ajeno. Increíble. Y fue más increíble el notar que nuestros latidos se sincronizaban, para luego separarse de nuevo, cuando mis propios latidos empezaron a ir más rápidos que los de él. Yo iba a llegar al final antes, allí sólo mediante roces por encima de la ropa. Y era maravilloso, y lleno de lujuria, e íntimo y nuevo. Y sentí que habíamos avanzado tan rápido, y sin embargo deseaba que siguiésemos avanzando.
-Sherl... -le oí susurrarme al oído. Fue un sonido amortiguado, lejano, que hizo eco, uniéndose con uno de los estremecimientos que me atacaron. Fue como si su susurro hubiese provocado esa reacción en cadena. Y también sus dedos en mi pelo, o en mi nuca.
John comenzó a empujar su cadera contra la mía más lentamente, pero mis latidos siguieron en ascensión, y empecé a desesperarme. Me sentía tan... lleno. Necesitaba aliviarme.
Me sentí derramar rápidamente. Apreté los párpados, y pasé los brazos por las caderas de John, apretándole contra mí. Di un suspiro tras otro, haciendo lo posible para acallarme, pero John empujó nuevamente contra mí, luchando contra la presión de mis manos, que sin embargo no se atrevían a descender hacia otras partes de él. Aún era tímido.
John besó mi mejilla cuando aquel estremecimiento tan potente se hubo ido. Me sentí acalorado, y los labios de John se apretaron contra mi ojo derecho, mientras yo recuperaba el aliento, en una especie de refugio limitado por el orgasmo, que había parecido empequeñecer el mundo de mis percepciones hasta sólo alcanzar la respiración de John y la mía. Fue tan extraño y maravilloso y quise que siempre fuese así.
John había llegado al final también. Sintiendo la frente perlada en sudor, le cogí los labios y él se dejó. Mordí su labio inferior involuntariamente y abrí la boca abarcando más de él, suavemente. Le oí dar un pequeño quejido.
Pronto el letargo comenzó a atacarme y hundí el rostro en su pecho.
Qué maravilloso se sintió, tan unido a él. Tan mío, mío...


John

Era tan dulce cuando le besaba. Tan vulnerable y tan fuerte. Sherlock había sido el hombre que había deseado por años. Me gustaba cómo se sentía más allá de sus ropas. La fuerza con la que me apretaba contra él, la firmeza. Me gustaba sentir cada músculo y cada fibra, y me volvía ansioso pensar en cómo se sentiría tenerlo piel contra piel. Me volvía loco, y no podía creer que él me quisiera.
Y era tan inusualmente guapo. Me atraía y me quemaba mirarlo. Sabía cómo lucir bien, y lo hacía para los demás, como un pavo real. Y en privado era sencillo y práctico, cubierto en sus batas y sus pijamas como si estuviera solo. E incluso así me encantaba. Me encantaba el modo en que sus pijamas se marcaban en su torso, en la curva de sus brazos con sus hombros, sus manos blancas y delicadas en el desayuno, las líneas de sus venas, sus muñecas gruesas y blancas y sus brazos fuertes. Me gustaba el cómo su pecho se asomaba en el cuello en V de su camisa de dormir, dejando escapar un poco de él a la vista. Me gustaba su cuello esbelto y su mandíbula marcada y, dios, me había pasado horas mirándolo, preguntándome si podría encontrar una excusa para rozarle. Y ayer le había besado, y él había gemido en respuesta. Y no podía creer que me quisiera.
Él era perfecto para mí y no soportartaba la felicidad de sentirle tocarme. Era una felicidad incontenible.
Si tan sólo... me dijera toda la verdad.


<--Capítulo 14


"Libertar la Oscuridad": Capítulo 33

No supo cuanto estuvo ahí metido. Podía notar el aire enrarecido, el olor a lavanda que había puesto en las ropas que colgaban en ese armario, y que ahora empezaba a hartarlo. Debió elegir un aroma más natural, quizá canela o...
¿Cómo podía Switz haberle hecho eso? Había hecho caso omiso de sus súplicas y ahora estaba encerrado en ese lugar estrecho sin provisiones de sangre. Se preguntaba si la joven al menos tendría la ocurrencia de darle algo de sangre después de que pasaran algunos días.
Sin embargo, la idea de desangrarse allí, o más resecarse de sangre, le fue atractiva. Prefería eso que enfrentar a Perry de nuevo. Después de salvarlos a ambos de ese ataud, de esa explosión que los dejó hecho pedazos, después de ver a Perry de nuevo, aunque no se moviera, no respirara y luciera más pálido que nunca, comprendió que su plan nunca había sido volver a hablar con él nuevamente. Su único plan había sido el de devolver a Marion su vista y largarse, y ahora que estaba dentro de ese armario, el plan no iba tan en viento en popa. Había grandes probabilidades de que aquello terminara en tragedia, con Perry agarrando y desgarrando su cuello, o gritándole de nuevo, u odiándolo con esos ojos que, días antes de que cometiera aquella felonía contra Marion, le había mirado con devoción. No quería que su último recuerdo de Perry fuera del odio en sus ojos. Quería dejar espacio para lo que le había hecho sentir esa noche a solas, cuando por fin le hizo desviar su atención de Marion y del hecho de que Persefone le estaba poseyendo todas las noches, alejándola de él.
No supo cuánto tiempo exactamente pasó, pero cuando oyó la cama crujir en el lado izquierdo del armario, que no dejaba tiempo para el silencio absoluto a pesar del grosor de su manera, se encogió entero, sabiendo lo que significaba.
-¿Marion? -le oyó preguntar.
Las teorías debían ser ciertas. Todos los vampiros que eran enterrados con otro de su especie desarrollaban gran dependencia. Tal vez en cuando Perry y Switz se vieran a los ojos de nuevo, se darían cuenta de que algo había cambiado, o se había afianzado. Se desearían y ya nadie podría interponerse entre los dos.
Dejó de respirar, deseando que no se diera cuenta de su presencia dentro del armario. Oyó sus pasos sobre el suelo polvoriento, y el frufru de su camisa contra su piel. Irradiaba calidez, podía sentirlo a través de la puerta, y el aroma que desprendía volvió a despertar su olfato. Elliott se encontró respirando ese aroma, integrándolo dentro de su sistema, deleitándose con esa esencia que después de décadas no había cambiado.
Entonces oyó la cerradura moverse. Elliott dejó de respirar y volvió a encogerse, poco dispuesto a que le viera. Con suerte le mataría para aliviar su aflicción. Sólo esperaba que Perry supiera cómo matara a uno de sus congéneres. No era tan simple.
-Elliott -le oyó susurrar.
El chico se sintió estremecer. Permaneció encogido, con el rostro escondido entre los brazos, esperando a por sus recriminaciones, que eran justas por lo demás.
-Elliott, ¿Qué haces allí adentro?
Siguió quieto, esperando. Sin embargo, su voz fue amable, y eso casi lo tentó a despejar su rostro.
-Elliott...
Oyó la madera del armario crujir un poco, cuando la rodillas de Perry se apoyó allí y posó las manos en sus brazos, cerca de sus manos desnudas. Finalmente sus dedos rozaron sus muñecas, provocando el primer contacto que aflojó la decisión firme de Elliott de no dejarse ver.
Perry le guió, haciéndolo alzar la cabeza y pudo sentir sus dedos en la línea de su mandíbula, convirtiendo un gesto inocente en uno electrizante. Elliott dio un corto suspiro, sintiendo ese contacto exquisito despertando cada vello de su cuerpo como si estuviera vivo.
-Sal de aquí. No... no te haré nada, ¿de acuerdo? -le susurró, despejando su frente de mechones perdidos.
-No me resistiré si decides... matarme -dijo Elliott, con la voz temblorosa. Se sentía empequeñecido, aplastado por ese deseo de tocarle y esa culpa frente a sus crímenes. No podía soportar esa situación, quería desaparecer- . Te lo debo, yo hice...
-Sé lo que hiciste -dijo Perry.
Elliott se tensó.
-Lo sé, y te odiaba por eso, pero en el momento en que... vi tu vida en peligro, me di cuenta de que... esto me superaba.
Debió hacer un gesto, porque sintió el viento removerse entre ellos. Elliott supo que Perry no se había dado cuenta de que su ceguera. Tal vez sólo pensaba que estaba evitando su mirada, y eso le partió el alma. Le rompió, ya que en verdad deseaba haberle.
-¿Qué ocurre?
Elliott tanteó delante suyo, dando con el mentón de Perry, su nariz, sus cejas, su frente amplia... Todo estaba tal como había lucido cuando podía ver con sus ojos, y Elliott dio un sollozo, ante la consternación del vampiro.
-Elliott...
No podía verlo, y eso hizo de su necesidad de sentirlo un deseo más potente. Elliott se vio arrastrado en su dirección, en un cuerpo dominado por sus sentires, y le lanzó a abrazarlo, casi botándolo al piso.
Sintió cada curva, y el recorrido de la sangre ajena por sus venas, limpiando y ensuciando al mismo tiempo. Refugió su rostro en su hombro, conciente de cada movimiento, cada flexión, cada latido artificial, sin darse cuenta de que Perry le correspondía. Tardó en darse cuenta de su falta de control.
Se alejó tan abruptamente como se le acercó, y dio un suspiro largo, tratando de sacar de su sistema el aroma de aquel hombre. Tenía que sacarlo de su cabeza, o largarse sería más duro.
-Lo siento, es que... no puedo ver nada... y tú... Debes buscar a Marion, ella debe estar explorando el pueblo. ¿Es de noche, verdad? El aire no es sofocante a estas horas...
-Creo que sí, aunque las ventanas estan cerradas. ¿Qué le ha pasado a tus ojos, Elliott?
-Han pasado muchos años y el sol ha hecho su trabajo, simplemente. Debes ir a buscarla -Y así podré irme. Por favor sal de mi presencia. Ya- . Marion debe haber tapiado las ventanas.
Fue hacia estas, caminando derecho hacia ellas, lo que le valió un golpe en la rodilla.
-Yo te ayudaré -dijo Perry, aproximándose.
-No. No, llevo años de práctica, estoy bien,... Perry...
Palpó las ventanas, mientras Perry muy probablemente le observaba en su torpeza. Se sintió sonrojar, malgastando la energía que le quedaba. Sacó el pestillo de las tapas de madera y las abrió, dejando la luz de las estrellas entrar. Sin embargo, lo que él sintió fue el aire renovarse, quitando el aroma de la lavanda de su nariz. Puso los trozos de madera en la parte inferior, para que no volviesen a cerrarse y se quedó parado de espaldas a la ventana, con algo de ansiedad abrumándolo.
-¿Dónde estamos? -preguntó Perry.
-Al sur de Francia.
-Eso no es muy preciso -dijo el vampiro, sentándose en la cama.
Sintió el crujir de esta, y como si Perry hubiera presionado un punto sensible, sintió algo empezar a macerarse cálidamente en su interior. La ansiedad acumulada durante años había despertar ahora, y no era apropiado.
-Luces muy sano, a pesar de la ceguera -dijo Perry- . ¿No te has aburrido por tanto tiempo solo?
-No he estado solo. Hay aldeanos. Y me encargo de la limpieza de la Iglesia, por lo que a veces hablo con el sacerdote y con...
¿A quién engañaba? La incomodidad que sentía ahora mismo se debía en gran medida a la falta de conversación. Y su voz tartamudeaba un poco, dificultando su fluidez. Sin embargo, recordaba a la perfección cómo besar los labios de Perry.
-He estado bien. No es aburrido aquí.
-Me alegra.
Oyó la cama crujir otra vez, y le sintió pasar a su izquierda. Abrió la puerta de la cabaña y se asomó afuera. Elliott le siguió, dejándose empujar, y se detuvo a un paso de él, detrás suyo.
-Se ve algo solitario. Creo que iré en busca de Marion. Podría pasarle algo.
Elliott asintió. Le oyó alejarse y sus pasos luego se apagaron por completo. La oscuridad fue un poco más intensa dentro de sus ojos, y regresó adentro para cargar sus pocas posesiones.

Elliott no tardó en hacer lo que había prometido. Perry no dio más de cinco pasos antes de detenerse para ver qué hacía Elliott, y su apuro por desaparecer fue tangible.
-Mierda... -me oyó mascullar mientras echaba a tientas ropa en una maleta de mano. Luego sacó algo de la mesita de luz, su billetera, la de Perry, y que a pesar del tiempo pasado, seguía en su posesión. Sacó la foto de él, dejando la de Garrett donde mismo, y a pesar de que no podía ver, la echó en el bolsillo de su camisa, mientras su expresión se descomponía.
-Perry... -balbuceó.
Fue un llanto mudo, un tanto perturbador, que dificultó su movimiento mientras Perry se le aproximaba para no hacerlo esperar mucho más.
El agarre fue simple. Perry se sentía demasiado calmo y seguro, después de haber despertado a cuarenta años de siesta conciente. Había sentido el mundo cambiar a su alrededor, había oído las voces de cientos de visitantes llegar a la Iglesia de Sainte-Madeleine, pisando la tierra bajo la cual él descansaba con su esposa. Y había oído a Elliott tararear mientras les cuidaba a él y a Marion, inconciente de que él estaba luchando por hacer responder sus párpados para despertar y verle de nuevo. Pero su cuerpo había despertado cuando había decidido despertar, sin responder a los deseos de la conciencia que aún vivía dentro de este.
-Me gusta oírte tararear -le susurró, oliendo su aroma en su oreja.
Tenía el cabello tan suave como recordaba, y sus manos tan confiadas. Elliott reaccionó al instante en que le tocó, posando las manos sobre las suyas, que le abrazaban del torso, sin resistirse.
Y lo más perturbador fue que se mantuvo en silencio, sólo respondiendo con suspiros, y con la caricia de su dorso en su mejilla derecha. Perry se mantuvo quieto por mucho tiempo, sin desatar nada del desenfreno que Elliott buscaba desatar en él, o el cuidado del que había con Garrett mientras dormía. Algunos prefieren que les traten con suavidad. No te apures cuando le tengas. Sé cariñoso como pocas veces fuiste conmigo. Siento no haber sido cariñoso contigo, Garrett. No te disculpes. Me gustaba tu estilo.
Lo besó detrás de la oreja, y le vio tragar y cerrar la boca brevemente. Le vio encoger los hombros, empezando a perderse en tan sutiles toques. Perry pasó su mano extendida por su torso, sobre su camisa, y se deleitó con el leve estremecimiento que esto le provocó. Sediento, agachó un poco más la cabeza y lo besó en el cuello, haciéndole suspirar. Dejándose llevar por un impulso, le apretó contra sí con los brazos, y ante ese impulso suyo, Elliott se soltó y se volteó para encararlo y robar el beso que había estado reservando en sus labios. Aún en la oscuridad a la que estaba condenado, Elliott supo encontrarle. Se dejó guiar, y pronto se vio siendo sentado en la cama, y besado pausadamente mientras recorría su cuello y su cabello, cogiendo mechones en la nuca con suavidad y pasando sus dedos por sus orejas.
Empezando a sentirse más ansioso, empujó a Elliott hacia sí, y levantó su camisa, sacándola del interior de su pantalón. Elliott dio un suspiro ahogado, y Perry fue a por su tetillas derecha, besando y lamiendo, mientras rozaba con su pelo con su pecho. Elliott se quitó la camisa del todo, respirando agitado, y se inclinó para desaprochar la camisa de Perry, recorriendo su torso con su dedo estirado, hasta dar con el borde su pantalón. Perry le sintió tocar el bulto dentro de la tela, luchando por ser liberado, y escondió el rostro bajo su cuello, un tanto avergonzado.
Sin embargo, Elliott comenzó a desvestirse de la cintura para abajo, sorprendiéndole un poco. Perry cerró los ojos, tratando de no sentirse más excitado, pero pronto el chico lo hizó alzar el mentón para besarle, mientras se sentaba sobre sus piernas, con las piernas desnudas abiertas sobre sus pantalones. Perry, con un gemido brotando entusiasta de su garganta, le sintió ir hasta el fondo en su boca. Le estaba provocando, podía verlo, pero también le tocaba. Le tocaba por todas partes, desesperado, y sólo la unión entre los dos podría convertir en aquella carrera de caricias en algo más satisfactorio. Pero tenía miedo de ir demasiado rápido, de malenteder las señales, de arruinarlo todo.
-¿Quieres...? Elliott...
-Hm. Sí.
Con un impulso, Perry le levantó y le apoyó de espaldas sobre la cama. Elliott le arrastró consigo rodeándolo del cuello con sus brazos, y como pudo, Perry se quitó lo demás que tapaba su desnudez. Elliott, en su ceguera, no vio el símbolo de la vergüenza por su ansiedad mal controlada, pero sí sintió cómo comenzó a humedecerlo, y Perry pudo verlo parpadear rápido, con sus pestañas doradas, casi femeninas, volando de arriba a abajo. Ansioso, Perry quitó sus brazos de sus hombros y en su lugar alzó sus piernas, y se adentró en él con un gemido, brindándole esa sensación que tanto había extrañado. Apretó la mano derecha de Elliott contra las sábanas, y vio su cuello estirado y su rostro poblado por un dolor agudo. Perry se quedó quieto, sintiéndose rodeado de su carne ahora cálida, y le acarició en el rostro y el cabello.
-Elliott... -le susurró cerca de la oreja.
-A-ahh...
Perry se movió levemente, saliendo levemente de su interior. Elliott dio un suspiro, y ante su expresión de disfrute, empujó, sintiendo el roce exquisito. Perry dio un gemido, y soltó las manos del chico para que le tocase. Le sintió tocar sus muslos, bajo sus piernas alzadas sobre sus hombros, en su espalda, hasta que le vio sostenerse de las sábanas para no ser empujado sobre estas, para no caer en el vacío. Pronto Elliott le empujó sobre las sábanas y dejó sobre la cama el recuerdo de esa noche a solas, en un cuarto más grande y glamoroso que ese, y le invitó a apoyarlo sobre el abdomen para acabar en su interior con su boca y su nariz en su cabello, oliendo y besando. Sintió a Elliott estremecerse ante el tacto de sus labios contra su nuca, respirando allí, inmiscuyendo sus dedos y sembrando besos sobre sus hombros. Y tal entrega le llamó a darle muchos más placeres que ese, haciéndolo apoyarse sobre su espalda de nuevo para llenarlo de besos bajo las sábanas blancas. Convirtió sus bocas y sus lenguas en una, como dos llamas de fuego nacidas separadas hasta que son mezcladas convirtiendo en una más fuerte y duradera. Besó los hombros de Elliott, sus codos, sus manos y bajó por su torso para enterrarse en su entrepierna. El joven tembló mientras Perry se apropiaba de su sangre y su ponzoña, estremeciéndose de manera intensa y peligrosa. Le dejó seco, pero luego Perry le dejó tomar algo de su sangre para satisfacerse.
Tener sexo entre vampiros era cosa peligrosa. Persefone había desarrollado los pasos ideales, resguardándolas de una carrera con un final estrepitoso. Marion nunca sufrió de desbordes dentro de su cama, y no los sufriría en el futuro, pero Persefone no le advirtió que no todos pasaban por la misma suerte. La pasión a veces era traicionera, especialmente para ellos.
Cuando Perry volvió a caer en un sueño profundo provoncado por su estado exangüe renovado, Elliott aún quería un poco más para beber. No tenía reservas extra. Se había alimentado de palomas, de feligreses extraviados, y los había secado, haciéndole adicto a dosis mucho más grandes, y la de Perry no era suficiente.
-Debemos ir a por más -le dijo, allí sentado sobre sus piernas.
Pero Perry ya había cerrado los ojos, y Elliott creyó por largos minutos que sólo dormía. Durmió sobre su cuerpo tranquilamente, pero pronto se hizo muy evidente que la diferencia en sus temperaturas no era cosa casual. El amor que sentía por Perry, la pasión satisfecha, le hicieron enderezarse sobre él, empezando a sentir molestia ante la frialdad de su piel, que sólo indicaba sed despierta para él.
-Perry, debes tomar algo -le dijo, tocando su pecho helado.
Le palmeó la mejilla izquierda, esperando a que diera alguna señal, pero su quietud permaneció intacta, y al tocar sus párpados, notó que estos nos se abrían ni siquiera ante el empuje que hizo sobre ellos con sus pulgares para que los abriera. Perry estaba sumido en un profundo sueño.
-Perry... -le susurró, inclinándose sobre él.
Lo besó en los labios, pero este no reaccionó.
-Marion -llamó a la joven- ¡Marion!
Afuera debía ser noche aún, pero la temperatura empezaba a subir en el aire. La joven volvería tarde o temprano.
-¡Marion! ¡MARION! ¡Ayuda! No, Perry... ¡Marion!
Se tocó la boca, notando los rastros de sangre, y fue a por la palangana de agua para limpiarse. Era sangre de segunda mano, pero hasta no le había hecho nada. Si tan sólo pudiera sacarla de su interior, quedar exangüe para estar con él de nuevo.


El valle era un paraíso, y sus túneles le daban el perfecto escondrijo para emergencias. Recorrió cada rincón en una carrera imposible, haciendo uso de esa agilidad de la que Elliott había hablado. Ella sí se daría a la vida que ser vampiro podía proveerle, dejando que Perry permaneciera en esa quietud que le agradaba. Volvería cada amanecer sana y salva a la cabaña y estaría con él por unas horas, antes de que él saliera a hacer su vida como vampiro de día. Sonaba como un buen plan.
Y Persefone. Ella volvería en cualquier momento. Le debía cuarenta años de noches inolvidables, cuarenta paseos por los alrededores, cuarenta caminatas, cuarenta carreras a la montaña más alta y cuarenta bailes al son del valz. Le debía todo eso y no la dejaría escapar de ella jamás.
Al llegar a casa no tuvo el privilegio de la ceguera anterior, no obstante, para poder saltarse el grabar esa imagen horrenda y hermosa a la vez de su cabeza. No había dado la bienvenida al mundo a Perry como había planeado, pero aún así ahí estaba, inmune al tiempo. Guapo y con expresión amable de nuevo. Supo que tendría que esperar unas décadas más, a por él y por Elliott.
Estabas abrazados sobre las sábanas desnudos. Nadie había perturbado esa escena en lo que había pasado de noche. Faltaba una hora para el amanecer, y no pudo evitar odiar al chico que yacía junto a él nuevamente. Pero la expresión de Perry era de felicidad, y no podría deshacerse de una imagen así si era tan cierto el placer del que había sido proveído esa noche. Olía a ponzoña y sangre por toda la habitación, y el deseo de matar a Elliott fue fuerte, como también el de agradecerle. Perry había estado un tiempo llorando a Garrett, mientras ella se alejaba de él con Persefone, incapaz de darle consuelo, pero ahora ese asunto estaba resuelto.
Fue una suerte que encontrase esa nota en el bolsillo de su traje, mientras guardaba todo con un nudo en su garganta.
-”Si algo pasa, no mates a Elliott. Él es mi vida ahora. Pero tú lo eres también, y no podrás tocarle sin arriesgarte a la maldición que recae sobre él desde hace miles de años” -leyó en el mensaje doblado en cuatro en su bolsillo. Alzó la mirada hacia Perry- . Sí, escuché eso mientras dormía y me cargabas en tu espalda. Pero no puedo evitar desear que hubiese un segundo Garrett.
Dobló la ropa y la guardó en los estantes y en el armario, con la idea de lavarles primero. Estuvo fuera de la cabaña pronto, tras vestirlos y acostarlos y cerrar con la llave de Elliott. Se dirigió a la Iglesia, que no había visitado aún. Una vez allí volvió a sacar el mensaje que le había dejado Perry, y admiró su letra de profesor. A la luz más clara de las antorchas de la Iglesia, notó una inscripción débil, y al darlo vuelta vio que había algo más escrito.
-”Persefone dijo que dependemos el uno del otro. Sólo lo sabré cuando te vea de nuevo. De nuevo, si algo me pasa, es probable que beber de tu sangre me salve.”
Marion alzó la vista hacia el sacerdote, único cristiano presente en la Iglesia. Pobre de él.

La pasión mata, pero los vampiros no mueren tan fácilmente. Marion le despertó en el interior de la Iglesia, consagrándolo a rechazar para siempre su fobia hacia las cruces. Y funcionó.
El rostro de Marion fue lo primero que vio, pero fueron sus ojos achocolatados los que lo trajeron del todo a la vida de nuevo. La joven había leído el mensaje que había dejado para ella en su bolsillo.
-Ese mensaje fue escrito hace cuarenta años.
-Fue un poco arriesgado dejarlo en tu bolsillo. El tiempo podría haberlo desecho -le susurró Marion, sosteniéndolo sobre su falda, ahí en el cuartito al que se llegaba por la escalera del piedra desde la nave principal. A su alrededor, cientos de pergaminos acumulados por años sólo les habían dejado un espacio muy reducido donde descansar, y Marion, mareada a causa de la pérdida rápida de sangre, dio la bienvenida a Perry al mundo, haciéndole sentir un renovado cariño materal que sólo había sentido por Maude, su prima. Se preguntó por cómo había sido su vida.
-Tomaré más precauciones la próxima vez.
Marion asintió con la cabeza.
-Elliott... -dijo el vampiro.
-Elliott está en la cabaña. Está bien, pero él no pudo esperar y...
Perry se levantó de improviso, y se sostuvo de los estantes con firmeza, haciendo que los pergaminos cayeran levantando polvo. Marion tragó, viéndolo tan abrumado por la aflicción.
-Maldición...
-¿Te encuentras bien? ¿No estás mareado?
-No -dijo, volteándose hacia ella- . Tendremos que enterrarlo como hicieron con nosotros.
-Lo siento, Perry.
Se sentó en una silla bajo la ventanilla en lo alto de la pared, y que dejaba entrar algo de luz del exterior. Sus rizos adornaban su frente, liberados, enmarcando los ojos amables y tristes que Marion tanto se había acostumbrado a ver en su rostro desde que Garrett se había ido. Era como si hubiese pasado de nuevo. Ni Garrett ni Elliott habían sabido esperar por él, mientras Marion seguía allí, imbatible.
-¿Cómo supiste que mi sangre te salvaría? -preguntó la joven, distrayéndolo.
Fue un alivio.
-Todo lo que decía Persefone y que sólo compartía conmigo, servía -dijo- . Entre todo lo que me dijo, hubo un detalle que me permitió saber que eres, junto con ella, la persona más resistente del mundo.
Le sonrió, ante la confusión de Marion.
-¿Por qué? -preguntó.
Sus ojos se veían tan vivos ahora que lucían como los de una humana. Cuidaría esos ojos con su vida. Por ello, se levantó de la silla, tratando de imponerse a sus tribulaciones, y besó su párpado izquierdo.
-Te lo explicaré en otra ocasión -le dijo.
-¿No prefieres ser precavido? Esta información podría salvarme -dijo la joven, mirándolo atenta.
-Sí, pero yo puedo salvarte -le susurró. La abrazó contra sí- . Te debo cuarenta años de sueño, Marion.
-Puedes pagarme esos cuarenta años en breve, si lo deseas. Tendré que entretenerte mucho hasta que Elliott despierte nuevamente.
Perry sonrió amargamente. Su optimismo era enriquecedor.
-Dime qué deseas que haga por ti y lo haré -le dijo, soltándola. Ella reaccionó a esto con la inmunidad de siempre, como si un abrazo fuese cosa común entre ellos. Y lo convertiría en algo común, de ahora en adelante, ya que necesitaría de sus cariños para apartarse de los pensamientos negativos.
-Primero, quiero jugar a las cartas -dijo Marion, sacando de su bolsillo una baraja francesa. Perry frunció el ceño- . Quedan seis horas de sol -indicó la ventanilla del cuartito- . Y segundo... quiero que nos establezcamos aquí, pero en una cabaña más decente.
-Casa, querrás decir -dijo Perry, poniendo las manos en las caderas.
-Sí. Si esperaremos a Elliott por cuarenta años, o veinte si nos atenemos a la regla de la edad, debemos hacerlo decentemente.
-De acuerdo -dijo Perry, sonriendo. Marion le dio un cariñoso coscorrón en el hombro.
Luego se sentaron en el suelo y sacaron la baraja española que Marion había encontrado entre los pergaminos. Y como si fuese humano otra vez, Perry sintió algo cálido en su pecho volviendo a florecer.
Quizá sí que había cambiado algo en esos cuarenta compartiendo ataud con Marion, y le parecía la experiencia más romántica posible. Sin embargo, la relación seguía siendo la misma: una de perfecta amistad con el amor de su vida.








lunes, 28 de septiembre de 2015

"Libertar la Oscuridad": Capítulo 32

Llegó hasta Languedoc tarde. Ya alguien se estaba encargando de la Iglesia donde Jude siempre insistió estarían los restos de personas de su pasado.
Consiguió convencer al cura que estaba cuidando el lugar para que le permitiese ser quien limpiara y lustrara el interior de la Iglesia. Sospechaba que había aceptado a causa de su ceguera. Supo que había reconstruido todo y cuando Elliott tocó la mesa del altar, las sillas, supo que el resultado era atractivo. Podía recordar cómo estaba antes, y ahora que había sido arreglada, la gente venía mucho más. Venían a todas horas desde la villa e incluso llegaba gente de otros pueblos. Tan sólo le gustaría que se fijasen en la imagen del diablo que había sido puesta como soporte para el agua bendita. Se preguntaba qué pensarían de la presencia de una imagen como esa.
Había venido hasta allí desde París porque tenía la certeza de que Perry y Marion habían sido enterrados allí, pero la ausencia de Persefone y Philip en los alrededores dificultaron su tarea de encontrar la ubicación de sus ataudes. Pasó meses haciendo de limpiador, y pronto comprendió que su ceguera había sido una de las razones por la cual el cura Sauniere le había permitido llevar a cabo esa tarea a cambio de dos raciones de comida al día que Elliott no comía. Aquel hombre guardaba muchos secretos y a Elliott, en la vulnerabilidad que le suponía su nuevo estado como ciego, le daba algo de temor. Luchó por quedarse en el anonimato biográfico mientras el cura recibía visitas de dudosa procedencia.
-¿Naciste aquí, chico? -le preguntó un día- No eres muy hablador.
-¿Hay que abrillantar los cálices y el acetre, señor?
-Has aprendido bien los nombres de los objetos litúrgicos. No eres tan tonto como pensada. Esto, ¿cómo se llama? -le preguntó, alcanzándole el hisopo.
-¿In... censario?
-No, es el hisopo. El incensario es una fuente. Lo dice su nombre, contiene algo. Tal vez sí eres un ignorante. Pero la ignorancia hace a la gente buena y tú eres un buen chico. ¿Dónde están tus padres?
-Muertos.
-Lástima.
-No lo lamento tanto como lo merecen, señor.
A partir de entonces, el sacerdote se alejó, como si fuese una especie de demonio.
Dormía en una pieza por la que se bajaba desde la mitad de la nave central, por lo que técnicamente dormía dentro de la Iglesia, inmune a las cruces que tanto aterrorizaron a Jude en vida y que aterrorizaban a Perry. Comprendió que, si Perry y Marion habían sido enterrados en lo alto de esa villa, debían estar fuera de los límites de la construcción, fuera de la planta que, si bien su forma no era estrictamente la de una cruz, como Perry le había dicho sobre la Iglesia que habían visitado en Amiens, contenía cruces por todas partes.
Encontró la entrada a los túneles inferiores desde los pies de la montaña meses después de llegar allí. Los accesos desde lo alto habían sido recientemente tapiados, y comprendió que Persefone y Philip habían tomado precauciones. También comprendió que si los accesos desde los pies de la villa edificada sobre la montaña estaban abiertos para quienes los encontraran, que de todos modos no solían ser seres humanos, el acceso a donde estuvieran las tumbas en los túneles estaría también cuidadosamente camuflado. No pudo encontrar nada cuando entró a ciegas, sólo las paredes irregulares de los túneles y las huellas de capas y capas de años acumulados de vida en esa Tierra tan desolada.
Se vería insistiendo en buscar huellas de remoción de tierra a través de los años, sin encontrar nada.
El cuartito en el que dormía comenzó a ser ocupado por cachivaches acumulados por el sacerdote. Habían cajitas, espejos, pinturas y pergaminos que fueron ordenados en estantes instalados junto a su cama. Elliott era creído por el sacerdote alguien demasiado tonto para averiguar lo que estos objetos significaban, pero la acumulación de tanta porquería sin razón aparente le avisó que sería echado de ese lugar en breve. No obstante, el día de mudarse de allí era de esperarse, ya que después de diez años de servicio su rostro no había cambiado, y los comentarios del cura Sauniere eran cada vez más desagradables al respecto.
-¿Hiciste algún tipo de pacto? Sabía que tenías algo de brujo, chico. Tu voluntariado debiera acabar aquí, pero sólo escucharé la renuncia de tu boca. Nadie rechaza los voluntariados, y sólo es indigno quien deja de ayudar a quien lo necesita, y esta Iglesia lo necesita.
-Renuncio, señor.
-Lo sospechaba. Espero cambies en el futuro. El jardín del señor sólo está reservados para los dignos, pequeño.
Vio la llegada del nuevo siglo desde una casita en la villa de Rennes le Chateau. Compró la casa con dinero robado al viejo sacerdote, quien de todas manera tenía riquezas que crecían cada día más. Desde entonces, con su independencia conseguida a través de la deshonestidad, volvió a su vida más metódica, bebiendo sangre más regularmente. Salía a menudo, de noche y de día, y esa exposición frente a los habitantes del pueblo le obligó a una vida de discreción, vistiendo ropas que cubrieran su rostro más al completo.
La guerra no llegó a ese rincón del país mientras se llevaba a cabo. El sacerdote Sauniere murió y Elliott vio llegar el siglo veinte en un rincón del mundo donde el tiempo no parecía pasar, y la espera a por Perry se hizo más insoportable. Los heridos de la guerra llegaban allí, a pesar de la buena fortuna llevada por el pueblo, y ver la invalidez de jóvenes le hizo a Elliott recordar su propia invalidez frente al mundo: su soledad.
Había estado siglos esperando en soledad a por algo que no sabía qué era, y el no saber qué era le había dado algo de ventajas para que su alma no se resquebrajara. Pero ahora conocía aquello que estaba esperando. Lo había tocado, lo había besado, lo había amado, y había sido tocado y besado de vuelta. Rememorar una y otra vez las mismas experiencias con aquel por quien esperaba, sólo hizo la espera algo insoportable, volviendo esos treinta años los treinta que eran, y no una abstracción de tiempo como había experimentado en el pasado, donde cien años podían sentirse igual que diez.
El sacerdote de la Iglesia de Sainte-Madeleine fue reemplazado varias veces, y eso le dio a Elliott la posibilidad de presentarse como voluntario para su limpieza en numerosas ocasiones, sin embargo, en cada ocasión su atuendo fue diferente. Seguía siendo ciego, pálido y de cabello extrañamente despierto, pero los años pasaban y las modas cambiaban, e incluso el atuendo de los pastores se volvían más sofisticados. Vio su quinta década de espera llegar y unos pantalones anchos en el traje que llevaba, sencillo pero aceptable. Cuando se presentó así en la Iglesia y con su bastón de ciego, el pastor dudó por un momento, puesto que esos puestos de trabajo eran generalmente reclamados por hombres más pobres, y él era joven y de buena presencia. Sólo comprendió el porqué al ver su ceguera. Se quedó como barrendero y supervisor de los objetos sagrados al inicio y al final de las misas. Volvió a estar más rodeado de gente, después de años sin hablar con nadie allí en la villa.
Sin embargo, un año después el sacerdote comentó la llegada de hombres tratando de averiguar sobre los túneles que había bajo las regiones cercanas.
Elliott decidió refugiarse en la entrada a los pies de la montaña.

Llegaron preguntando por las cuevas bajo la Iglesia y horas después encontraron la entrada a los pies de la montaña. Lo confundieron con un vagabundo.
-Sal del camino. Esto no es lugar para malolientes -dijeron en un muy mal francés.
Eran alemanes. Elliott sonrió levemente y decidió actuar de tonto de nuevo, recurriendo al idioma que más había hablado en su vida.
-El paso está cerrado. Este es un lugar horrible, señores -dijo en hebreo.
-¿Qué dice? -preguntó uno de ellos.
-Algún idioma del Medio Oriente. Sigamos.
-En ese caso le valdría escapar de aquí pronto -dijo el otro, juguetonamente amenazante.
Comenzaron a caminar en su dirección. Elliott retrocedió, sintiendo el fuego flameante en las antorchas de aquellos hombres irradiando calor en su cara.
-No pueden pasar -dijo Elliott, insistente, en alemán.
-Ah, nuestro curioso amiguito puede hablar de verdad, ¿eh? Y no veo nada reflejado en esos ojos muertos.
-No pueden pasar. El camino está cerrado.
-Qué pueden esos ojitos muertos hacer contra nosotros si no puedes vernos.
-Puedo olerlos -dijo Elliott.
Ambos hombres se echaron a reír. Oyó el sonido de una pala chocar contra la tierra dura, y el olor de la pólvora.
Sacó sus dientes afilados afuera.
Lo siguiente fueron solo gritos, y lo que para ellos era la experiencia más aterradora de sus vidas, era para Elliott una mera rutina. Había hecho eso múltiples veces, aunque no lo hacía en cada ocasión. Reservaba el show para tipejos arrogantes como esos, tipejos incapaces de oler el peligro cuando lo tenían a un metro de distancia.
Ese tipo de personas era la que más detestaba.
Los arrastró hacia el interior de la cueva, a pesar de ellos intentar escaparse, y decidió jugar con ellos un rato, hasta que se cansaran y se largaran. Sólo haría falta algo de manipulación de su parte y saldrían de esa cueva gritando de miedo sin saber de lo que escapaban. Le encantaba ese tipo de sustos, porque dejaba a las víctimas totalmente confundidas.
-¡Corre!
-¡Es un maldito demonio!
El camino iba en subida, por su puesto, pero en los últimos metros el camino se puso especialmente abrupto, y Elliott comenzó a arañar sus botines de militar para alcanzarlos. Desgarró sus pantalones, que hayó, para su disgusto, húmedos, y los hizo botar las antorchas. Estas rodaron tunel abajo y los iluminaron desde allí hasta lo alto del tunel, que tomó un camino más aplanado en los últimos dos metros. Era el camino al que se accedería desde lo alto de la montaña, justo al frente de Sainte-Madeleine, pero cuya entrada había sido cuidadosamente tapiada. Había llegado hasta allí a ciegas muchas veces, escalando el camino hasta allí a oscuras, pero nunca había tenido a dos presas a las que de hecho quisiera meter frente a sus dos narices y su garganta hambrienta. Se preguntó si su padre estaría orgulloso.
-Tengo una granada. ¿Sabes lo que es una granada? Te lo advierto -dijo uno de los hombres, militares. No se había topado con muchos de ellos.
Rió por lo bajo, acorralándolos ahí al final del tunel.
-Me será de utilidad. Hay algo aquí que estoy buscando hace años.
-Las granadas matan, amigo.
-¡No soy tu amigo! -gruñó Elliott.
El polvo se desprendió de lo alto de la cueva. Los notó temblequear. Comprendió que se estaban iluminando de otra forma, quizá con las linternas sobre las cuales había comentado el cura una vez. Suerte que él no las necesitaba. Oler sus gargantas llenas le era suficiente.
-Les advierto que lo mejor es que seas sumisos conmigo -les dijo con voz susurrante. Uno de ellos gimió de miedo- . No he bebido en tres días y empiezo a necesitarlo.
-¡La lanzaré! -dijo el otro con voz temblorosa- ¡Lo haré!
Elliott comenzó a reír por lo bajo, hasta hacerlo a carcajadas.
-Sólo hazlo -dijo el que había gemido.
-Podría volarnos a nosotros.
-Estamos lejos de él.
-No lo suficiente.
Elliott rió un poco más. Dio dos pasos atrás, arrogante, y esperó a por esa granada. Les daría tiempo para correr, pero no era sangre lo que más deseaba en ese momento.
Entonces la lanzó.
La explosión fue más fuerte de lo que previó. Removió algo de tierra sobre sus cabezas y esta comenzó a caer sobre ellos luego de temblequear titubeante por unos segundos. Oyó los gritos amortiguados de los militares, y pronto ya no los oyó más. Y él... no pudo sentir sus piernas, por lo que se quedó quieto, esperando a por la reconstitución, que lamentablemente era siempre lenta.
Sus miembros se empezaron a unir el uno con el otro, buscándose entre la tierra removida. Su nariz comenzó a oler la presencia de otros dos vampiros, y mientras su mano aún buscaba su muñeca derecha, supo a ciencia cierta que los había encontrado. La granada le había facilitado el trabajo, aunque no el escape de esos pobres diablos. Se levantó luego de agitarse levemente para comprobar que todo estuviera en su lugar.
Removió la tierra desde donde el aroma procedía, ignorante del hecho de que estaba amaneciendo. Sólo pudo oler la sangre que detalaba la reconstitución de los miembros, sin duda ayudada por la sangre desperdigada por los dos hombres que habían intentado llegar hasta allí inmunes, sin lograrlo.
Cuando la reconstitución dejó de olerse en el aire, supo que estaba todo en calma ahora. No hubo movimientos, sólo el llamado de la sed de sangre, que había estado inmovilizada por cuarenta años. Perry y Marion tenían que beber para empezar a moverse de nuevo.
Elliott lo lamentó por el primero de los feligreses que se asomó primero con la intención de tocar el agua bendita contenida por el diablo Asmodeus.


La oscuridad nunca fue tan brillante. Sospechó que era así como se sentían los gatos en la oscuridad, capaces de verlo todo. Sin embargo, el verlo todo de nuevo con sus propios ojos no se comparó a la sensación de sentirse llena.
Alguien la había proveído de sangre hasta el cansancio, y ese alguien había dejado marcas en sus labios. Quien la estuviera cuidando, había...
Sus pensamientos se pararon en seco al ser conciente de la presencia a su lado, que como una extensión de su propio cuerpo, estaba pegada al suyo, pero dormida. Perry la abrazaba sin respirar, y sus ojos estaban cerrados, sin rastros de vejestud. Alguien había lavado su cara con bálsamos, al igual que la suya. Podía oler el bálsamo por todas partes, como también el aroma de la ropa nueva. Sin embargo, tenía la sensación de que la mano de Perry había estado sobre su cintura por siglos, y de que su rostro lucía más hermoso e imperecedero que antes.
Su rostro. Podía verlo de nuevo.
Se levantó bruscamente, quedando medio acostada sobre las mantas, y palpó la camisa de algodón que Perry llevaba encima, y vio el rastro de sangre fresca en sus labios. A él también lo habían alimentado recientemente.
El conocimiento de cosas como esa le hizo ver que sus ojos funcionaban bien de nuevo, pero con una mejoría notable desde su vida como humana. Podía ver cada detalle, cada imperfección, y todo se veía más hermoso
-Perry... -le susurró- Despierta. Puedo...
Dio un suspiro, maravillada, y le zamarreó el hombro.
-Él necesitará un poco más de tiempo -dijo una voz desde la izquierda.
Cuando oyó esa voz, recién se fijó en lo que la rodeaba, en la cama, las paredes, las imágenes religiosas colgando de los clavos, y las imágenes paganas. Y luego a un chico en la entrada, y la noche estrellada por las ventanas de aquella pequeña cabaña.
-¿Quién eres? -le preguntó, soltando a Perry- ¿Por qué puedo ver de nuevo?
Sintió un vacío en el estómago al momento de hacerlo, por lo que volvió a sentarse, esta vez a los pies de la cama, tocando los pies de aquel vampiro.
-Puedo curar ciertas dolencias cuando tengo suficiente sangre en mi cuerpo -dijo el desconocido, cuya voz le parecía extrañamente conocida. Marion sacudió la cabeza una vez, tratando de recordar- , pero no habría funcionado de no ser por el período de descanso que han tenido. En efecto, la quietud puede dar grandes dones.
Marion se miró a sí misma, la camisa, los pantalones hasta la cintura, la corbata. Aquel chico, que era un vampiro como ellos, la había vestido con aquellas ropas de hombres. A Perry le había puesto el mismo tipo de ropa, pero la tela, tan lisa y tiesa, le pareció extraña.
-Es algodón sintético -dijo el vampiro- . Es más barato que...
-¿Quién eres? -preguntó Marion de nuevo, levantándose.
Se aproximó a él, experimentado el movimiento de nuevo. Fue como torcer un pedazo de fierro con la facilidad con qu se tuerce un alambre, y casi pudo oír sus extremidades estirándose bajo su piel.
-Elliott -respondió.
Aquello pareció encajar, pero para verlo mejor, Marion se movió para ponerse de espaldas a la luz de las estrellas, que entraban por la ventana con la potencia de unas antorchas.
Frente a ella vio a un chico menudo, con cara de bebé y con los ojos en exceso abiertos y... blancos. Algo le había pasado a sus ojos, y no acertaban a mirar en la dirección correcta, como si estuviera...
-Estás... ciego. ¿Qué te ha ocurrido?
El Elliott del que había escuchado no estaba ciego, sólo... “Sus ojos me asustan, es como si me penetraran y me maldijeran”, había dicho Perry cuando recién le venían conociendo. Recordaba la frustración de Perry respecto de él. Quizá ya en ese entonces le deseara.
Pero ese vampiro... ese vampiro la había arruinado, ella había hecho que se desangrara, para luego... devolverle la vista.
Elliott Dattoli le había devuelto la vista, y la visión era maravillosa.
Le abrazó de improviso, asustándolo de sobremanera. Sin embargo, a pesar de su intento de hacerse para atrás, Elliott no pudo escapar de sus brazos. Marion rió por lo bajo, emocionada y agradecida como nunca.
-Gracias -le dijo, tomándolo de la cara y estrujándole las mejillas. Era como un bebé, muy mono, pensó Marion. Volvió a abrazarlo, esta vez más estrechamente, y entonces fue hacia Perry.
-¿Cuándo despertará? -le preguntó desde el lado de la cama, hincada en el suelo polvoriento. Podía ver las motas de polvo levantándose en el aire como pelusas, si bien eran de un porte diminuto.
-No lo sé -susurró el chico, alcanzando con una mano la silla que había junto a la ventana. El aire del verano entraba por esta agradablemente y Marion lo sentía en cada vello de la cara- . Creí que despertarían al mismo tiempo, pero... Perry fue dormido después de ti, así que...
-¿Fue dormido?
-No vi cuando pasó. Creo que fueron Philip y Persefone quienes supervisaron su desangramiento. Él quería... -el chico tragó, y Marion lo vio retorcerse las manos. Dio una inspiración- quería estar contigo, no quería esperar en solitario a que mejoraras.
-Ya veo -dijo Marion, mirando a Perry.
La joven acarició a Perry en la cabeza, mientras la mirada ciega de Elliott se fijaba en el vacío. El vampiro sólo reaccionó cuando Marion se inclinó a besar a Perry en la frente. Marin le vio encogerse levemente, bajando el mentón como si no quisiera ver, aunque no veía nada de lo le rodeaba.
-¿Dónde estamos, a propósito? El aire es más caliente de lo que he sentido -indicó, levantando las rodillas del piso polvoriento.
-En Languedoc, en Rennes le Chateau. Me pareció el escondite indicado, aunque cuando llegué no los encontré de inmediato. Me tomó años comprobar de verdad la ubicación de su ataud y el haberlos encontrado fue pura suerte.
Marion fue a asomarse a la puerta entreabierta, y la abrió hasta atrás.
Afuera los árboles y las otras casas estaban teñidas del azul del cielo, y a la izquierda podía verse el camino que bajaba por la montaña en la que se encontraban. Sin embargo, el espectáculo de luces que vio a los pies de la montaña fue lo que la sobrecogió más. No eran luces escasas y titilantes, eran luces amarillas y blancas, y eran como luciérnagas sobre el valle del cual no veía más que negrura y las siluetas perdidas de las cabañas. Era un paisaje nocturno maravilloso.
-¿Es luz... de carbón?
-Luz eléctrica -dijo Elliott, acompañándola afuera.
-¿Luz eléctrica? ¿Qué es? Creo que he estado dormida por mucho, pero me siento como nueva.
-Ambos están como nuevos. Los lavé y los perfumé. Espero les agrade, ya que han cambiado ligeramente. Tal vez ahora puedan probar la vida agil que sólo algunos vampiros toman para sí, y a la que muchos renuncian o nunca prueban por miedo a sentir sed más menudo. La sed puede hacernos hacer cosas horribles.
-Perry es más hogareño -dijo Marion- . Creo que permaneceremos muy tradicionales. Este parece un lindo lugar para vivir, además.
Elliott sonrió.
-Yo me iré. Pueden vivir en la cabaña y...
-¿No te quedarás con nosotros?
Elliott pareció contrariado.
-No sé si Perry lo aprobará.
-Yo lo apruebo. Yo soy quien debía perdonarte y ya lo he hecho -le dijo Marion, posando la mano en su hombro y palmeándole brevemente- . Perry tendrá que atenerse a mis decisiones.
-Lo siento -dijo Elliott- , pero prefiero irme sin recibir su resentimiento. No quiero estar en un lugar donde no soy deseado.
Elliott se devolvió a la casa, ante la confusión de Marion, quien dio un suspiro aproblemada.
-¡Al menos quédate hasta que él despierte!
-Gracias, pero no -dijo él, amablemente, y mirando al suelo a falta de un objetivo visualizable.
Marion se tomó los suspensores, algo preocupada. Perry no iba a estar contento si Elliott se largaba sin haberlo visto. Tendría que hacer algo al respecto.
Caminó hacia la casa. Había notado, en su ansiedad por registrarlo todo con sus ojos nuevos, el armario con cerradura, y el tintineante sonido de unas llaves en el bolsillo del pantalón de Elliott. Fue hacia la casa a paso ligero y metió la mano en el bolsillo en cuestión, ante lo cual el chico dio un saltito.
-¡¿Qué haces?!
Con la fuerza que tenía, la cual era bastante gracias a la gran cantidad de sangre que corría por cada recodo de su cuerpo de No Muerto, cogió a Elliott del abdomen y lo cargó sobre su espada.
-¡No! ¡¿Q-qué haces?! Switz...
-Dejarás que Perry te vea. No permitiré que arruines la felicidad de mi esposo. Él merece verte y juzgarte por sí mismo.
-No, estará furioso conmigo...
Lo metió en el armario, entre los pocos colgadores con ropa.
-No le viste cuando supo lo que te había hecho. No me perdonará. Me matará, Switz...
-No lo hará -le dijo Marion, tapándole la boca.
-Por favor... -suplicó el chico, desesperado- No quiero darle el disgusto de verme de nuevo.
Pero Marion no lo escuchó, a pesar de que su expresión lastímera le partía el alma. Décadas antes habría pensado que era actuación, pero las cosas eran diferentes ahora.


¿Qué es la Unanimidad?

Es esa tendencia del ser humano a desear que todos los que le rodean entren en una cajita con una etiqueta que ellos aprueben. Si uno no entra en ese cajita, uno es rechazado socialmente.
Tenemos que destruir esa cajita, porque el ser humano es complejo por naturaleza. Todos somos diferentes y aceptables, a menos que uno sea un sacoehuéa abusivo con tendencias dictatoriales.

Buscar este blog

Entrada apasionada

Chile ya no es un país

Nunca pensé que entraría a este blog de nuevo. Después de la decepción que dejó Sherlock en mi vida , con esa última temporada, están pasan...